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El pájaro de mil colores

El bailaor, cuando hace flamenco es el mejor, y cuando hace otra cosa, las suyas, es incomparable, porque es único en su género.

el 07 abr 2013 / 17:34 h.

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Por Manuel Bohórquez Recuerdo que una mañana le hice una visita al ya desaparecido maestro Mario Maya, en el Teatro de la Maestranza, donde se encontraba dando clases a los componentes de la recién fundada Compañía Andaluza de Danza. Uno de sus alumnos era Israel Galván, un chaval al que conocía ya de verlo bailar con su padre, el maestro José Galván, aunque aún no había escrito nada sobre su incipiente carrera artística. Le pregunté a Mario por él y me confesó que era su elegido, su ojito derecho, el diamante en bruto que quería pulir para Sevilla y el mundo. “¿Qué te parece?”, me preguntó el maestro. Le contesté que tenía cara de bailaor y se echó a reír. Es lo primero que me llamó la atención del nuevo genio sevillano del baile: su físico, su parecido a Rafael de Córdoba y a Alejandro Vega. Nada que ver con la figura del clásico bailaor sevillano, con el singular Antonio el de Bilbao, el gitano Rafael Ortega, el incomparable Enrique el Cojo o el genial Antonio el Farruco. El chaval era fino, atractivo, diferente, tímido. Destacaba sobremanera en el grupo. Era un pájaro de mil colores entre un bando pájaros negros. A esto lo llamamos personalidad y es algo que no le enseñaron ni sus padres ni Mario Maya. El distintivo, se tiene o no se tiene. Imagen-Perfilatura-Israel-GRecuerdo que cuando empezó a montar espectáculos “incoherentes”, como decía Mario, como el dedicado a La metamorfosis, de Franz Kafka, se preguntaba con mucha gracia: “¿A quién quiere engañar si lo que le gusta es leer el Marca y comer pipas de calabaza mientras ve el Betis? ¿Cuándo ha leído este a Kafka?”, decía. Pero en el fondo admiraba su atrevimiento, su frescura, su descaro, su talento natural, y muchas veces lo miraba como preguntándose por qué no se le había ocurrido a él lo que hacía el niño de Galván. Mario Maya no le decía ole a nadie de forma gratuita. Nunca. Sólo una vez lo observé levantarse en un teatro, excitado, para decirle ¡ole! a una bailaora y fue a Milagros Mengíbar en Córdoba, que aquella noche bordó las alegrías gaditanas. Luego supe que lo había hecho para darle en las narices a una maestra sevillana que estaba sentada cerca de nosotros y acompañada nada menos que por la gran Pilar López. Y es que Mario tenía a veces cristales en las tripas. Los bailaores sevillanos pocas veces han empezado una revolución artística. Siempre han sido conservadores, cuidadosos con la tradición. Solo uno de ellos, Antonio Ruiz Soler, se salió un poco del tiesto, y a lo mejor por eso Sevilla le ha puesto un monumento en la mismísima puerta del váter del cementerio. Israel Galván es un revolucionario del baile flamenco, un artista tímido, sencillo, de pocas palabras, que ha mamado la danza en su propia casa, directamente de su padre y de su madre, que son también artistas. Que conoce las formas clásicas y las distintas escuelas del baile mejor que nadie, como se encargó de demostrar en su primera etapa como bailaor. Pero es artista y, un poco ayudado por el talento de Pedro G. Romero, su doctrinario –para muchos, el que lo desvió de la línea clásica–, un día decidió que quería tener sus propios pasos y poses y contar sus propias historias, que lo han colocado ya en la cima del baile andaluz, para orgullo de los andaluces. Como todos los grandes del flamenco, cuenta con seguidores acérrimos y también con detractores, que muchas veces es lo mejor que puede ocurrirle a un artista. Sevilla es una ciudad dividida entre sevillistas y béticos, gallistas y belmontistas, macarenos y trianeros. Y en cuestiones de danza flamenca, unos adoran a Farruquito y otros idolatran a Israel Galván, que son tan distintos como la noche y el día, siendo los dos muy flamencos. Israel es la creatividad, el ingenio, el talento, el arte con cabeza, la rebeldía artística. Tiene claro que no hay normas o muestras para la producción de una gran obra de arte, porque no sería arte sino la fabricación de una medida. He de reconocer que, como crítico, el sevillano no me ha interesado siempre, que echo de menos su primera etapa, cuando era capaz de parar el tiempo bailando unas seguiriyas o unas alegrías, creando pero rememorando a los grandes maestros, aportando su impronta pero sin dejar de recordar lo heredado. Me aburren un poco sus poses tan extrañas como repetitivas, sus recursos muchas veces estudiados, y sus montajes no siempre son categóricos. Sin embargo, existe tanta diferencia entre él y los demás, los de su generación, que hay que rendirse ante la evidencia: si hoy hay un genio del baile, ese es Israel Galván. Decía Pau Casals que hay genios que crean hasta cuando duermen y el sevillano es un creador. Hace fácil lo que es casi imposible para los demás, y ahí está gran parte de su importancia. Para unos es flamenco y para otros, otra cosa. De cualquiera de las maneras, cuando hace flamenco es el mejor y cuando hace otra cosa, las suyas, cuando baila lo imbailable, es incomparable porque es único en su género. Decía Juan Valderrama que siempre hay que tener un sello, y el de la Puerta Osario lo tiene. Es un pájaro de mil colores. Y estos escasean.

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