Cofradías

El Refugio maternal que nunca falla

La dolorosa de San Bernardo celebró al calor del barrio los 75 años de su hechura por Sebastián Santos Rojas.

el 16 abr 2014 / 21:35 h.

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Sevilla 16/04/2014 Semana Santa. Salida de San Bernardo<br /><br /><br />

FOTO: Pepo Herrera MÁS FOTOS EN LA FOTOGALERÍA   Esconde sus lágrimas bajo las gafas de sol. Apenas puede hablar por la emoción. Ni siquiera puede pronunciar su nombre. El poco hilo de voz que le sale de lo más hondo del pecho es para decir lo siguiente:«Mi hijo va camino de Senegal. Se llama Miguel Ángel y desde los once meses siempre ha salido de nazareno en San Bernardo. Este año no puede ser y vengo aquí a ver la cofradía, pero mi mente está en Senegal». Es el desgarrador testimonio de una de las muchas madres de San Bernardo que día a día hacen posible el milagro de un barrio que nunca dejó de serlo, pese al éxodo poblacional de hace unos años y las nuevas construcciones que asoman por lo que queda en pie del viejo caserío. Las palabras de esta vecina y devota de San Bernardo emocionan a los que la escuchan a la puerta de la parroquia hasta donde van llegando familias enteras de nazarenos de capa negra y túnica morada. En la casa de hermandad, en un lateral del templo, los costaleros hacen la ropa y los hermanos Carlos y Manuel Villanueva dan la última arenga a sus hombres. Carlos Villanueva explicaba que hace años empezó a mandar el paso del Cristo de la Salud y que luego fue su hermano el que llegó al barrio para hacerse cargo del palio de la Virgen del Refugio. «Siempre tenía ganas de sacar un crucificado y aquí estoy con San Bernardo», apresuraba a apuntar mientras recibía los abrazos de dos exhermano mayores del viejo arrabal: José María Lobo y Antonio Rodríguez Hidalgo. El actual responsable de la cofradía, Teodoro Mauriño, ya estaba dentro de la iglesia, donde estaban dispuestos los pasos para emprender, un año más, el camino al Centro. Todo eran preparativos y nervios. En la iglesia. En la casa de hermandad. En la calle y también dentro de las casas que abrazan la iglesia. No cabe ni un alfiler en los balcones. También hay lleno en los pisos. Hay familias enteras que acuden a ver a la madre, aquella que nunca falla. Aquella que es el mejor Refugio y de la que esta Semana Santa se conmemoran 75 años de su bendición tras los incidentes que afectaron a las antiguas imágenes. Un año antes de que Sebastián Santos tallara a la actual dolorosa y de que el actual Cristo de la Salud llegara al barrio, Rafael del Real se hacía hermano. La devoción le venía de su padre, jefe del taller de la Pirotecnia, que tuvo la dicha de compartir filas con hermanos históricos, como el Brigada Rafael o el mítico prioste Caravaca. Rafael es la historia viva del viejo arrabal. Nadie como él para explicar lo que se siente aquí cada Miércoles Santo: «Es un día de explosiones. Emocionante de principio a fin, pues personas que hace años que no se ven, pues marcharon de aquí a otras barriadas, vienen y vuelven por unas horas para acompañar a su cofradía». Pero también hay nuevos moradores, como María y su familia, que se han adaptado a la perfección. «La verdad es que es un lujo vivir aquí. Más aún con una hermandad tan señera y querida». Y tanto. Pese al calor del mediodía, nadie se movía de las inmediaciones del templo. Avanzaban los tramos de nazarenos por la calle Gallinato y ni siquiera se intuía la salida del crucificado. Entre la bulla se pregonaba «agua fresca» y «avellanas» en un Miércoles de temperaturas veraniegas. Pasaban unos minutos de las dos y media, cuando los espigados candelabros del paso del Señor quedaban enmarcados en la puerta. En lo alto de la plataforma instalada para salvar los desniveles de la calle, se presentaban los ciriales. El silencio que acompañó a la maniobra de Carlos Villanueva, se vio interrumpido de pronto por el anuncio de la Marcha Real que interpretó magistralmente la banda de cornetas y tambores de la Presentación al Templo de Dos Hermanas. Todas las miradas se clavaron en este crucificado atribuido a Andrés Cansino, incluidas las del veterano Rafael que renovaba su amor al barrio luciendo un iris morado en la solapa. «Son muchos recuerdos. Muchas personas que ya no están y que nos vienen a la cabeza al contemplar estas imágenes», indicaba emocionado. La marcha Cristo del Amor fue la elegida para acompasar los primeros metros por el barrio y empezar a pensar en el puente y en una cada vez más próxima Alfalfa. Lo peor, decía el capataz, «el calor agobiante, que cansa mucho más y hay que tener cuidado». Muchos aprovecharon la espera del palio para almorzar tranquilamente en familia. Eso sí, sin perder detalle de lo que iba sucediendo en la calle Santísimo Cristo de la Salud. Manuel Santizo y familia preparaba la caña para encender las velas de la candelería más próximas a la Virgen. «Esto es un honor», reconocía este miembro de una saga histórica de encendedores que esta Cuaresma ha editado un libro recopilando toda la historia. Aunque para historia las que atesoran las madres de San Bernardo, algunas con su pensamiento en Senegal, otras pidiendo trabajo para los hijos o también las que recordaban a los que ya no estaban aquí en una jornada brillante que cada año hace rebrotar el espíritu del viejo arrabal de alma torera, pasado artillero e inmejorable Refugio, el de una madre que nunca falla.

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