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El repaso. Resaquilla de unos carteles polémicos

Tristeza. La que dijeron tener y evidenciaron sentir Ramón Valencia y Eduardo Canorea en la inusual rueda de prensa que alumbró los carteles del abono 2012 en la plaza de la Maestranza.

el 28 feb 2012 / 10:21 h.

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Los empresarios Ramón Valencia y Eduardo Canorea.

Tristeza. La que dijeron tener y evidenciaron sentir Ramón Valencia y Eduardo Canorea en la inusual rueda de prensa que alumbró los carteles del abono 2012 en la plaza de la Maestranza. A estas alturas no hay que volver a narrar las vicisitudes del enredo televisivo, el encontronazo de las empresas con el G-10 o los efectos colaterales de la tremenda crisis económica que ha llevado a suprimir algunos festejos del abono dejando inalterable el largo ciclo ferial. Todo eso quedó atrás. Los carteles son los que son y habrá que empezar a digerirlos intentando mirar en positivo. Pero eso no quita el análisis de unas combinaciones en las que no hay, ésa es la verdad, ni un solo cartel verdaderamente rematado.

Presentes. En los carteles se ha pecado por defecto, nadie puede dudarlo, pero también por exceso: a Castella, que no llegó a cuajar por completo a varios toros de nota en las dos últimas ferias, le sobran tres de las cuatro tardes contratadas. Tampoco encajan bien tantos contratos para un Cid que sigue luchando para volver a ser el que fue y chirrían algunos mediáticos que suenan a relleno inevitable. También canta, ésa es la verdad, la alternativa de un novillero sin méritos para doctorarse en la Maestranza al máximo nivel. Tampoco rematan carteles ciertos toreros que no han pasado de lidiadores honestos. Eso sí, el cuento es válido para echarlos por delante y ahorrarse abrir plaza. Toreros como Luque, Mora o Fandiño tienen en sus manos la oportunidad de su vida. De ellos depende aprovecharla.

Ausentes. A la cabeza de la pirámide, la incomparecencia de El Juli fue justificada con escasos argumentos por los gestores de la empresa Pagés, que en este punto no convencieron a casi nadie. En el tema de Miguel Ángel Perera, un torero sólido y necesario para cerrar toda feria, no esgrimieron excusa alguna. No le llamaron. ¿Por qué? Debe entrar en las distintas sensibilidades detectadas por Eduardo Canorea en un G-10 en el que las filas no son tan prietas como se pensaba. Sigamos con los ausentes: Curro Díaz, ésta vez sí, se había ganado su lugar en la tierra después del concertino de otoño. Del resto, poco hay que decir. Si acaso, recordar que Ponce pasará el mes de abril abanicándose por decisión propia. Hay otros nombres pero, por unas razones o por otras, se acuerdan pocos.

El caso Tomás. En este punto sí hay unanimidad con Valencia y Canorea. Si otros años la empresa había escenificado con evidente desgana una contratación que sólo podía desequilibrarles el presupuesto de la feria, en esta ocasión detallaron perfectamente los entresijos de un frustrado acuerdo en el que, después de acceder a las peticiones del críptico profeta de Galapagar, recibieron la callada por respuesta. El fichaje de José Tomás en un abono que comenzaba a hacer aguas habría redimido otras afrentas y otras ausencias injustificadas. Pero ese misterio que ponía tan cachondos a los talibanes del tomasismo empieza a poner de los nervios al mismísimo santo Job. Salvador Boix, camarlengo del diestro madrileño, acusó a la prensa de confundir al personal. Pues hable usted mínimamente claro y todos contentos. Después de una temporada pagada a precio de oro que no pasó de discretita convendría adoptar otro tono, que el personal ya se está cansando de tantos rollos macabeos. Y otro dato más: a día de hoy, que se sepa, José Tomás no está contratado en ninguna plaza. ¿Pensará torear este año?

En twitter @ardelmoral

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