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El suplicio interminable, así en la Liga como en Europa

LA CONTRACRÓNICA. No hay manera de que el bético se lleve una alegría para el cuerpo. Cuando no es su equipo, que es la mayoría de las veces, es un árbitro belga. Continúa el calvario...

el 21 feb 2014 / 01:08 h.

Betis - Rubin Kazan. / Julio Muñoz Lolo Reyes y Eremenko luchan por el balón / Julio Muñoz (EFE) Que no, que no hay manera. Da igual que el adversario sea de la Liga española o de la rusa. Da igual que se llame Osasuna, Almería, Rayo Vallecano, Levante, Granada... o que se llame Rubin Kazan. Da igual que el árbitro responda ante Sánchez Arminio o que venga de Bélgica y atienda al nombre de Serge Gumienny. Da absolutamente igual. Sea quien sea el enemigo, sea quien sea el colegiado, sean cuales sean las circunstancias del partido, no hay manera de que el Betis dé una alegría a sus aficionados. Es imposible, o al menos lo parece esta temporada, que los béticos regresen algún día del Villamarín o apaguen la televisión en su casa sin un disgusto en el cuerpo, sin otro mal resultado que aceptar, sin una crítica que hacer a quienes defienden sus colores, sin saber qué deben hacer para que se termine ya este suplicio. Sin entender nada, vamos. Ni en la Liga ni en Europa, da igual. Dicho lo cual, hay que señalar las dos razones que impiden hablar de un derbi casi garantizado en los octavos de final de esta Liga Europa. La primera, por orden cronológico, es el propio Betis. Al revés que en toda la campaña, esta vez fue él quien marcó primero y pronto. Que anotase Dídac y que un ruso se autoexpulsase en dos minutos sólo significaba una cosa: todo es posible si de fútbol y Betis se trata. Dominó a su adversario, a su mediocrísimo adversario, a ritmo de verano porque para ellos lo es, y dio la impresión de que la simple inercia del juego derivaría en una goleada cómoda y esperanzadora. Pero con este equipo no hay inercia que valga. Oda un paso al frente o no consigue nada. Yel Betis, en vez de dar ese paso, se regocijó en un juego lento, horizontal, sin ambición. Aun así, Calderón y los suyos deberían haber viajado a Kazán con ventaja, por mínima que fuese. Y entonces surgió la segunda razón, el tal Gumienny. Está demostrado: los árbitros no son malos sólo en España. A dos palmos de Lolo Reyes, con un asistente en línea con la jugada, el belga se inventó un penalti digno de una nevera, o como se diga en la UEFA. El Betis pecó, sí, y también debió haber ganado. Pero que no, que no hay manera de que evite el palo al que lo condenan su ineptitud y otras circunstancias ajenas cada vez que juega.

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