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El pacifista frustrado

El director regresa el día 18 al Maestranza al frente de su juvenil Orquesta del Diván.

el 14 jul 2012 / 20:41 h.

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Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) es una de las figuras más importantes de la interpretación musical clásica de la segunda mitad del siglo XX. Ya está. Queda dicho. Así lo afirma hasta Wikipedia. Y no vamos a llevarle la contraria a una enciclopedia en la que toda alma viviente puede meter mano para reescribir la historia a su gusto. Niño prodigio, cerebrito musical, protegido de grandísimas batutas del pasado -empezando por Furtwängler, terminando por el casi siempre lúcido Boulez-, Barenboim tiene en su haber todos los honores habidos y por haber del universo clásico y su figura, tan explotada comercialmente como la del hoy sabemos que sobrevalorado Karajan, es una de las mejores bazas de las casas discográficas para vender discos, tanto da si en ellos hay sinfonías de Beethoven que tangos argentinos. Su cara vende. Igualito que la de Bisbal, Messi o Sara Carbonero.

Por Sevilla apareció en 2004, cuando la Junta de Andalucía demostró que aquí podíamos ser más chulos que en Weimar y Chicago. Su proyecto -y el del desaparecido Edward Said-, el Taller del Diván, pasaba por ser un proyecto unificador y pacifista en el que chavales israelíes, palestinos y andaluces dialogarían -en Pilas- sobre la actualidad, buscarían puntos de entendimiento, ensayarían obras orquestales y saldrían de gira por Europa para llevar un mensaje que no admitía críticas en cuanto a su bonhomía: "A la paz desde el arte".

Luego resultó que la cosa no fue a ningún sitio. Barenboim se convirtió en el primer ciudadano del mundo con nacionalidad israelí y palestina, pero ya. Ahí acabó su sueño. Ni paz ni ninguna otra migaja. A los que se hablan a bombas en la franja la (carísima) orquesta de buenas intenciones de Barenboim les importa un pimiento. O menos que eso.

Claro que se veía venir. Había que ser muy ingenuo o muy devoto para pensar que el master subvencionado del Diván lograría algo más que hacer más sabios a un puñado de jóvenes músicos algunos de los cuales sólo habían olido el conflicto por las aventuritas que sus abuelos les contaban al otro lado del teléfono mientras que ellos vivían y estudiaban en Boston o Berlín.

Pese a todo, la Junta se gastó casi 500.000 euros en el Diván en 2011 -el pastizal más bajo de todos cuantos ha recibido del erario público-. El miércoles Don Daniel subirá al escenario del Maestranza para dirigir un programa Beethoven con sus chiquillos. Aquello va a sonar a drama de época. Campanas fúnebres, por favor. A la Junta, que ya no tiene de dónde rascar euros, Barenboim empieza a sonarle a sinónimo de Ferrari. Y por estos pagos se conduce a bordo de un_Fiat Punto. Y gracias.

Sus fans -trasuntos gruppies de los hooligans de Madonna, un fenómeno típicamente barenboiniano- llorarán la pérdida. El resto dirá que casi mejor, así no hay que volver de Chipiona en plena canícula para no dejar el Maestranza vacío, que eso queda feo. Claro que puede que vuelva. Debería hacerlo. No ya a dirigir en modo baratito la Sinfónica de Sevilla, un detallazo que no se ha marcado, si no a dar un recital de piano. Pero gratis. Porque Barenboim, además, ha resultado ser un mal queda. En 2010 dijo ante Griñán que tocaría sin cobrar en favor de la cultura andaluza. Crí, crí. Hasta hoy.

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