El silencio cómplice

La mayoría de las víctimas mortales por violencia de género no habían denunciado nunca a sus maltratadores. Esta lacra afecta a mujeres de todas las clases sociales y edades.

el 16 ago 2014 / 12:00 h.

Concentración en Nerja por el asesinato de Ana María Márquez. / Carlos Díaz (EFE) Concentración en Nerja por el asesinato de Ana María Márquez. / Carlos Díaz (EFE) Por Jaime Ruiz A. Sotomayor Ella no pertenecía a ese estrato social que llamamos bajo. Tampoco era una mujer sin estudios. No era una persona que dependiese económicamente de nadie ni respondía a ninguno de los perfiles que habitualmente imaginamos en las víctimas de violencia de género. Tampoco él cuadraba como asesino. Su poder adquisitivo es alto y su posición social no era un problema en su vida. Sin embargo, él decidió cruzar la línea que marcan todos esos mitos sobre la violencia machista, dejando al descubierto que, hoy más que nunca, este problema no entiende de clases ni de estereotipos. La reciente desaparición en Torrox de Ana María Márquez –directora del museo de historia de Nerja (Málaga) y experta en Patrimonio Cultural por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)– por decisión de su pareja, Francisco Martínez –empresario de hostelería–, ha supuesto la quinta víctima de este tipo en pocos días. Las tragedias tuvieron lugar en  Málaga capital, en Berja (Almería),  en Orihuela (Alicante) y la última, este jueves, en Móstoles (Madrid). Los hechos no hacen sino reafirmar la idea del efecto llamada que la publicidad de un suceso así puede provocar en aquellos que tienen en mente matar a una mujer, cobijándose en la acumulación de asesinatos para difuminar la trascendencia del que cada uno de ellos comete. En lo que va de año han sido asesinadas 36 mujeres a manos de un hombre. De seguir este ritmo, 2014 pasaría a ser –de los últimos 15– uno de los años con más mujeres asesinadas, superando ampliamente las 54 que hubo en 2013 y las 52 de 2012. Andalucía, en este sentido, tiene además el triste honor de ser casi siempre la comunidad autónoma en la que más mujeres mueren cada año víctimas de la violencia de género. El problema, en cualquier caso, no supone una cuestión meramente matemática, sino un drama social que se acentúa toda vez que se revela que la mayoría de las víctimas mortales no habían presentado denuncia alguna, como era el caso de Ana María Márquez. Las amenazas y el miedo obligan a las mujeres maltratadas a mantener su silencio y no denunciar a su agresor. / El Correo Las amenazas y el miedo obligan a las mujeres maltratadas a mantener su silencio y no denunciar a su agresor. / El Correo Durante el primer semestre del año, el Instituto Andaluz de la Mujer (IAM) ha recibido más de 4.000 llamadas –el 40 por ciento– relativas a la violencia de género. Muchas mujeres buscan información sobre su situación pero muy pocas acaban interponiendo una denuncia ante el agresor. A pesar de que existe un número gratuito para denunciar, el 016, que no deja rastro en la factura de teléfono. Las causas de su silencio –no sólo ante la Policía, sino también frente a familiares y amigos– son con frecuencia impuestas por el maltratador, que la amenaza y provoca en ellas el miedo al recrudecimiento de la relación. La coordinadora del IAM, Carolina Casanova, en la presentación de una campaña que anima a las mujeres a denunciar, afirmó que «tenemos que reaccionar redoblando los esfuerzos para erradicar esta plaga». Casanova añadió que «la sociedad en su conjunto tiene que hacer que las víctimas en todo momento sientan que no están solas, especialmente cuando decidan denunciar, y que los agresores sepan que tienen el rechazo social allí donde se encuentren». Por ello, la Junta de Andalucía anuncia un plan de detección precoz de la violencia de género. El objetivo es anticiparse y buscar signos externos que revelen una posible situación de maltrato, como son no relacionarse con nadie o acudir con frecuencia a centros de salud. Lo novedoso del plan será implicar directamente a la Policía para que una vez dispongan de los signos externos que cada víctima presenta puedan hacer un seguimiento especial de su situación y de la evolución de esos signos. El objetivo es que desde la primera intervención capten fuentes de prueba que permitan luego probar el delito. Esas pruebas podrían ser fotografías de enseres rotos que puedan ser aportadas al proceso, impidiendo que la única prueba en el juicio sea su declaración contra el maltratador. La violencia de género, ya sea desde el primer insulto hasta el asesinato pasando por los malos tratos continuados, obliga a una reflexión profunda. Se trata de un problema globalizado, como quedó recogido en la encuesta que publicó la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea a principios de año, la primera de este tipo a nivel continental. Una de cada tres mujeres europeas –el 31 por ciento– reconocía haber sido víctima de  violencia física alguna vez en sus vidas desde que tenían 15 años. El porcentaje aumenta hasta el 43 por ciento si se tiene en cuenta el maltrato psicológico. En España, una de cada cinco mujeres, el 20 por ciento, aseguraba haber sufrido la violencia de género. Igualmente, la sombra del maltrato no distingue de clases sociales, como demuestra el suceso de Torrox. Tampoco discrimina edades, pues la violencia contra las menores de edad registra unos valores muy parecidos a la ejercida contra las mujeres adultas.

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