Local

El permanente jubileo de Sevilla

Con una ocupación hotelera superior al 90 por 100 y las calles a rebosar se ha saldado el puente de la Inmaculada en Sevilla, una ciudad que está en permanente jubileo. Daba gloria pasear por el centro, acercarse a los puestos de libros viejos, hacer cola en la templada mañana de la plaza de San Francisco...

el 14 sep 2009 / 21:23 h.

Con una ocupación hotelera superior al 90 por 100 y las calles a rebosar se ha saldado el puente de la Inmaculada en Sevilla, una ciudad que está en permanente jubileo. Daba gloria pasear por el centro, acercarse a los puestos de libros viejos, hacer cola en la templada mañana de la plaza de San Francisco para ver los belenes con los nietos y sentarse en la del Salvador a tomar el aperitivo. ¿Hay quién dé más?

No puede extrañar, por tanto, que el turismo colme los hoteles y los restaurantes -mejor si tienen mesas al aire libre- y se quede embelesado al pasear por el centro, que reúne en pocos kilómetros cuadrados toda la monumental belleza que la historia fue depositando para envidia del mundo. Sevilla, resplandeciente, bulle en animación sin igual en estos soleados fines de semana cuando todavía parece imposible la llegada del invierno.

La economía local está en buena parte apoyada en el sector turístico. No es exagerado suponer que la caja que el comercio del centro hace en puentes y demás festividades hilvanadas es vital para una ciudad cuya otra industria no brilla precisamente por su abundancia. Antes al contrario los últimos residuos de las más antiguas fábricas están desapareciendo. Ahora le ha llegado el turno también a la de tabacos. De no ser por el turismo incesante que nos visita, haga frío o calor, las cuentas de la capital hispalense no cuadrarían, o cuadrarían con muy alto desempleo y peor tasa de actividad económica. No hay nada más que darse una vuelta por el centro para saber de qué vive Sevilla, con más restaurantes y bares que tabernas hay en Antón Martín, que diría Joaquín Sabina.

Una ciudad en permanente jubileo popular necesita estar en estado de revista. Una reciente encuesta nos aclara que los visitantes aprecian sobre todo la hospitalidad de los sevillanos. Y aunque no parecen objetar demasiado la limpieza de las calles, aquí sí que habría que poner mayor esmero. En tiempos de la alcaldesa Soledad Becerril Sevilla resplandecía como una patena. Hoy, desgraciadamente, ya no es así. Basta darse un garbeo por Nervión o por Los Remedios para comprobar que a la falta de operarios provistos de escobas y mangueras se une la pésima urbanidad de los propietarios de perros y la falta de civismo de los responsables de las obras públicas o privadas que dejan las calles sembradas de escombros.

Si hacemos abstracción del tranvía, y más que del tranvía del horror de las catenarias, el centro, recuperado definitivamente por los viandantes, invita a pasear sin sobresaltos para disfrute de tanta belleza monumental. Nadie duda a estas alturas que la Catedral no podía seguir soportando el tráfico y la contaminación. Ahora, tomado por los peatones tan hermoso recinto urbano, se ha creado un nuevo clima, un nuevo equilibrio en el que la ciudad recobra su medida humana y su pulsión natural. Ampliar este concepto al conjunto del casco histórico consolidará la singularidad de esta antigua urbe para caminantes.

Francisco Giménez-Alemán es periodista

  • 1