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El taller mágico de la calle San Vicente

Un aire mágico y extraño, pero entrañable, flota por el 18 de la calle San Vicente. Un viejo taller de encuadernación en horas bajas... y algo más.

el 23 ago 2011 / 18:31 h.

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Josefina Cabeza, la nueva dueña de Encuadernaciones Valverde por jubilación de Enrique, su marido (allí presente de todas formas, pero ya sólo por amor) tiene el extraño don de hablar sólo de lo que le dicta el corazón, con el feliz resultado de que lo que podría haber acabado siendo una aburrida entrevista más sobre cómo va un viejo negocio (que siempre van mal, como Dios manda y es su obligación) se transforma inesperadamente, deliciosamente, en un estallido de confidencias estrambóticas sobre milagros, personas, sentimientos, diarios, recuerdos, cualidades adivinatorias...

Es un talento bizarro que ella rebosa, y al que se entrega a falta de otras tareas que acometer en un taller que nunca se sabe la sorpresa que dará por la mañana, al abrirlo: si se les caerá un peñasco sobre la cabeza, cortesía de unas obras inacabadas que datan de 2003; si llegará alguien por fin que les encargue algo, al menos para que vuelva a oler allí a papel y a cuero; o si habrá que seguir recortando gastos. En resumen, que el juego de cada día es el piedra, papel, tijera, sin visos de mejorar.

Enrique se pone a señalar cosas del cuartillo recibidor, algo que parece un diploma o un título, y alguna foto; incluso cuenta que su abuelo tenía el taller en la Siete Revueltas y su padre en el Pozo Santo primero y luego en Francos, para trasladarse él a San Vicente en 1970, pero no lleva ni un minuto cuando decide irse a por el coche, entregando la conversación a su señora, que es la pura bondad y la todavía más pura ilusión.

Ella aprovecha que la charla se ha quedado cuadrada en el tema de la economía para bisbisear que ahora, por lo menos, el pan no tiene que pagarlo. Cada día se lo regalan las monjas, de resultas de una especie de milagro (que no acierta a contar del todo, pero que tiene escrito a mano en un cuaderno). Es la misma letra entre tierna y fantasmal que colma las paredes del zaguán, trazando formas caprichosas alrededor de dibujos y muñecarros que pintan tanto ella como otras personas de las que nada cuenta. Se produce allí un trance, una formidable sensación de estar viviendo algo genuino de lo cual se puede salir bien o mal parado (no acierta el occidental medio a mantener la calma cuando lo sacan de la rutina), y que resulta ser una experiencia agradable y dulce entre desconocidos que juegan a no serlo del todo.

El hijo es quien lleva ahora el taller de encuadernación, y quien carga con la realidad de que aquello, como había dicho hacía rato su padre, "da para vivir medio malamente". Por lo visto, cuentan ellos, llegó a ser un negocio la mar de agradecido y rumboso, con diez empleados y encima la madre cosiendo para Peyré. Pero las cosas ya no son para nada como en la época de la calle Francos, cuando la gente mandaba a encuadernar igual que mandaba a por pan y había dos o tres artesanos potentes que competían por el negocio de las tesinas, los libros de contabilidad, los fascículos, las obras familiares, las cajas, las tapas de los burós, los trabajos de investigación, los poemarios...

"Tome usted una tarjeta", ofrece Josefina, mostrando una cajilla repleta de cartoncitos coloreados por ella. De la elección que se haga extrae esta bendita mujer algo bonito que predecir o que descubrir en el extraño que tiene delante. Delante de ella ha dispuesto varios cuadernos; son libros de visita en los que invita a poner algo a todos cuantos pasan por allí: una frase, un panegírico, un dibujito, lo que sea. Son los tesoros de Josefina, que conservará mientras se lo permita este extraño y voraz juego del piedra, papel, tijera que tiene a Sevilla y al mundo hechos unos zorros. Mientras tanto, todo allí, desde los desconchones hasta esa especie de amable belleza que parece locura, cobra sentido.

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