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El sueño de Obama

El atolondrado tráfico de Sevilla presenta síntomas navideños en la circulación por Los Arcos. El cortejo de automóviles favorece al taxímetro en una mañana impetuosamente otoñal. El retrovisor permite observar la cara de funeral del conductor, que de un momento a otro soltará su cantinela contra el alcalde.

el 15 sep 2009 / 17:56 h.

El atolondrado tráfico de Sevilla presenta síntomas navideños en la circulación por Los Arcos. El cortejo de automóviles favorece al taxímetro en una mañana impetuosamente otoñal. El retrovisor permite observar la cara de funeral del conductor, que de un momento a otro soltará su cantinela contra el alcalde.

De cuando en cuando, mira con el rabillo del ojo al ocupante, busca el momento de iniciar un discurso con soluciones absolutamente contrarias a las ofrecidas por el taxista de la jornada anterior. Hay excepciones, claro que sí; puede que sean mayoría, aunque pocos como ese gondolero que afirma que a turistas y foráneos debe dárseles buena imagen de la ciudad porque son quienes la divulgan por el mundo. Parece que el de ayer está en otra onda, se intuye en la forma de apretar el volante y en la incapacidad de sonreír a una joven que se coloca a la altura del taxi y le presenta una cara parecida a la de Sarita Montiel, la musa de su época juvenil.

La suya sigue avinagrada, ni siquiera la modifica cuando otro conductor realiza una maniobra para demostrar que una cosa es saberse el código de circulación de memoria y otra diferente conducir bien. El silencio sigue siendo interesante. El viajero no tiene ganas de escuchar más comentarios acerca de ese libro sobre la reina en el que Pilar Urbano la lleva a decir lo que ella piensa, que es la lógica pretensión de la periodista.

No es ninguna excusa para la metedura de gamba y langostino de la dama, pero no está dispuesto a soportar tantas vueltas de la calesita, ni tampoco sobre la catastrófica jornada liguera de los clubes de Sevilla. El cuerpo le pide novedades, una fiesta o alegría, y está convencido de que el taxista sólo puede embarcarle en una discusión. Lo prefiere calladito, discreto e indiferente con el atolondramiento del tráfico. Rara vez la suerte es tan completa.

En el instante de cobrar la carrera, abre la boca: "Sabe lo qué le digo, que voy a echar una cabezadita porque estuve toda la noche en vela disfrutando la victoria de Obama". El viajero sonríe y contesta que también goza compartiendo ese gran sueño general.

Periodista

daditrevi@hotmail.com

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