Cultura

'El sentido de la pérdida siempre está presente en los andaluces'

'Las mil y una historias de Pericón de Cádiz' que Ortiz Nuevo grabó y transcribió en los años 70, un clásico de la literatura flamenca felizmente reeditado

el 15 sep 2009 / 21:07 h.

-¿Fue Pericón algo así como un precursor del realismo mágico?

-No soy un experto, pero con el tiempo he descubierto que hay en Pericón, como arquetipo de literatura gaditánica, una técnica y un método. El punto de partida de sus relatos es la fatiga y de hambre. Desde ahí va planteando una situación penosa, en la que va introduciendo elementos de distracción que conducen al surrealismo más disparatado. Ahí se resuelve todo en una llamada al caos, a la fantasía más despierta e inverosímil. Creo que esa técnica tiene su maestro en un gitano que Pericón veneraba, el ilustre Ignacio Espeleta.

-Aquel al que Lorca preguntó en qué trabajaba, y respondió: "Mire usted, yo soy de Cádiz".

-Sí. Por lo visto, le gustaba mucho hablar de enfermedades, y una vez contó que le había nacido un niño mudo. Hasta que una vez lo llevó, con cuatro o cinco años, al mercado, y el niño señaló a un puesto y habló para decir: 'papá, yo quiero moniato'. La única forma de resolver esa realidad dolorosa era el disparate.

-¿Tuvo que retocar mucho los testimonios de Pericón?

-Pericón era un narrador espléndido, y los textos están transcritos tal cual. Lo único que yo quería era conservar esa naturalidad, que fuera un castellano ni de Burgos ni de un andaluz exagerado. Hay frases brillantísimas, como aquella de "Nadie en Cádiz podía imaginar que yo era el chulo del pulpo", o aquella tan shakespeariana, cuando todos los flamencos están desmayados y los llama un señorito para actuar, pero están tan desesperados que no toman nota de nada, y Capinetti acaba diciendo: "Pararse ahí, que no sé ni adónde vamos ni quién nos ha llamado".

-¿Sería posible hoy un libro como éste?

-La fuerza de Cádiz, afortunadamente, sigue viva. Hay cosas, como las fatigas de la época, que por fortuna no prevalecen...

-No es lo único que se ha perdido, en Cádiz y en Andalucía.

-Ahora estoy investigando en la prensa de La Habana, en los teatros de primera mitad de siglo XIX, y encontré un poema de 1846 donde ya hay una queja de que el barrio de la Viña no es lo que era: las gitanas visten como francesas, las calles no están tan sucias... Ese sentido de lo perdido está siempre presente en los andaluces.

-¿Y la gracia, el ángel de los flamencos, perdura?

-En Málaga, recientemente, he conocido a mucha gente interesante en ese sentido. El maestro Carrete, por ejemplo, un bailaor que no sabe ni la edad que tiene, da desde luego para un libro.

-Las primeras ediciones de Las mil y una historias dieron para un monólogo teatral que usted interpretó. ¿Es esta nueva edición un buen pretexto para volver a las tablas?

-Hace años que no lo hago, pero lo tengo en repertorio y me apetece mucho. También me gustaría, para el año próximo, montar un monólogo con los cinco personajes de los que he hecho libro: Pepe de la Matrona, Pericón, Borrico de Jerez, Enrique el Cojo y Tía Añica la Piriñaca, ambientada en la casa de vecinos donde vivía Enrique el Cojo de chico, un antiguo convento cerca de la calle Feria. Usaría ese relato como punto de partida, me gustaría mucho.

-¿Se ha sentido alguna vez poseído por esos personajes? Alguna vez le he visto en ruedas de prensa y me parecía por momentos oír al propio Pericón.

-Si ésa es su impresión, no tengo más que confirmarla. Hubo primero un proceso de fascinación, descubrí a los personajes, viví con ellos, me fui a actuaciones, me embarqué en giras... Hubo una ósmosis, me dejé penetrar por esas historias, esas situaciones que ellos viven y que en un momento me atrapan. Me siento deudor de toda esa información y de toda esa capacidad de supervivencia. Son personajes intensos, cada cual con un recurso distinto para sostenerse. Y Pericón era el más luminoso, el más literario.

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