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El pastor que conmovió a las masas

el 09 oct 2011 / 06:05 h.

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Dicen que hay personas que tienen madera de líder, capaces de alentar a las masas y lograr que les sigan. Juan José Cortés lo demostraba ya en el banquillo desde el que dirigía a los alevines del Recre primero o a los chicos del CD Pinzón después, aún sin el título de entrenador de fútbol que se acaba de sacar.

Lo hacía cada domingo en las misas de la Iglesia Evangélica de Filadelfia de Huelva, de la que es pastor desde hace años. Pero sobre todo, logró la admiración de un país entero cuando ante una tragedia como la de perder a su hija Mari Luz a manos de un asesino pedófilo, en enero de 2008, dio una lección de serenidad y en vez de pedir venganza pidió justicia. Eso sí, una justicia más dura que la que permiten nuestras leyes actuales. A cambiar esas leyes consagra ahora su vida, en parte para mantenerse ocupado tras su drama y valiéndose para ello, que no dejándose utilizar, de su estrella mediática, sus sermones o los políticos que se lo rifan.

Era difícil no identificarse con el dolor de una familia que vio cómo su hija de 5 años salió a comprar chucherías y nunca volvió. 54 días después, su cadáver apareció en la ría de Huelva. Para entonces, Juan José Cortés ya copaba portadas de periódicos y programas de televisión. Siempre rodeado de su padre y hermanos, como corresponde a todo clan gitano, y con su mujer Irene, visiblemente destrozada, un paso atrás. Cuando días más tardes fue detenido por el crimen Santiago del Valle, un pedófilo condenado por abusar de sus propias hijas que debía estar en la cárcel y por un fallo judicial vivía libre en el mismo barrio que los Cortés, El Torrejón, toda España se indignó y solidarizó con él.

Quizás porque nunca se ha comportado según los estereotipos gitanos -la noche de la desaparición de Mari Luz estuvo en casa de Del Valle, del que sospechaban, y evitó que sus parientes se tomaran la justicia por su mano y menos sin pruebas- y por su forma de expresarse siempre correcta -pese a no tener estudios-, clara y prudente, viendo a los medios como aliados -así se lo aconsejó también a los padres de Marta del Castillo-, Juan José Cortés encandiló a las masas. Logró miles de apoyos para su campaña por la cadena perpetua, que le abrió las puertas de La Moncloa, donde se reunió con Zapatero.

Lo invitaban a actos y conferencias, todas las Iglesias Evangélicas lo querían en sus reuniones y cultos. Su experiencia se plasmó, en 2009, en el libro de la periodista Luz Sánchez-Mellado Ciudadano Cortés. Y, sobre todo, los partidos se lo rifaban. Llegó a decir que UPyD le ofreció ser candidato a las municipales, aunque el partido luego lo desmintió. Y él, afiliado al PSOE desde 2004, acabó como asesor en temas jurídicos del PP, su actual ocupación junto a la presentación de un programa en una televisión local de Sevilla.
Aclamado allá por donde va, solo no es profeta en su tierra. En el barrio del Torrejón, donde aún vive tras marcharse un tiempo a Sevilla, no todos ven con buenos ojos su protagonismo y ahora baraja mudarse definitivamente.

Su familia es una piña, pero en todas partes cuecen habas. Los rumores sobre una posible crisis del matrimonio han sido constantes. Irene, de personalidad más sumisa y afectada por depresiones, no siempre le ha seguido y entendido. Con su padre, eclipsado en su papel de patriarca, la relación es compleja. Pero nada estalló hasta hace unas semanas cuando se vio involucrado, junto a su padre, hermanos y cuñado, en un tiroteo familiar en el que resultaron heridos dos tíos suyos. El detonante: al parecer el control de la Iglesia Evangélica en Huelva, Juan José llevaba días predicando por las calles y los fieles han crecido. El pastor no cobra pero puede recibir parte de sus ofrendas. Él las donó a la Iglesia. Su tío, que se ofreció a sustituirle cuando no pudiera dirigir los cultos, sí quería recibirlas. La discusión subió de tono y su tío le recriminó que se enfrentara a él y no lo hiciera con el asesino de su hija. Los parientes fallecidos son sagrados para un gitano y el siempre templado Juan José perdió los papeles.

La consecuencia: una noche en el mismo calabozo que el asesino de Mari Luz, un juicio por agresión pendiente, la Iglesia Evangélica pensando apartarlo temporalmente, su cargo en el PP motivo de confrontación política y, sobre todo, un caldo de cultivo para que en este país tan dado a aupar ídolos como a derrocarlos se empiece a cuestionar su ejemplaridad y la opinión pública se divida entre sus defensores, aún mayoría, y quienes esgrimen aquello de que ya se intuía que no era trigo limpio.

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