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El pánico en unos zumos

Tres latas de zumo de frutas rellenas de tierra y una lucecita de colores atada alrededor es todo lo que le hizo falta al boliviano Josmar Flores Pereira para secuestrar el miércoles por la noche un avión y poner en vilo a todo México durante varias horas.

el 16 sep 2009 / 08:31 h.

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Tres latas de zumo de frutas rellenas de tierra y una lucecita de colores atada alrededor es todo lo que le hizo falta al boliviano Josmar Flores Pereira para secuestrar el miércoles por la noche un avión y poner en vilo a todo México durante varias horas.

Su intento de advertir personalmente al presidente Felipe Calderón de una supuesta inminente catástrofe en forma de gigantesco terremoto acabó en el hangar de la Policía Federal y con un examen psiquiátrico. "Viene un terremoto como nunca antes lo ha habido", dijo cuando fue presentado ante la prensa, esposado, sonriente, enérgico, ataviado con una camisa blanca. Flores, de 44 años, es un hombre de manos grandes que se dice un pastor religioso recuperado por Dios hace 17 años cuando, alcohólico y drogadicto, estaba a punto de poner fin a su propia vida.

"Me iba a electrocutar porque pensé que no podía cambiar, primero me reía de los hombres que hablaban de Dios, hasta que un día al borde del suicidio pensé ¿y si fuera real?", narró enfervorizado. El secuestrador, según confesó, tomó conciencia en pleno vuelo de que la fecha, día nueve del mes nueve de un año acabado en nueve, leída al revés, como mandan los cánones satánicos, daba como resultado 666, el número asociado al anticristo. Y, pasada una hora de vuelo, sacó sus latas de zumo y comenzó su cometido.

Intentó obligar al piloto a dar siete vueltas en torno del aeropuerto de Ciudad de México, a donde se dirigía el vuelo, pero al no poder entrar en la cabina no le fue posible obligarlo. La aeronave descendió, y tras una negociación en la que insistía en hablar con Calderón, fue sometido por las fuerzas federales de seguridad.

Poco después, el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, comparecía ante una miríada de periodistas que perseguían la exclusiva. Al fin y al cabo, México no vivía un secuestro aéreo desde 1972. La noticia había conseguido asombrar a un país acostumbrado a escuchar sobre narcotraficantes, huracanes devastadores y héroes políticos de vodevil.

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