Cofradías

El renacer del viejo arrabal

La Virgen del Refugio lució una medalla en recuerdo de don José

el 31 mar 2010 / 19:08 h.

El paso del Crucificado se adentra en los callejones de este barrio ante la atenta mirada de sus vecinos.

Mañana de fiesta, devoción y reencuentros en el viejo arrabal de San Bernardo. Era el día de los recuerdos que renacían entre los vecinos de este barrio que tuvieron que emigrar a buscar nuevos horizontes en la ciudad pero que dejaron un trocito de su corazón entre los rincones de las callejuelas estrechas de San Bernardo. Unos recuerdos que tuvieron como protagonista la figura del que fuera durante décadas párroco y director espiritual de la hermandad, don José Álvarez Allende, recientemente fallecido, y que la Virgen del Refugio recordaba con una medalla que lucía en su paso de palio.

Desde horas muy tempranas los alrededores de la parroquia de San Bernardo se convirtieron en un hervidero de familias enteras que regresaban como cada año a ver al Cristo de la Salud bajar la rampa que lo llevaría hasta la calle que le pusieron sus vecinos para perpetuar la devoción al Crucificado. "Llevo aquí desde las 9 de la mañana", decía una señora apostada junto a la puerta. Con ella habían llegado costaleros, acólitos, nazarenos, todo una familia dedicada por entero a la hermandad durante años y que ahora, por causas del destino, vivían sólo una vez al año cuando regresaban de su destierro en Sevilla Este. Pero regresaban, y eso les era suficiente, porque eran los artífices de un barrio forjado a través de su cofradía. El viejo arrabal que había sido capaz de superar los caprichos del urbanismo y renacer de sus cenizas por el empuje de sus vecinos, que nunca dejaron de serlo, y de los 2.100 nazarenos que cada Miércoles Santo acompañan a sus titulares por Sevilla.

Y así, entre miles de miradas clavadas en el portalón de la parroquia, las maniguetas del paso del Cristo de la Salud comenzaban a cruzar el dintel. Silencio estremecedor que inundaba todos los rincones del barrio mientras el sol iba dorando la canastilla del Crucificado. Ya estaba en la calle y las emociones se desbordaban desde la calle Gallinato hasta San Bernardo. El Señor de la Salud caminaba a paso lento por la rampa que lo llevaría a encontrarse de nuevo con su barrio, como cada Miércoles Santo, recortando su figura en las casas remozadas de San Bernardo.

Llegaba la hora de la espera de la madre. En el ambiente todo recordaba a don José, el alma mater de este barrio, que por primera vez no aguardaba en el templo la salida del palio. Su Virgen, la del Refugio, lo llevaría presente todo el recorrido con una medalla que sustituía al lazo negro de luto que la hermandad no podía llevar por indicación de sus reglas. Todo estaba preparado y Carlos Villanueva pedía a sus costaleros que avanzaran, poco a poco, para llevarla con sus vecinos. Filigrana de los costaleros que con una compleja maniobra regalaban el palio de oro y plata a este barrio torero que la aguardaba entre lágrimas que difícilmente se podían evitar. Al son de La Estrella Sublime el paso de la Virgen del Refugio se perdía por la calle Gallinato, donde todo eran aplausos y lluvia de flores para la madre de San Bernardo. Era el final de reencuentro y tocaba volver a casa, aunque por un día estos vecinos habían vuelto a serlo de San Bernardo, como cada Miércoles Santo.

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