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El puente de la gloria en el que nace un nuevo Rocío

Los rocieros cumplieron el rito del camino al cruzar el Ajolí

el 21 may 2010 / 20:12 h.

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El toque de diana había despertado a los romeros algo antes de lo habitual. No importaba.El de ayer era uno de esos días especiales que queda grabado a fuego en la fugaz memoria del rociero. Tocaba cruzar el puente del Ajolí, la puerta de la gloria desde la que se asoma, en la lejanía del horizonte, el lugar soñado por muchos durante el camino. La Ermita, la Virgen, el Rocío... todo se hacía realidad tras el paso de los Simpecados por las maderas del puente cimentado con las reliquias del antiguo suelo del santuario de la Blanca Paloma.

 

Era una jornada de fiesta y eso se notaba en la alegría que derrochaban los romeros que surgían de entre las arenas. A diferencia del día en que comenzaron el camino, sus rostros eran ya el reflejo del cansancio acumulado por las largas noches en medio de la nada donde veneraban al Simpecado. Peregrinos de tez morena y voz entrecortada que cumplían el sueño de renovar la tradición del paso por el puente del Ajolí.

Nadie quiso perderse el momento. Entre los pinos que dibujaban el último tramo del camino, los rocieros buscaban el mejor hueco desde el que admirar el paso de los Simpecados. Peregrinos o simples curiosos que buscaban no sólo el lugar más idóneo sino aquel en el que la sombra de los árboles les ofreciera un respiro al sofocante calor. Y es que ya había algún que otro romero que no quería ni pensar en las temperaturas del camino del año que viene, que será -caprichos del calendario- a mediados del mes de junio. Entre ellas Patri Arias y Rocío Dago, dos cuñadas que acompañaban al primer Simpecado que cruzaba el puente, recordándose "lo que se echan de menos los chaparrones de los últimos meses".

Era Benacazón, un pueblo entero que rodeaba a la carreta de plata en el final del camino. Al son de las sevillanas, el Simpecado cruzaba el puente entre cientos de romeros que bailaban y cantaban en su delantera. Estaba llegando uno de los momentos más esperados de todo el camino, la espera cobró sentido cuando el boyero mandó detener la carreta en la mitad del Ajolí. Una voz que despertaba entre los peregrinos entonaba una salve a la Madre de Dios, en la que Benacazón entregaba a la Virgen los rezos y peticiones de todo el pueblo. Su hermano mayor, emocionado y entre lágrimas, sacó fuerzas de la devoción para entonar unos vivas con su voz entrecortada y con los que puso fin a este momento esperado por los rocieros durante el año.

Los restos del temporal de lluvia que aún se hacían ver por los caminos -a pesar de que desde la Junta de Andalucía se asegura que el 90% está en buen estado- desajustaron todos los horarios. Los Palacios que debía haber hecho su entrada en torno a la una del mediodía se asomó por el Ajolí pasadas las dos de la tarde. No les importaba ni a la hermandad ni a los cientos de romeros que no entendían de crisis. Llegaba Los Palacios entre peregrinos que arropaban a su Simpecado y, de nuevo, una imagen que se repetía como una tradición no escrita que debe cumplirse al paso por el Ajolí. Sobre el puente, rocieros que al compás de sevillanas honraban a su Simpecado antes de que cruzara la simbólica puerta que los acercaría a la aldea. Emocionada, Mari Lago, que cumplía 22 años haciendo el camino, intentaba consolar a su hija que entre lágrimas veía alejarse al Simpecado. "Tranquila hija", decía entre abrazos, "que esto no es el final sino el principio de todo lo que vamos a vivir".

Una madre sentando cátedra en la tradición rociera. Y es que no era momento de añorar lo que terminaba sino de anhelar lo que en pocas horas habría de pasar. Entre tanto, una manada de caballistas tomaba el puente. Tras ellos el Simpecado de Paterna del Campo, los primeros gaditanos que pasaban por el Ajolí. Sobre el puente, los romeros entonaban la salve al Simpecado, cuya carreta se había convertido en un improvisado almacén en el que guardaban litros y litros de agua con los que aliviar un calor que a esas alturas era insoportable.

A pesar de la temperatura el ambiente que se vivía en el Ajolí presagiaba la llegada de la hermandad de Lebrija. Con ella cientos de romeros que guardaban en su retina las bellas estampas que les había regalado su nuevo camino. "Este año hemos vuelto a tirar por las marismas después de 40 años dando un rodeo impresionante", explicaba Adrián Ríos, el párroco de Lebrija, que se perdía entre los peregrinos que acompañaban al Simpecado. Pasaba Lebrija como lo hizo a primera hora del día la hermandad de Sevilla Sur que inauguró el paso por el Ajolí. El Rocío estaba más cerca y todo cobraba sentido. El camino tocaba a su fin al cruzar la puerta de la gloria.

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