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El Salvador ya sueña marismas

2.000 romeros siguieron al último Simpecado de Sevilla que se puso en camino

el 20 may 2010 / 11:01 h.

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Era una mañana de resaca llena de imágenes que afloraban en el recuerdo de los sevillanos. Por las calles todavía quedaba la estela de las tres hermandades que hicieron su salida hacia la aldea en la mañana del miércoles, un poso rociero que se entremezclaba con los vítores de los últimos sevillistas que con alguna copa de más -futbolísticamente hablando- regresaban a casa tras una noche de celebración. Era Sevilla, con su forma de ser, con sus contraluces. Una ciudad que aún guardaba en el corazón de sus calles la elegancia de la hermandad del Rocío de Sevilla que en la inmensidad del Salvador esperaba el toque de diana para ponerse camino a la aldea.

En la plaza, el orden que manaba del desorden regalaba una bella estampa enmarcada por decenas de caballistas y carretas de bueyes que se perdían entre el sol que bajaba por la Cuesta del Rosario. Lo que para muchos no era más que el espectáculo de la fiesta del color (no había más que ver a los turistas cámara en mano) para otros se convertía en la recuperación de una tradición histórica, la de hacer el camino junto a la hermandad de Sevilla. Era la estampa de una escalinata del Salvador donde una pareja de ancianos aguardaba la salida del Simpecado. Sus rostros, desgastados por el paso del tiempo, mostraban una inusual felicidad por que nacía un nuevo Rocío. Entre sus dedos colgaba una medalla vieja, de cordón verde y blanco gastado, la misma que sus manos de anciana ponían sobre el cuello de una joven muchacha. Era la hora de ceder el testigo.

Y así, sin rampa por la que resonaran pisadas infantiles, el Simpecado de Sevilla cruzaba el dintel del Salvador a los sones de la antigua banda de Soria 9 que interpretaba Amparito Roca, una pieza que es al pasodoble lo que Amarguras a la Semana Santa. Sus sones traían a la mente recuerdos de otros años, esos en los que el Cardenal Amigo presidía una misa de romeros que este año quedó huérfana de arzobispo, porque monseñor Asenjo ni estaba ni se le esperaba por allí.

La carreta de plata -exornada con unas singulares rosas en tono naranja- ya tenía su Simpecado, tocaba comenzar el camino. Entre la belleza del romántico recorrido de salida del Salvador, la carreta iba andando con la dificultad que imprime que toda Sevilla estuviera en la calle regalando vivas a la Madre de Dios. Los primeros rezos salieron del corazón de Ricardo Laguillo, el hermano mayor de la hermandad que este año se estrenaba en el cargo. Su voz ronca y entrecortada reconocía "la suerte" que tenía por caminar delante del Simpecado. "He sido seis años alcalde de carreta pero esta sensación es muy diferente. Voy disfrutando de un camino que sé que me va a sorprender cada día". Sus palabras se mezclaban con la de los boyeros que insistían en que los romeros caminasen para dejar sitio al Simpecado.

Había que llegar al Ayuntamiento para tributar el adiós oficial a la ciudad. En la puerta del Consistorio esperaba una representación de la corporación municipal, eso sí, menos numerosa que otros años. Sin el alcalde, fue el portavoz del grupo socialista, Alberto Moriña, el que subió a una escalera para colocar el ramo a los pies del Simpecado. Entre los cantos del que quizás sea el coro con más duende de la Sevilla rociera, la carreta se perdía entre las murallas del Alcázar tras la visita de cortesía a la Diputación. Se fue el Salvador y con ella la última salida hacia la aldea de una ciudad que ya sueña con el gozo de la Virgen del Rocío.

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