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El problema es el sitio

Decepción fue la sensación del aficionado y la palabra que describe de forma literal la descastada corrida de toros que Victorino Martín ha echado en Sevilla.

el 15 abr 2010 / 20:43 h.

Las banderillas, lo único salvable de la tarde.

FICHA DEL FESTEJO

Ganado: Se lidiaron seis toros de Victorino Martín, desigualmente presentados y de juego dispar. El quinto fue un sobrero del mismo hierro, terciado y de escasa presencia. El primero, que tuvo muy buena condición; tercero, cuarto y ese quinto albergaron posibilidades en distintos grados que quedaron inéditas. Segundo y sexto fueron muy deslucidos.

Matadores: Antonio Ferrera, silencio y silencio.Manuel Jesús El Cid, silencio y silencio.César Jiménez, silencio tras aviso y silencio.Cuadrillas: Destacó en la brega y con los palos El Boni. También se entregó Casanova.

Incidencias: La plaza casi se llenó en tarde bochornosa de nubes y claros en la que acabó cayendo un chaparrón que no fue a mayores.

La corrida de Victorino no fue buena. Ni de lejos. Adoleció además de una mala presentación por desigual y encerró un sobrero que nunca debió viajar desde los campos de Cáceres hasta Sevilla. Pero lo cortés no quita lo valiente: dentro de la decepción global no se pueden negar las posibilidades que, en distinta medida, brindaron algunos de los ejemplares del paleto de Galapagar. Tampoco hay forma humana de tapar el petardo de los tres espadas ocultándolo dentro del deficiente juego del encierro.

Un petardo del que no se salva ni el apuntador y que salpica de una manera preocupante y desgraciada al torero sobre el que se montó esta corrida para la que se habían barajado otros alternantes.

Es cierto que El Cid no tuvo opciones con el segundo de la tarde, que sacó el aire de alimaña de algunos de los toros de Victorino. El animal, alirado y con pinta de bichejo decimonónico, no pasaba en la muleta, hacía hilo con el torero y le buscaba los alamares. Lo mejor que hizo el de Salteras fue irse con prontitud a por la espada. Esa misma prontitud se echó en falta en la lidia premiosa, llena de tiempos muertos que le administró su cuadrilla. Y es que la solemnización de todos los tempos del toreo empieza a ser desesperante.

El caso es que a El Cid le tocaría lidiar finalmente el esmirriado sobrero que había encerrado en los chiqueros por flojera del titular. El sustituto fue más flojo aún y fue coreado a los gritos de "¡eso es una cabra!" por algunos parroquianos que ya andaban cortos de paciencia. Con dos buenos muletazos, El Cid enseñó las posibilidades del animal para mostrar a continuación un penoso catálogo de dudas, rectificaciones y pasitos de perdiz que evidenciaron que aún anda hundido en el pozo hondo y oscuro de la pérdida del sitio. Es lamentable ver a un torero de su alcurnia enseñar así sus barcos desarbolados. No sólo lo que queda de Feria, toda la temporada se le pone ya muy cuesta arriba.

En cualquier caso, el mejor toro de todo el encierro fue el primero y le tocó a Ferrera. El extremeño desesperó al santo Job en un segundo tercio lleno de preparaciones horteras resuelto con tres vulgares pares que se cerraron con una fea e incruenta cogida por su empeño en abusar de unos terrenos -prácticamente encerrado entre el toro y el burladero- que eran imposibles. Luego no fue capaz de estar a la altura de las embestidas enclasadas de un toro que, en la muleta, no pareció de Victorino Martín. El animal no estuvo sobrado de motor pero sí albergó grandes dosis de nobleza que el diestro extremeño desperdició en un toreo periférico y poco comprometido. Ferrera no acertó nunca con el temple ni en la colocación propiciando que el toro se frenara prematuramente sin acertar a cruzarse con él ni una sola vez. La misma canción se iba a repetir en el cuarto, al que esta vez sí banderilleó con brillantez y acierto: esperando al toro en los medios en los primeros pares; resolviendo un quiebro muy en corto y hacia adentro en el último par. Pero con la muleta cambió la canción. El toro tenía sus cositas, se lo pensaba a veces, pero acababa tomando la muleta sin que su matador evidenciara la más mínima firmeza, sin que hubiera rotundidad en el trazo y apuesta verdadera. El astado le acabó sorprendiendo por quedarse siempre en esos terrenos de las afueras que nunca fue capaz de traspasar escenificando una batalla con el animal que no era tal.

El convidado más petreo del cartel era el madrileño César Jiménez, otra promesa malograda que dejó muy claro en Sevilla porqué se encuentra descabalgado del gran circuito del toreo. La verdad es que el tercero de la tarde quedó inédito mientras Jiménez describía órbitas por allí sin decidirse a dejársela puesta para que repitiera. El toro reponía con prontitud, no terminaba de completar los viajes, pero tenía media arrancada de la que el diestro de Fuenlabrada no logró sacar nada en claro mientras se sucedían los muletazos sin demasiado orden ni concierto. César Jiménez iba a consumar su particular naufragio sevillano sin saber por dónde meterle mano al deslucido sexto. Vaya tela, como andamos.

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