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El saber y la suerte

el 16 ene 2010 / 22:28 h.

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 Van camino de cumplir el medio siglo de trayectoria artística, y ahí siguen, como el primer día. Currantes de la letra y la música, estrellas de pico y pala, cantores a destajo, las ingentes sumas que han ganado saltando de escenario en escenario no han cambiado su talante industrioso. Hace una década se hablaba de 1.500 millones, ¿cuántos serán ahora? Nadie sabe.

Con mucho menos otros se habrían prejubilado hace mucho. Pero Antonio Romero Monge y Rafael Ruiz Perdigones saben que tener la guitarra siempre fuera del estuche es una prueba de vida. Este martes, sin ir más lejos, verá la luz su nuevo disco, Mi gitana, que hace el número qué sabe nadie de su vasta discografía. En él hay, por lo visto y oído, un tributo a Lola Flores metido por el Delilah de Tom Jones y un trío con Montserrat Caballé, ahí es nada.
Tenían 14 años cuando ya cantaban -o "jugaban a cantar", como alguna vez han dicho en un rapto de humildad- en el cortijo El Guajiro, hasta que Pulpón se los llevó a Madrid. La mismísima Faraona los apadrinó, y ya se sabe que Lola rara vez apostaba a caballo perdedor. Haciendo lo que tantos otros, cantando sevillanas y animando fiestas privadas con derroches de gracia y tomaquetoma, fueron ganándose el favor de aquella jet de purpurina y laca que no le llegaba a Juan Talega a la suela de la alpargata.

Entre las muchas excentricidades que se consintieron por aquellos años figuran brindis con Diana Ross, cumpleaños de Kashoggui, bolos para Hussein de Jordania en el palacio de la Zarzuela y hasta audiencias con Juan Pablo II. Y entre audiencia y sorbo de moët & chandon, desde Dos Hermanas le vieron a Sevilla un color especial, empezaron a ganar una popularidad insospechada... Y llegó Macarena.
Nada más salir al mercado, en el verano de 1993, esta canción inspirada en una bailarina venezolana llamada Diana Patricia prendió como la gasolina en las discotecas de todo el mundo hispano. Era el premio de Los del Río a muchos años de trabajo abnegado y obstinado, uno de esos tréboles de cuatro hojas con los que sueña la industria en pleno.
Lo que no podían todavía sospechar los artistas nazarenos es que en el río de la farándula, al contrario que en el de Heráclito, sí es posible bañarse dos veces en el mismo éxito. Lo que siguió fue de locos: Clinton, el timonel del planeta, los escogió como banda sonora para su campaña electoral; Macarena se escuchó en la final de la Superbowl y en los juegos Olímpicos de Atlanta, y fue número uno en el Billbord estadounidense durante 14 semanas. En sus dominios no se ponía el sol, desde Australia a Suecia, de Irlanda a Nueva Zelanda. 60 millones de euros de beneficios, dijeron en su día. Hoy, nadie sabe.

La receta para no volverse loco, el ancla clavada en la realidad que les impidió salir volando ante tal borrachera de éxito, no parece ser otra que ésta: seguir apegado al terruño de uno, a la familia de uno y a los compadres de toda la vida. Y sobre todo, que no se le caigan a uno los anillos por ponerse cada mañana el mono de trabajo y la cejilla en su traste. Esponsorizados por La Güita -esa manzanilla que es como la hidromiel de las sagas de Islandia- y con una pequeña empresa propia, vuelven al ataque. Quienes dicen que una vez les tocó la lotería, son sólo aquellos que al saber le llaman suerte.

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