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El príncipe del cuento

el 27 jun 2010 / 09:50 h.

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Que la dinastía Grimaldi gobierne en Mónaco desde hace más de siete siglos no es fruto de la casualidad. Ya desde sus inicios esta vieja familia genovesa de güelfos dio muestras de una incontestable imaginación puesta al servicio tanto de la técnica de la guerra como del arte de vivir, que es el que más han perfeccionado y más éxitos les ha proporcionado.

Con 52 años cumplidos, Alberto II de Mónaco, el soltero de oro de la realeza europea como suele calificarlo la prensa rosa más edulcorada, ha anunciado esta semana su próxima boda con la ex nadadora sudafricana Charlene Wittstock, una joven con la que mantiene una relación desde hace varios años según la crónica oficial, porque la extraoficial es otra historia.

Alberto Alejandro Luis Pedro de Grimaldi, segundo hijo de Rainiero III de Mónaco y la actriz Grace Kelly, siempre fue un joven tímido del que se conoce poco más que su predilección por la compañía de actrices y modelos exuberantes y su inclinación, en líneas generales, por la vida padre.

También es un gran aficionado y destacado practicante de varias disciplinas deportivas, aunque sus obstinados michelines sugieren que, a estas alturas, debe ser en la modalidad de espectador o como voz autorizada en las comilonas del Comité Olímpico Internacional, del que forma parte.Alberto se convirtió en 2005 en el sucesor de Rainiero sin novia y sin ganas de tenerla, pero la industria Grimaldi -que mantiene en perfecto estado la máquina de hacer dinero que late en el corazón de esta ciudad estado- se curó en salud con una reforma legal y resolvió que su heredero sería el hijo mayor de su hermana Carolina, Andrea Casiraghi.

El futuro del Principado quedaba garantizado, toda vez que, según los tratados franco-monegascos, la falta de descendencia de los Grimaldi obliga a reintegrar a Francia este territorio de apenas dos kilómetros cuadrados, paraíso fiscal en la lista negra de la OCDE y epicentro del lujo y el glamour del viejo continente.Pero el Príncipe Alberto, que ya dio muestras de querer sentar la cabeza al acceder al trono, ha dado un paso más y quiere cumplir con su deber de tratar de tener un heredero.

Sentar la cabeza representó para Alberto, poco después de suceder a su padre, el reconocimiento de dos hijos nacidos de relaciones esporádicas, que no tendrán derechos sucesorios al haber nacido fuera de un matrimonio católico, como exige la ley del Principado, que curiosamente es uno de los pocos estados que aún conserva su confesionalidad.

También resulta sorprendente ese escrupuloso respeto por las normas sociales en una familia que las ha dinamitado siempre que ha tenido ocasión. El propio Rainiero jamás hubiera llegado al trono si su abuelo Luis II no hubiese reconocido a Carlota, la hija ilegítima que tuvo en 1898, fruto de una efímera aventura amorosa con Juliette Louvet, y que se casaría con el conde de Polignac engendrándolo a él y a su hermana Antoinette.

Y qué decir de los escabrosos romances de la princesas Carolina y Estefanía, más inclinadas al retozo alegre con el populacho que a una recomendable custodia de las formas. Mónaco es un minúsculo país de cuento, cuyos avatares político-privados se han convertido en el mejor carburante para el sostenimiento de la industria nacional: el refugio de millones, millonarios y vividores de toda condición. Que nadie se llame a engaño.

Ni Alberto de Mónaco, especialista en Ciencias Políticas por más señas, es un incauto ni el Principado un putiferio sin pies ni cabeza. El Príncipe es un hombre culto aunque con dificultades para hablar en público; está muy comprometido con el medio ambiente pero lidera un ambicioso proyecto inmobiliario que pretende ganar metros al Mediterráneo. Las contradicciones forman parte de su trayectoria y su personalidad.

Uno de los pocos escándalos que han trascendido de su vida es que contrató a un espía para que averiguara qué opinión tenían sus súbditos de él, quién le criticaba y quiénes filtraban detalles de su vida privada. ¡Habráse visto perversión más cortesana! Siglos de experiencia en la diplomacia, las finanzas, el refinamiento y la buena vida han dado como resultado un príncipe de cuento, un hombre con biografía, marcado por los rumores sobre su supuesta homosexualidad y, por lo que respecta a sus posibles atractivos, con una fortuna milmillonaria.

El Príncipe ha anunciado su boda para el verano de 2011, y de aquí hasta entonces sus ganancias se multiplicarán gracias al efecto mediático de sus apariciones públicas. Vivir del cuento no es fácil, se dirá para sus adentros mientras escribe un nuevo capítulo en los anales de una dinastía que puede jactarse de forjar personajes que hacen historia.

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