Toros

“El premio se lo dedico al toro; me ha dado todo y es el centro de esto”

La concesión del I Premio Nacional de Tauromaquia a Paco Ojeda ha puesto de actualidad aquella revolución taurina que le convirtió en una de las grandes figuras del toreo del final del siglo XX.

el 31 mar 2013 / 00:00 h.

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Entrevista de Álvaro R. del Moral 33 La maestría de Paco Ojeda, el gran revolucionario del final del siglo XX, es un referente para las nuevas generaciones de aficionados. 33 La maestría de Paco Ojeda, el gran revolucionario del final del siglo XX, es un referente para las nuevas generaciones de aficionados. La concesión del I Premio Nacional de Tauromaquia a Paco Ojeda ha puesto de actualidad aquella revolución taurina que le convirtió en una de las grandes figuras del toreo del final del siglo XX. Más allá de aquellos años en activo, el diestro sanluqueño es –por derecho propio– uno de los toreros más importantes de la historia de este arte singular. Ojeda descubrió e invadió terrenos, reinterpretó el lenguaje y las suertes básicas del toreo pero todo lo hizo con su innato sentido escénico; una poco estudiada alma de artista que envolvió esa revolución taurina que bien merece ese galardón instituido por el Ministerio de Cultura y Deportes. –El I Premio de Tauromaquia implicará recordar muchas cosas. –A través del premio he empezado a recopilar un montón de historias. La más importante es esa manía mía por hacer cosas distintas en la cara del toro. Había muchas cosas que hacer en aquel momento y me costó mucho trabajo. Estuve a punto de tirar la toalla y al cabo del tiempo el premio viene a compensar aquel esfuerzo, que me costó tanto que fuera entendido por los demás. –¿Y de qué fuente bebió Paco Ojeda para hacer esas cosas? –Son cosas que nacieron toreando en el campo, de noche y sin testigos. Sólo lo puedes hacer a base de motivación e ilusión. Las haces porque las sientes y las llevas dentro, no porque las hayas visto antes. –¿Cómo recuerda aquella forja? –Me levantaba cada mañana sin acordarme del día anterior. Yo no pensaba que lo que estaba haciendo acabaría saliendo a la luz ni tenía la menor intención de profesionalizar algo que empezaba a profundizar, que quedaba para mi íntima satisfacción personal. Estaba haciendo lo que soñaba y cuando me bullía algo en la cabeza me iba en busca de las vacas a ver si podía hacérselo. –Al cabo de los años, ¿se añora esa marisma furtiva o las ferias y las plazas grandes? –Es que yo he tenido la suerte, en varias ocasiones, de realizar delante de 15.000 personas aquello que yo hacía solo, en la Marisma. He tenido la suerte o la capacidad de llevar el campo a la plaza y lo único que ha cambiado es la reacción de la gente. Pero no estaba haciendo nada que buscara el aplauso. Todo lo estaba haciendo para mí pero en ese momento era para mucha más gente. –¿Pero en qué momento o en qué plaza te acercas más a la perfección de tu concepto? –Lo he logrado varias veces. Me quedo con faenas de El Puerto, Málaga, Sevilla, Madrid, muchísimas veces en Francia… era el toreo al desnudo, sin escondite. –A mediados de los 70 se hablaba de un chico de Sanlúcar que le hacía cosas nuevas a las vacas. Camará se fija en usted y comienza a funcionar... –A medias. El primero que no veía aquello bien era el apoderado. Así no se podía torear, ¡no! Me emparejaron con Pepe Luis sin demasiado sentido y hubo algunas cosas más que no iban conmigo. Era como enjaular a un animal de la selva. No me sentía libre, no podía hacer lo que yo quería y sentía. Necesitaba estar a gusto conmigo mismo para funcionar en plenitud. Y no fue así. –La alternativa en El Puerto, en 1979, ¿llegó algo forzada? –Quizá sí, algo empujado. Y no estaba. No podía dar todo lo que yo sentía ni lo que llevaba por dentro. –Y de la alternativa, de nuevo a la soledad de la Marisma. Desapareció del mapa. –Volví a mis orígenes, a reencontrarme conmigo mismo. Necesitaba buscar mi yo, el torero que yo quería; no el que querían los demás. Quería sentirme moral e íntimamente torero pero cuando me puse a serlo para los demás me perdí. Volví a mi campo, a mi caballo y empecé de nuevo con el conocimiento de lo que no quería ser. –Se encerró en una parcela y se puso a torear a sus caballos. ¿Cómo se le ocurrió algo así? –Y muchísimas cosas más que se me ocurrieron entonces. La soledad es bruja. Me inventaba de todo. Volví a torear vacas de noche para mí y llegaba por la mañana a casa y cerraba los ojos y pensaba: que me lleven al cielo… –Siempre se ha dicho que tenía un don especial de comunicación con los animales. –Siempre lo he pretendido y por eso me ha gustado esto tanto. Quería encontrar una cercanía, unos terrenos prohibidos. Esa era mi guerra. Es el caso de los caballos: me propuse torear uno pero no se trataba de meter en la muleta al que fuera dócil y amigo mío; me propuse hacer embestir a otro y lo conseguí, a cual mejor. Son satisfacciones que me llevo en la vida. La vida no es eterna y si no te buscas cosas así no merece la pena… –Llegó la resurrección. Un toro de Cortijoliva que le cambia la vida al confirmar la alternativa en Madrid en agosto de 1982. –En esos momentos ya estaba encaminado a hacer lo que yo quería. A partir del segundo retorno sabía perfectamente quién era yo y nadie influía ya en mi modo de torear. Y pude llevarlo a cabo. Empecé en Madrid con el toro de Cortijoliva: era la fiera que yo buscaba para domarla. Ése era el toro y ése fue el desafío. –Se habla a favor y en contra del toro de las figuras pero habría que recordar que el toro con temperamento era el mejor colaborador de Paco Ojeda. –Eso es lo que da la emoción. Yo me he encontrado toros con ese punto de fiereza a los que les he quitado la muleta de la cara al cuarto muletazo. Ésa es la diferencia: no se trata de que el toro vaya y venga sino de pararlo en medio y ponerlo a andar otra vez. ¿Y eso cómo es? Pues hay que tirar la moneda y esperar a que salga cara o cruz. Por eso es tan difícil. Sin esa cara o cruz sólo hay tanteos hasta saber si te puedes poner pero nunca será lo mismo. Cuentas con tu propia intuición para saber si te puedes poner o no pero lo bonito, la verdadera emoción está ahí, en ser capaz de cortar y frenar una embestida y ponerla en marcha otra vez. La gente no tardaba en verlo. –Más allá del concepto revolucionario de Ojeda se ha hablado poco de su alma de artista, de su capacidad de expresión. –Yo no era el valiente que ganaba una batalla. Cuando estaba ahí empezaba a crear y a componer porque lo sentía. Paraba una embestida, la ponía a funcionar otra vez pero componiendo, sintiéndolo. No se trataba de ponerse allí y decir aquí estoy yo. Quería crear una obra, la interpretaba para mí y el que sabía verlo era afortunado porque le llegaba antes que a mí. –Y en esa línea artista no se puede olvidar su toreo de capote; se ha hablado menos de ello. –Con el capote he toreado como si estuviera usando la muleta. Con la misma posición y aunque a lo mejor se han cantado más otras cosas, cuando me ponía en el sitio que quería empezaba a edificar lo que sentía y daba igual el engaño. –Con la espada no se ha sentido tan a gusto... –No, pero tengo los premios a la mejor estocada en plazas como Madrid o Córdoba. Todo tiene una explicación: cuando yo le quitaba toda la agresividad a un toro me quedaba vacío y no los mataba; en el momento que aún les quedaba un atisbo de agresividad los mataba todos. Había exprimido tantas cosas que no me quedaba ansia para matar al toro. –Alguien que le conoce bien dice que con la décima parte del marketing que han tenido otros toreros habría sido emperador. –Es posible pero yo estoy muy satisfecho de mi trayectoria. Sé que no he sido un relaciones públicas porque mi punto era el toro y a partir de ahí todo era secundario. Si me hubiera preocupado de una cosa no podría haberme centrado en la otra. Hoy llaman a un torero y se para a las tres de la mañana por la carretera. Pero ahí tienes a ese al que no le hacen ni preguntas. Podemos comparar. Yo no era marketing, era naturaleza. No me llenaba eso, ¿para qué lo quería? Lo demás me colmaba lo suficiente. 33 Ojeda recibe a sus 58 años un premio que le ha encontrado “con el corazón en la mano”. 33 Ojeda recibe a sus 58 años un premio que le ha encontrado “con el corazón en la mano”. –¿Sigue sintiendo la necesidad de torear? Hay un vídeo en internet con una vaca de El Serrano que es una pieza de culto. –Yo toreo, sí, claro que toreo. Quería ser torero para mí y después de conseguirlo no voy a dejarlo. Se pueden seguir buscando cosas. No me he mecanizado ni me sirve lo que he hecho antes. Sigo buscando lo que no sé y me realiza tanto que no necesito pensar en el traje de luces. Hubo momentos, pero han pasado. –José Luis Marca fue fundamental en su trayectoria. –Lo demostró todo en el toreo y fue muy sido honrado con sus toreros. No necesitaba la comisión para comer y fue muy puro. Nunca interfirió en mi toreo y lo supo ver. Otros apoderados de mis principios no lo vieron así, no entendían mi forma de torear: que si codilleaba, que si esto, que si lo otro…¿pero hay algo más bonito que traerse la fiera y sentir su calor cerca? –Ha tenido otras fincas pero, una vez más, ha vuelto a la Marisma. –Allí estoy. El silencio y la luz que da, escuchar a los patos cantar... Yo nací en Quintanilla, en una chocilla de la Marisma. Así me lo ha contado mi madre. Entonces no había lo que hay hoy: si iba a ser niño o niña, ecografías… había que parir corriendo. Hace ya 58 años… –Cambiando de tercio: la prensa de su época daba estopa. –A mí mucha. Y creo que es bueno. Me di cuenta de que cierto sector de la prensa se metía con los que servían y halagaban a los que no tenían capacidad. Ahí están los papeles. Recuerdo que cierto periodista ya fallecido se metía conmigo todos los días en Diario 16. Me tenía aburrido, no me veía nada positivo. Le pregunté a Vicente Zabala y me dijo que, mientras se metiera conmigo y yo estuviera como estaba, me estaba haciendo una publicidad impagable. Tenía razón. –¿Cómo ve el presente y el futuro del mundo del toro? –El toreo tiene menos calor, menos pasión. Y eso que se está enseñando mucho más que antes. Antes se ponía la gente en fila para ver una corrida televisada y ahora te ponen una a las seis de la tarde y está hasta las dos de la mañana, la misma corrida. Hay cosas muy positivas pero en otras nos hemos pasado. Lo bonito es hacer a la gente partícipe de esto. Ahora hay iniciativas que te permiten ponerte delante de una becerra y satisfacer la afición de la gente. Ésa es la única forma. Pero no tenemos que confundirlo con las escuelas taurinas, ése es otro ámbito. El aficionado que sólo se mueve por afecto tiene más afición y lo vive de otra manera. Aunque, ¿Cuándo se ha enseñado de toros más que ahora? ¿Cuándo va menos gente? ¿Cuándo interesa menos? Hay motivos para estar preocupados. –¿Qué opina del toreo actual? –Hay toreros buenísimos. Demasiado profesionales. Les forman un lío a un tren pero hay dos cosas en la vida que no entienden de tiempo: una es la emoción y la otra es el riesgo. Hay que saber administrar esos dos factores, los tiempos de la emoción y el riesgo. Si los aportamos en exceso no llegan. –¿Y cómo le encuentra este premio, después de tanto tiempo? –El premio me ha encontrado con el corazón en la mano. La racha no era buena y esto me refresca moral y mentalmente. Creo que no me ha podido venir en mejor momento. No lo esperaba. Nunca esperé algo así aunque a veces te sorprendes de haber visto llegar después a los que tú creías que estaban primero. Que Educación, Cultura y Deportes haga entrar al toreo en su propio ámbito es muy de agradecer. Y el premio se lo dedico al toro. Me ha dado todo y es el único que no habla. Nunca va a opinar pero es el centro de todo esto. H

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