El sostén del campo andaluz

La quinta parte de las rentas de los agricultores y ganaderos andaluces procede de las arcas de Bruselas, con unos 1.700 euros por campaña pero, además, la Unión Europea absorbe tres de cada cuatro euros de sus exportaciones alimentarias.

el 23 may 2014 / 00:08 h.

En la casa de cualquier agricultor andaluz hablar de Europa es hacerlo, sobre todo, de ayudas agrarias. Si acudimos a su cooperativa agrícola o empresa agroalimentaria, hablar de Europa es hacerlo, además de subvenciones comunitarias, de mercados, los principales que tienen. Quizás no exista ninguna otra actividad económica regional que arrastre esta Europa tan metida en vena. No es para menos: grosso modo, la quinta parte de las rentas del campo proceden de las arcas de Bruselas, incluso con cultivos donde éstas pesan más que los ingresos obtenidos por las ventas de sus cosechas.

El aceite de oliva es la producción agroalimentaria andaluza que mayor volumen de ayudas recibe. / JOSÉ PEDROSA (EFE) El aceite de oliva es la producción agroalimentaria andaluza que mayor volumen de ayudas recibe. / JOSÉ PEDROSA (EFE)

¿Puede sobrevivir la agricultura andaluza sin esa financiación comunitaria? Como en todo, depende. En términos generales, no. Esta rotundidad, sin embargo, queda matizada al bajar a producciones concretas que carecen del paraguas común, entre ellas las frutas y hortalizas y, dentro de la ganadería, el porcino. Precisamente en Almería podrían responder sí, mientras que el no se pronunciaría en el resto de las provincias, más olivareras o cerealistas.

Ese parné está garantizado hasta al menos 2020, e incluso más allá porque la Política Agraria Común (PAC) es, al fin y al cabo, uno de los pilares mismos de la Unión Europea, y sin ella la alimentación o dispararía su precio, o quedaría a merced de países terceros, que siempre podrán cosechar con costes más bajos y vender con cotizaciones más baratas. Contestar a la pregunta de si estamos dispuestos a dejar nuestra despensa, el comer, a expensas de un mercado completamente globalizado es clave a la hora de justificar la existencia de la PAC. Porque si el bolsillo del agricultor y ganadero está subvencionado, subvencionado está, indirectamente, el del consumidor final. Sus detractores, en cambio, argumentan que las ayudas en naciones ricas obstaculizan el desarrollo agroganadero en las naciones pobres.

Antes de enfrentarnos a los números, dos cuestiones más afloran a la hora de abordar la PAC. La primera es si valen sólo las ayudas o también habría que regular los mercados para evitar la excesiva presión de las cadenas comerciales sobre el agricultor, y en ausencia ya de las antiguas compras públicas en régimen de intervención (se almacenaban cosechas para evitar que siguieran reduciéndose los precios) para frenar la caída de rentas del campo. Y la segunda es la polémica de si hay que limitar el dinero que llega a los grandes propietarios –aquí siempre sale a relucir la duquesa de Alba– para beneficiar a las explotaciones pequeñas y familiares. Para aquel dilema, Bruselas no ha dado su brazo a torcer; para este último, se ha aplicado la tijera, no con la suficiente intensidad como pedían las organizaciones agraria COAG y UPA, sí en opinión de la patronal Asaja.

Lo que sí se ha impuesto ha sido una reforzada protección del medio ambiente que convierte a los agricultores en guardianes del entorno natural y paisajístico, y este pintar en verde la PAC ha sido una de las fórmulas buscadas para justificar ante el conjunto de la sociedad comunitaria que existan fondos de los contribuyentes para el campo sobre todo desde que se instauró el denominado régimen de pago único, con el que gran parte de las subvenciones se percibe como derecho histórico, con independencia de cuánto se cosecha.

Al margen de los programas electorales de unos partidos u otros, el rosario de números anexo a esta información revela la verdadera trascendecia de Europa para la agricultura y la ganadería. En 2013 fueron 1.609,2 millones de euros los llegados a Andalucía directamente de Europa, más otros 88,93 millones de fondos al desarrollo rural –aquí entran desde las llamadas primas agroambientales, es decir, para técnicas agronómicas que respetan el entorno natural– hasta los programas de prejubilaciones o de incentivos a los jóvenes que deseen ser agricultores–.

1.700 millones de euros, en términos redondos. ¿Son muchos o pocos? Vayamos al valor final de la producción agraria andaluza, es decir, valor a precio de mercado de todos los cultivos y ganaderías durante el año pasado: 9.427,59 millones: las ayudas representan un 18 por ciento (casi una quinta parte), si bien incluyendo una parte mínima de cofinanciación por parte de las administraciones central y autonómica.

De esos 1.609 millones, 1.397 millones corresponden al pago único, esto es, se cobran sí o sí, y el resto corresponde a las ayudas bautizadas en el argot agronómico como acopladas, que están reservadas a determinadas producciones como el algodón o el vacuno. Pero aquel porcentaje promedio del 18 por ciento se eleva a más del 60 por ciento en algunos cultivos, entre ellos el arroz.

Pilar 1, las ayudas directas. Pilar 2, las destinadas al desarrollo rural. Es la estructura de la PAC, que tras la última reforma, pactada el pasado enero, tendrá variaciones en las cuantías para el nuevo marco financiero de la UE: 2014-2020. Como resultado, Andalucía «pierde 258 millones para

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el desarrollo rural y hasta 290 millones en ayudas acopladas», según los cálculos de la Consejería de Agricultura y Pesca negados por el Ministerio del ramo.

Pero Europa es más que ayudas: mercados, en número de 28 países. Y sus números cantan: del volumen de exportaciones agroalimentarias andaluzas contabilizado el año pasado, 7.412,760 millones de euros, el 77,68 por ciento tuvo como destino la amplia Unión Europea. Tres de cada cuatro euros.

¿Es importante el día 25 para los andaluces? Un rotundo sí.

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