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El silencio grita en el cementerio

"El cementerio no para de dar voces". Manuel lo sabe por experiencia. A los nueve años, jugando, se hundió en la arena del camposanto. Sus amigos lo sacaron, pero él se empecinó en saber qué frenó su caída. Buscó en la tierra. Encontró un cráneo horadado con un tiro de gracia. Allí había una fosa común. Foto: A. Acedo.

el 15 sep 2009 / 11:19 h.

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"El cementerio no para de dar voces". Manuel lo sabe por experiencia. A los nueve años, jugando, se hundió en la arena del camposanto. Sus amigos lo sacaron, pero él se empecinó en saber qué frenó su caída. Buscó en la tierra. Encontró un cráneo horadado con un tiro de gracia. Allí había una fosa común. San Fernando esconde todavía un mapa oculto hecho de dolor y silencio.

La decisión del juez de la Audien- cia Nacional Baltasar Garzón de reclamar al Ayuntamiento de Sevilla los datos de los muertos y desaparecidos de la Guerra Civil y la posguerra ha inundado de esperanza las vidas de los que llevan años, décadas, intentando dar un entierro digno a su gente. La clave para cubrir el desfase entre las víctimas documentadas en Sevilla (unas 890) y las que apuntan los investigadores independientes (casi 4.000) se encuentra en el cementerio de San Fernando. El Consistorio tiene localizadas allí cinco fosas comunes, pero los familiares de víctimas insisten en que existen más. Y en que las que hay carecen de la dignidad que merecen.

En esas fosas que Manuel Vargas descubrió de pequeño puede estar enterrado el abuelo de Fátima Gómez, de San Jerónimo, una mujer volcada en los movimientos vecinales y miembro de la comisión municipal de aplicación de la Ley de Memoria Histórica. Fátima tiene las calles del cementerio grabadas en el alma. "Por ahí se va a la fosa. Por ahí al muro de los fusilados...".

En 1984 comenzó a buscar a su abuelo, Juan Gómez Guerra, muerto a los 36 años, empleado de la Maestranza Aérea y al que se llevaron acusado de ser un dirigente de "extrema izquierda", de salir con partidas marxistas por las calles de San Juan de Aznalfarache. Ocho meses y 15 días después de ingresar en prisión fue ejecutado en San Fernando.

El historiador Juan Ortiz Villalba, autor del libro Del golpe militar a la guerra civil: Sevilla 1936, le dijo que en la ficha de su abuelo constaba que murió de dos disparos. "Esos hallazgos los hice mucho después de empezar a investigar. Como no había nada, nada lo dejé, pero la vida te empuja a ajustar cuentas. En el 97 nació mi hijo, que es el vivo retrato de mi abuelo, y me animé a buscar de nuevo", relata.

Fue entonces cuando comenzó su rosario de visitas al registro, a la cárcel, al Aljarafe -donde su familia tenía una casa-. En este tiempo ha encontrado el auto de procesamiento de su abuelo, un papel sin número de causa, en el que no se especifica el delito del que se le acusó. "Las cosas de la guerra, que se pierden las reglas", lamenta.

Sabe que el 14 de abril de 1937, a las seis de la mañana, lo mataron en San Fernando, pero no sabe en qué fosa se encuentra. Esa muerte llevó a su madre y a sus cuatro tíos al hospicio, donde "los aleccionaron para que creyesen que los rojos habían matado a su padre". En la familia hay cuatro desaparecidos más (Adelaida y su hijo, Serafina, Eloy), de los que nadie sabe. Por eso en su casa siempre ha habido recelo para investigar lo ocurrido. "Pero yo quiero saber y por eso exijo al Ayuntamiento que indague, y por eso agradezco al juez la posibilidad de recobrar la dignidad", afirma.

Fátima pasea por el cementerio junto a Manuel, que no tiene muertos de la guerra pero sí fantasmas de esos vecinos a los que vio morir de hambre. A sus 74 años es un testigo vivo de lo que tantos desconocemos. Su testimonio, de hecho, servirá de base a los documentos que la Asociación Andaluza Memoria Histórica y Justicia enviará en noviembre a Garzón.

Manuel, nacido en la calle Don Fadrique, tenía en San Fernando su jardín de juegos. Recuerda que un día se hundió en la tierra del cementerio y encontró un cráneo agujereado. Recuerda que los camiones cargados de detenidos pasaban cada noche ante su ventana, que vio fusilamientos en la muralla de la Macarena.

A mediados de los 40 acompañó a su padre cuando coló en el cementerio una cruz de hierro, oculta en una carretilla de obra. Con ella, con la cruz del Lolo, quedó marcada la fosa más reciente de cuantas se conocen, junto a la que el Ayuntamiento erigió un sencillo monolito y una placa con versos de Rafael Alberti. Allí donde aún no se ha levantado el muro con todos los nombres de los fusilados que el Consistorio prometió en 2002.

La zona, la mejor documentada como fosa, se encuentra rodeada de malas hierbas, descuidada, sucia y, además, se ha permitido que encima se construyan tumbas y hasta mausoleos. ¿Y si algún día se excava esa fosa? "Pues habrá más personas a las que molestar, se hará más daño, a más gente", resume apesadumbrado Manuel.

Y es que todos los recuerdos de las fosas están acallados, tapados en este cementerio. Al fondo, de pronto, aparece un inquietante llano elevado sobre el resto del terreno, del tamaño de un campo de fútbol, al que se accede por unas pequeñas escaleras. "Ese desnivel es de una fosa", afirma Manuel.

El solar, que hasta 1976 estuvo custodiado por un vigilante y que sólo tiene tumbas recientes, ha sido clave para los investigadores, que aún hoy encuentran entre los jaramagos restos de huesos humanos. "Aquí hay una capa de muertos, otra de cal, otra de muertos... Unos fusilados; otros, de la beneficencia", añade gráficamente Manuel.

En la entrada, en el cementerio de los protestantes, se mantiene el muro original, con los impactos de bala de los fusilados. Fátima se aproxima a la pared y mide: están a la altura de la cabeza y del corazón. Entre las tumbas, alguna suelta de ex combatientes republicanos muertos ya en la democracia. "Eso es lo que queremos -concluye la nieta de Juan-. Enterrar a los nuestros. Que descansen y descansar. Pero antes hay que pelear, y pelearemos ante Garzón. Contaremos lo que hay, todo lo que sabemos, para que Sevilla también sepa".

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