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El portal de Triana

Menos fragorosa que el centro, más provinciana y verosímil, Triana luce su propia Navidad. Hay mil formas de pasear por ella. He aquí una. 

el 18 dic 2011 / 19:50 h.

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El nacimiento del maletero de Rafael, un clásico de las Navidades en la Plaza del Altozano.

Las Navidades en Triana tienen un puntazo apócrifo precioso. Las del centro de Sevilla son más ortodoxas, más de pastorcillo con su borreguete a los lomos, de alumbrado en technicolor, de cuento de Dickens, de humareda blanca, de abuelo de La gran familia buscando a Chencho. Pero la de Triana, no. La de Triana parece sacada de un evangelio sospechoso, provinciano y legendario repleto de maravillas, rarezas y excentricidades, de heterodoxia. Huele a bruma desangelada subiendo por San Jorge y al dulzor antiguón de la batata  asada al carbón que venden en sus carrillos los castañeros de San Jacinto. Rafael el del Maletero, siempre tan silencioso tras su sonrisa tirolesa, recoge en el Altozano las propinas de los turistas por dejarlos fotografiarse con su nacimiento portátil. La tarde suena a siesta en la camilla (la siesta de Triana es un eco de aire vacío) y a gorriones. La atmósfera de la calle Betis, entre la humedad, la grisura y el frío, se pone esmerilada como los cristales de un farolito de zaguán.

El nacimiento que han puesto a un costado de la Estrella habla también con elocuencia de esta simbiosis romantiquísima, pero difícil de definir, de lo trianero y lo navideño. Lo primero que se ve en ese belén es a un borracho durmiendo la papa en un velador, sin estorbarle para ello la pareja que se arranca a bailar con sus palillos y sus revoleos. En el extremo opuesto, junto a la Virgen, la vieja partera Salomé, personaje clave de la narración esotérica del nacimiento de Jesús como obra alquímica. Y en la puerta de la fonda, clavadas en la pared, unas tijeras abiertas: el viejo rito supersticioso que se seguía en las casas para que no entrasen en ellas las fuerzas del mal y del brujerío.

Porque en Triana pasan cosas singulares, si uno quiere reparar en ellas. ¿O no es singular que haya un bazar llamado Fernández, en plena efervescencia expansiva de la dinastía Ming por el imperio del plastiquillo? Manuel Fernández, uno de los hijos y herederos del fundador, de nombre José, dice que vende bombillas, pilas, búcaros y tostadores a los vecinos, pero sobre todo souvenirs a los extranjeros que corretean del Hotel Abba al Monte Triana y viceversa, buscando desconcertados un lugar donde fotografiar el espíritu del barrio. Buen sitio, este, para emprender el paseo por las tardes pascuales del arrabal. Ancha es Castilla, dicen. Pues más rara es que ancha. Allí hay hasta cuatro portales para quien vaya en burra y necesite posada. Hasta cuatro, porque dos de ellos no siempre tienen acceso franco: uno es el portón del mercado; otro, el de este patio con faroles y helechos, ideal para instalar el pesebre de un belén gitano. Los otros dos sí dan cobijo a todas horas: son los pasajes cubiertos que dan al Paseo de la O y al río. Uno de ellos, el Callejón de la Inquisición, cuya desembocadura sirve a los ojos una de las vistas más evocadoras y serenas de toda Sevilla. Siempre, claro está, que pueda uno levantar la vista por la cantidad de excrementos de perros y de diplodocus que allí florecen. El caganer famoso, como en todo belén.

Un belén que, si copiara sus tiendecitas y casas de las de la calle Castilla, Alfarería y colindantes, vería pasear a sus pastorcillos entre tabernas y cavas de puros, entre iglesias y naranjos, ante balcones y zócalos. Pero quien quiera ver un nacimiento de los de toda la vida, de los de serrín, harina y estrella, lo tiene más allá, hacia Chapina, en el centro de día de mayores. Qué maravilla. No el belén, que también, sino el centro en sí. Es la verdadera Navidad: que los ancianos tengan allí ese sitio, con esa plaza llena de bancos y de cacharritos de ejercicio. Por cierto: vaya restaurantazo que luce el centro, en uno de sus costados. Tomen nota, porque puede ir cualquiera: menú a 5,70 euros: salmorejo, papas con carne, filete ruso, croquetas... en fin, para elegir. Aunque puestos a pasar revista a las pizarras, la palma se la lleva la calle Pureza con su freiduría. Porque una de las figuritas del belen trianero es la de una pareja con su cartucho de adobo mirando los colores del río nocturno, que bailan en el agua como guirnaldas de luces de un árbol negro y grandote.Arriba, por San Jacinto, se prenderán pronto las luces como cruces de Santiago. Cada tres o cuatro naranjos brota una conversación de viejos vecinos, reunidos allí a charlar y a ver pasar a las muchachas de las botas que van a comprarse un móvil. Y más lejos, desde San Vicente de Paúl, bajan los colegiales tocando las panderetas con sus madres y sus hermanitas chicas. Lo de San Jacinto no son cruces, en realidad. Parecen más tijeras abiertas.

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