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El Salvador rebosó cinco años después

el 15 sep 2009 / 01:52 h.

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Casi sin solución de continuidad. Entró La Borriquita con sus niños nazarenos y, recién pasadas las nueve de la noche, volvían a abrirse las puertas de la Iglesia del Salvador para, en un plis plás, trocar la algarabía, la juventud y la estridencia armónica de las cornetas y tambores por el silencio más respetuoso e imponente de los hermanos, todos hombres, del Amor, que aún no lleva mujeres en sus filas.

Los capirotes del Amor se hacían de nuevo con la añorada rampa. Y lo hacían encendiendo los cirios al caer la tarde. Después de cinco años de exilio en La Anunciación, la cruz de guía que una horas antes desfilaba con pequeños nazarenos por la plaza se hacía grande.

El cortejo perfectamente formado salía, entre una bulla que tomó el templo de siempre de la hermandad, y que aguantó estoica hasta que pudo ver asomar y pisar la rampa al Crucificado del Amor, de Juan de Mesa, con sus tradicionales claveles rojo sangre entre los que asomaba el pelícano alimentando a sus hijos, proclamando el amor más generoso.

Todo ello ante el orgullo de la Junta de Gobierno que dirige Luis Torres, y a los sones de las tradicionales saetas cantadas con emoción a su paso, las primeras en el recuperado templo colegial. La hilera negra enlazó un momento, entre solemne y festivo, con los nervios previos a la salida de la Virgen del Socorro, con su paso cuajado de frecsias blancas, que conquistó a sus fieles abandonando su casa a los sones de Al Santísimo Cristo del Amor y Soleá dame la mano, interpretadas por la Banda de Música de María Santísima de la Victoria.

La hermandad, que fue la última en salir de la Catedral, sufrió un incidente en su regreso. El Crucificado estaba en Argote de Molina, ya de vuelta, apurando los últimos compases del Domingo de Ramos, cuando una ambulancia que procedía de la Plaza Virgen de los Reyes destrozó un cortejo hasta entonces perfectamente ordenado provocando algo insólito en la cofradía hasta ese momento: que los penitentes se echaran a un lado para dejarle paso. Minutos después, el rigor y la seriedad que caracterizan a esta hermandad aglutinó de nuevo a los nazarenos en un manto de ruán negro.

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