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El Rey ha cubierto las expectativas

España es un país complicado. Nuestra realidad histórica actual se fue conformando a lo largo de un dilatado proceso en el que, por medio de sucesivas agregaciones, se fueron sumando territorios y poblaciones en el ámbito de un marco político integral, único y complejo al mismo tiempo.

el 14 sep 2009 / 22:16 h.

España es un país complicado. Nuestra realidad histórica actual se fue conformando a lo largo de un dilatado proceso en el que, por medio de sucesivas agregaciones, se fueron sumando territorios y poblaciones en el ámbito de un marco político integral, único y complejo al mismo tiempo. En unos momentos más complejo, como durante los Austrias, y en otros momentos más homogeneizador, como con los Borbones. Pero, con independencia de que las expresiones "España" y "los españoles" hayan sido utilizadas desde muy antiguo para identificar a todos los que vivían en ese marco político, económico y geográfico, lo cierto es que, desde los Reyes Católicos para acá, ha sido bastante común que se haya puesto en cuestión la existencia o la viabilidad de un proyecto común para todos. Por lo menos, dicha puesta en cuestión ha sido más común en España que en otras naciones de formación tan larga y compleja como la nuestra, como son los casos del Reino Unido de Gran Bretaña o de Francia.

Una diferencia favorable para Gran Bretaña y para Francia, y ha de decirse, es que en esos dos países, cada uno en su momento, se produjeron dos revoluciones que hicieron tabla rasa con el pasado y que sirvieron para legitimar duraderamente el estado de cosas existente en materia de integridad territorial, una vez liquidado el Antiguo Régimen por la vía de los hechos. Eso no impide que, de cuando en vez, renazcan en dichos países proyectos de desmembración, tal como se evidencia con el nacionalismo escocés o el de Córcega, pero dota a los ciudadanos respectivos de un mayor sentimiento de proyecto común originariamente impulsado desde la colectividad. Al menos, esa es mi opinión.

En España, las cosas fueron más lentas y algo menos dramáticas, al final. Por una parte, el Antiguo Régimen sólo se acabó con la Constitución de 1978, en realidad de verdad. Por otra parte, se acabó con él mediante la transacción política, mediante la serenidad, con buena mano, con una gran dosis de confianza en la madurez y sabiduría profunda de los españoles y con una apuesta fuerte: la apuesta, casi a todo o nada, a favor de que la Monarquía Parlamentaria sirviera de instrumento eficaz para la superación de los elementos de división. La transición, en efecto, se basó, entre otras cosas, en la confianza en que, adoptando un papel totalmente novedoso en nuestra historia, el Rey sirviera para unir a todos los españoles y para representar a todos los españoles; en la esperanza en que, con la Corona como máxima institución del Estado, se consolidara la Democracia, tan huidiza siempre en España, y se construyera un Estado Social de Derecho, tan necesario en una España históricamente tan injusta y atrasada.

Treinta años después, en 2008, podemos estar orgullosos y tenemos que estar agradecidos. España es hoy un país distinto y mejor y el Rey Juan Carlos I ha cubierto las expectativas de los españoles. Se podrá decir que la España actual es el resultado del empeño común de todos los españoles. Pero hay que decir que es el resultado del empeño común de todos los españoles con el Rey de España a la cabeza.

Yo no soy monárquico, ni racional ni sentimentalmente. Pero creo que es de justicia reconocer el papel del Rey de España en la construcción de la España actual. Me siento agradecido hacia Juan Carlos I. Me siento orgulloso de haber compartido el mismo tiempo histórico que él. Y me siento confortado en las posibilidades de la Monarquía Parlamentaria como sistema de gobierno de la España del futuro.

Por todo eso, felicito al Rey en su cumpleaños y felicito a todos los españoles de buena voluntad.

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