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El sindicalismo amenazado

Corren tiempos de tribulaciones que van a forzar trascendentales "mudanzas", el efecto contrario a las enseñanzas de Ignacio de Loyola. Las turbulencias financieras han derivado en esta crisis atroz y profunda, imprevisible en cuanto a su horizonte y temible por sus ya demostrados efectos sobre la destrucción de empelo y la estrangulación de la...

el 15 sep 2009 / 18:44 h.

Corren tiempos de tribulaciones que van a forzar trascendentales "mudanzas", el efecto contrario a las enseñanzas de Ignacio de Loyola. Las turbulencias financieras han derivado en esta crisis atroz y profunda, imprevisible en cuanto a su horizonte y temible por sus ya demostrados efectos sobre la destrucción de empelo y la estrangulación de la economía real. Es, por lo tanto, un tiempo de adaptación, del "be water my friend", que no va a dejar incólume a un sólo sector y por supuesto a ninguna institución.

El comisario europeo de Economía y Finanzas, Joaquín Almunia, reflexionaba el jueves pasado en el foro económico organizado por El Correo de Andalucía y patrocinado por Cajasol, sobre las necesarias reformas estructurales que habrán de acometer los estados -reformas laborales, de la función pública, de la agilización burocrática...- y abundaba en la oportunidad de hacer de la necesidad virtud y aprovechar este tiempo para enderezar los torcidos rumbos de muchas admistraciones, convertidas en una carrera de obstáculos para la creación de empleo. No faltó por cierto una alusión también sobre cómo las trabas que han llegado adheridas al Estado de las Autonomías.

Sirva el introito para llegar a la reflexión sobre el necesario debate que ha de producirse en torno al sindicalismo, que se antoja más necesario que nunca. En este trance, cuando algunos van a intentar coger todos los atajos posibles -despido libre, involución de derechos sociales y sindicales, alargamiento de la jornadfa laboral, etc- se precisa de una representación sindical a la altura de las circunstancias. Es imprescindible contar con sindicatos capaces de conectar con la nueva realidad social y económica de nuestro país y para ello requieren autoridad moral, conexión con los problemas reales que se encuentran hoy en los centros de trabajo y en el ámbito de la economía.

No se trata sólo de exhibir nutridos censos de afiliados, sino de buscar la conexión real con las nuevas necesidades de esos representados. Si el mundo está cayéndose ¿cómo no van a cambiar los sindicatos? Para ello necesitan recoger la información útil, diagnosticar con precisión y dotarse de la valentía y la decisión necesaria para revolucionar sus estructuras y métodos de acción. A los sindiciatos de clase, es decir las centrales sindicales históricas, CCOO y UGT, no puede escapárseles los riesgos que hay en el horizonte. Y tampoco pueden ignorar que, pese a sus esfuerzos por actualizarse, para los jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo los sindicatos son una figura antigua, alejada teóricamente de sus intereses, organizaciones que guardan más relación con sus padres y abuelos que con ellos mismos.

El derecho a la huelga es un hito conquistado tras años de lucha por las organizaciones sindicales, los partidos de izquierda y los trabajadores. Felizmente asentado en nuestro ordenamiento jurídico, debe ser preservado. Pero, como todo en la vida, su preservación depende de su correcta utilización. Estamos asistiendo a episodios reprobables que sólo sirven para horadar ese derecho. El último ejemplo lo hemos vivido en Sevilla esta semana cuando 200 de los 350 conductores de Tussam decidieron secundar una huelga encubierta para protestar -y cargar injustamente la responsabilidad a la empresa- por la trágica muerte de un compañero.

Dejaron a los sevillanos haciendo cola en las paradas de autobuses, negándoles sus propios derechos. Sólo tres semanas antes asistimos a una suerte de asambleas -juntas de jueces- que paralizaron la actividad en los juzgados para respaldar a otro compañero -el juez Tirado-; y el mismo viernes pasado el Ministerio de Justicia impidió in extremis una actuación similar de los secretarios judiciales. Son sólo algunos ejemplos de acciones, fraudulentas a todas luces, de colectivos que invocan derechos que no le pueden ser reconocidos cuando se ejercen de esa forma.

Si los sindicatos reconocidos por su trayectora y compromiso -singularmente UGT y COOO- no comienzan a combatir los abusos como los falsos casos de acoso laboral, el absentismo, o las bajas médicas injustificadas mal iremos. Si su voz no se alza en esas circunstancias terminarán por perder su legitimidad ante la sociedad, que es infinitamente peor que perderla ante sus afiliados y quedarán invalidados para defender los derechos de los trabajadores cuando realmente necesiten de su protección ante cualquier abuso.

Vemos cómo surgen extraños sindicatos que defienden el exclusivo interés de su oficio propio, desvirtuando el discurso sindical, actuando sin sentido colectivo y sin perspectiva. Pero no hay nada peor que la ideología de la cartera de cada uno frente a la denostada ideologización sindical. UGT y CCOO tienen que ponerse a reflexionar, manos a la obra y hacer las mudanzas necesarias en sus estructuras organizativas y funcionales. A todos nos va mucho en ello.

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