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El peligro de la desmemoria

El agua corriente que sale de los grifos no es potable, es muy salada y con un color turbio. A pocos metros de la solemne fachada de un edificio oficial, en pleno centro de la ciudad, se forman colas en un local dominado por tres enormes cubas de agua potable.

el 15 sep 2009 / 21:30 h.

El agua corriente que sale de los grifos no es potable, es muy salada y con un color turbio. A pocos metros de la solemne fachada de un edificio oficial, en pleno centro de la ciudad, se forman colas en un local dominado por tres enormes cubas de agua potable. La gente acarrea penosamente voluminosas garrafas hasta sus casas. Sólo existe un canal de televisión. En algunas casas quedan interruptores de luz de manivela. Se respira pobreza en los barrios que casi rozan el centro de la ciudad. La inmensa mayoría tiene familiares que viven en la distancia como emigrantes. Es fácil distinguir el origen de los niños por su ropa. Algunos la llevan, con evidente dignidad herida, con enormes retales que hacen de parches. Los gusanos de seda, una ajada pelota o un simple palo de madera protagonizan los juegos más habituales. De vez en cuando, alguno de esos críos corretea entre abandonados decorados de películas.

Cuando un barco militar americano arriba a puerto, los chavales corren a acosar a los marineros para conseguir un chicle. Cuando uno consigue una gorra es un héroe en la escuela. Las jóvenes se cuelgan del brazo de esos uniformados ávidos de sexo fugaz, incapaces de entender su idioma, pero felices mientras pasean jactanciosas por la calle principal. Marineros que son como los que salen en las películas. Héroes de carne y hueso de una nación mítica, rica, lejana y poderosa, que en las pantallas nunca conoce la derrota.

Una ciudad con el típico miedo de una nación sojuzgada por un decrépito y cruel dictador. En la mayoría de las casas, normalmente por los abuelos, se advierte que la política es un tabú impronunciable. La policía reprime con dureza cualquier disidencia. Una ciudad que no pertenece al tercer mundo. De hecho, estaba en Andalucía. Así era, por increíble que ahora parezca, Almería a principio de los años 70. Una ciudad en el recuerdo infantil de quien escribe estas líneas. Un andaluz de la misma generación del presidente Zapatero. Un presidente en ejercicio que seguramente puede relatar historias parecidas de su León natal.

Recuerdos que ahora vienen a cuento, al observar con tristeza la desmemoria e imprudencia que domina a algunos. Esos que se enseñorean en infantiles polémicas, sugiriendo irresponsables relatos territoriales que se agarran a la excusa de la sede de una entidad financiera inexistente o a la apremiante necesidad de partir en dos Andalucía, por un presunto y recurrente agravio geográfico.

Parece que algo se ha hecho mal, cuando esas pésimas lecturas del presente se desparraman por nuestros periódicos, olvidando cómo hemos conseguido entre todos, estando unidos y comprometidos en nuestro destino como pueblo, los mejores 40 años de toda nuestra historia moderna. Son peligrosas banalidades que nos hacen perder un tiempo imprescindible, aparcando la urgencia de la profunda crisis actual. Qué escaso respeto a la gente con graves problemas reales. A veces no hay quien entienda qué demonios nos pasa.

Abogado

opinion@correoandalucia.es

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