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El profesorado reclama autoridad y prestigio

La profesión docente es algo bastante impreciso hoy día, porque el trabajo del profesor lleva implícita una montaña de tareas más allá de la enseñanza. Si nos hubiésemos preguntado hace 25 años en qué consiste ser maestro, la respuesta habría sido más sencilla: consiste en educar a alumnos.

el 15 sep 2009 / 16:14 h.

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La profesión docente es algo bastante impreciso hoy día, porque el trabajo del profesor lleva implícita una montaña de tareas más allá de la enseñanza. Si nos hubiésemos preguntado hace 25 años en qué consiste ser maestro, la respuesta habría sido más sencilla: consiste en educar a alumnos.

El pasado jueves, un veterano profesor de instituto en Triana se acordó de que el domingo, hoy, se celebraría el Día Mundial del Docente. Enseguida cayó en la cuenta de que "el día del maestro no puede ser ningún día lectivo". Ironías aparte, el hombre intentó buscar una definición del oficio que se ajustara a sus "27 años de experiencia en el aula". Y no tardó mucho en encontrarla: "La docencia es un oficio que está entre la vocación y la resignación", dijo.

Lo que quería decir es que los maestros entran con vocación en la carrera docente, con la idea de que la enseñanza conlleva un compromiso ético con la sociedad y, por tanto, es mucho más que un trabajo. Pero, con los años, a uno le puede el desencanto y la frustración, porque las leyes cambian, pero el sistema educativo sigue siendo un gigante administrativo que camina a pasos lentos. Y cambiar cosas resulta muy difícil.

En educación, se dice que "si se integra a un buen docente en un mal sistema, el sistema acaba derrotando al docente". El veterano profesor terminó su discurso con cierto cansancio. Pero, nada más acabar, levantó la cabeza y añadió: "Luego viene a verte al cole un viejo alumno, que hacía 15 años que no veías, y te dice lo mucho que le ayudaste y lo mucho que aprendió contigo. Y vuelves a pasar de la resignación a la vocación".

La profesión docente oscila entre estos dos conceptos por algo que también se oye a menudo: Ser maestro en Infantil y Primaria es más vocacional que ser profesor de Secundaria. El primero decide entrar en Magisterio porque es una carrera que prepara para la pedagogía y la enseñanza.

El segundo es un estudiante de otra licenciatura -Historia, Matemáticas, Filología- que ha acabado de profesor en un instituto, en muchos casos sin haberse planteado antes dedicarse a la educación. El año pasado, la Fundación SM publicó un estudio sobre el perfil del profesorado. Más de la mitad de los maestros encuestados respondió que lo eran por vocación mientras que, entre los profesores de ESO, el porcentaje descendía al 16%.

Este año ha sido un año difícil para el profesorado andaluz. En el preámbulo de la Ley de Educación habían leído: "La actividad de los centros docentes recae en el profesorado que en ellos trabaja", y pensaron que, al fin, serían los protagonistas de su historia. Pero no fue así. Resultó ser un año electoral, y los políticos les zarandearon las aulas todo lo que pudieron. El profesorado es un colectivo con un peso sociopolítico tremendo. Si se ponen en huelga, pueden dejar a cientos de miles de niños en sus casas, y eso les da un poder potencial que asusta a las administraciones.

Los políticos lo saben, por eso este año electoral han jugado a buscarles las cosquillas a los docentes: con el Plan de Calidad, con Educación para la Ciudadanía, con la homologación salarial... Durante la campaña, no han dejado de repetir que sus alumnos ya no les tienen respeto, y que deben recuperar la autoridad y el prestigio que tenían antes.

Pero dentro del aula ningún docente aplica la autoridad ni entiende el respeto de igual modo. Para algunos, respeto significa que los alumnos se pongan en pie cuando el profesor entra en clase. Para otros, autoridad es que un alumno se acuerde de ti y de lo que le enseñaste 15 años después.

Para explicar algo sobre la cacareada pérdida del prestigio social de los maestros es necesario advertir que se trata de una crítica en la que han coincidido los partidos de derecha, los de izquierda, algún sindicato progresista y algún otro reaccionario. O lo que es lo mismo: dos formas diametralmente opuestas de entender la enseñanza. El asunto está claramente politizado.

La educación, o la imagen social que se transmite de ella, ha cambiado mucho en los últimos 25 años. Pero esto no debería servir como excusa para explicar por qué los jóvenes han perdido el respeto a sus maestros. También la sociedad de ahora es distinta a la de hace un cuarto de siglo. A modo de crítica, se ha dicho que "ya ningún niño responde que de mayor quiere ser maestro". La respuesta de muchos de esos niños es que quieren ser futbolistas o famosos.

El Centro de Investigaciones Sociológicas hizo una encuesta en 2007 sobre las profesiones más valoradas. Los médicos obtuvieron la mejor nota (8,29), y los profesores la tercera (7,74). Ahora bien, médicos y profesores comparten el podio de otro ránking famoso: son los que más agresiones reciben en su ámbito laboral. No parece que exista ninguna relación entre una encuesta y otra, aunque algunos políticos hayan sacado a colación la violencia escolar para hablar de la pérdida de autoridad.

Esta relación de ideas resulta bastante arbitraria, de lo contrario, cabría preguntarse: si el oficio docente es de los más valorados del país, ¿por qué les pegan? Y eso no parece serio.

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