Cultura

El rockero Mick Jagger inunda Berlín de una pura 'Satisfaction'

Los Rolling Stones elevaron la Berlinale al firmamento del rock con Shine a light, el documental de Martin Scorsese que abrió ayer la 58 edición del Festival de Cine y que traduce en cine la pura Satisfaction del incombustible Mick Jagger.

el 14 sep 2009 / 23:49 h.

Los Rolling Stones elevaron la Berlinale al firmamento del rock con Shine a light, el documental de Martin Scorsese que abrió ayer la 58 edición del Festival de Cine y que traduce en cine la pura Satisfaction del incombustible Mick Jagger.

Abrir la Berlinale siempre es un privilegio para el filme elegido, y en esta ocasión lo fue mucho más para los presentes y por partida doble: nunca se filmaron tan bien las arrugas más vivas del rock y, encima, los dioses Stones desfilaron en pleno por la alfombra roja. "Los Stones eran mi objeto del deseo, fueron la música de mi vida", declaró Scorsese ante la prensa, en calidad de comandante de una banda a la que la Berlinale recibió con la pasión de una masa de groupies.

"Es un honor para nosotros estar aquí. Es la primera vez que un documental musical abre un festival así. Nuestro agradecimiento al director, Dieter Kosslick", saludó Jagger, caballero y carismático como en el filme, sólo que sentado y sin dar brincos. Los Stones desembarcaron haciendo alarde de buenas maneras y con caras de buenos chicos. Conciliadores, incluso con quienes reprochaban que una película no tiene la fuerza de un concierto.

"No es un concierto, es un filme", resumió Jagger, mientras Keith Richard sentenciaba que lo grandioso de todo fue no notar el despliegue de cámaras organizado por el equipo de Scorsese. "Tratamos de estar lo más cerca posible de un concierto sin llegar a ser un incordio", enfatizó Scorsese.

Shine a light no es ni un concierto filmado ni un documental al uso, tejido con las piezas más emblemáticas de la banda salpicadas por declaraciones de sus héroes. Es un filme con un lenguaje propio, en el que Scorsese sabe dar a cada plano un toque mágico. La cámara recorre cada arruga, vena, arteria y fibra de Jagger, convertido en una categoría humana propia ante la que sólo cabe la pregunta de cómo puede sobrevivir a sus conciertos.

Keith Richards, con su permanente aspecto de acabar de caer del cocotero; Ronnie Wood, alter ego o imitación del anterior, y el monosilábico Charlie Watts, incapaz de hilar una frase completa, son sus comparsas en un universo con Jagger como único astro rey. Ese mismo cometido cumplieron ante la prensa de la Berlinale. El núcleo de las imágenes salen de un concierto exclusivo -2.800 plazas- en el Beacon Theater de Nueva York, en 2006, con el ex-presidente Bill Clinton en el papel de telonero de los Stones, presentando la actuación como una gala contra el cambio climático.

Un par de toques maestros de Scorsese retratan la ironía del conjunto. Desde Richard saludando cortésmente a la madre de Hillary Clinton, a las niñas bien, apelotonadas ante el escenario, rendidas a cada brinco de las caderas de alfeñique de Mick Jagger.

En el mismo tono se intercala un dúo con Christina Aguilera, aguantando el empaque de Jagger sobre unos tacones "alámbricos" de equilibrio imposible, o el mismo Scorsese, preguntándose si es cierto que el líder de los Stones puede arder si se le coloca bajo los focos.

Con la periodicidad justa para no aburrir ni romper las piezas, Scorsese incorpora impagables escenas de archivo, con Jagger o Richard jovencitos y explicando a ciertos guardianes de la moral que no son anarquistas drogadictos.

Por momentos, el espectador se siente ante el concierto como amputado en su butaca, envidioso de las niñas que sacan fotos con el móvil al dios Stone. Luego se consuela ante la evidencia de que está ante un lenguaje distinto, el cine, y que en un concierto jamás ha estado tan cerca de cada requiebro de piel de Jagger.

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