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El Tamarguillo anegó Sevilla

Pasado medio siglo, un catedrático de Geografía desvela que la catástrofe natural fue seis veces mayor: no se arriaron 552 hectáreas, sino 3.400.

el 26 nov 2011 / 22:50 h.

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Imagen de la Puerta de Jerez inundada. Foto: Archivo Fernando Gelán

Hacía días que llovía intensamente cuando el arroyo Tamarguillo se desbordó. La tarde del 25 de noviembre de 1961 el agua abrió una brecha de 50 metros en el muro de defensa que lo contenía y una tromba arrasó las humildes viviendas de la barriada La Corza, muchas de ellas simples chozas, y luego Los Carteros, Amate, Pino Montano... el agua llegó a los tres metros de altura, anegando casas enteras y dejando en la calle a miles de personas.

Horas después, una ola suave inundaba el Centro de Sevilla: la Campana, el Duque y la Alameda alcanzaron el medio metro de agua. Durante días los sevillanos se movieron en barca, incluidas las de la Plaza de España. Las autoridades dijeron que 552 hectáreas habían resultado afectadas por la riada, de las mayores de la historia de Sevilla. Se equivocaron. Al cumplirse medio siglo de las inundaciones del Tamarguillo, un estudio dirigido por el catedrático de Geografía Física Fernando Díaz del Olmo que va a publicar la Universidad de Sevilla revela que en realidad fueron 3.400 hectáreas. Seis veces la cifra oficial.

Los testigos cuentan que la ola de agua que vieron llegar a las primeras barriadas inundadas arrastraban muebles, colchones y hasta animales. Los testimonios de esta catástrofe natural pueden verse ahora en el Archivo de la Experiencia, una iniciativa de la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones y Sociedad de la Información que reúne vídeos con recuerdos de momentos históricos. En uno de ellos, Ana Pérez López cuenta que por culpa de la riada se pasó ocho días aislada en su casa, "de sábado a sábado", con la luz y el teléfono cortados. A una vecina que se puso de parto hubo que sacarla en helicóptero.

Cuentan los testigos que si no murió nadie fue porque el arroyo se desbordó de día, sobre las cuatro de la tarde. "Y además se estaba viendo venir", confirma José Domínguez León, que ha recopilado testimonios de aquellos días para un capítulo del libro que en breve editará la Hispalense, con entrevistas a sevillanos de entre cincuenta y pocos años, "que entonces eran unos niños", y los que rondan los 90 años.

"Hacía días que los periódicos hablaban de lluvias torrenciales, y el caudal del río era tan alto que los vecinos se aprestaron a levantar pequeños tabiques, lo que muestra la gravedad de lo que estaba sucediendo; tabiques con los que luego no consiguieron evitar nada, claro", explica Domínguez León, profesor de Historia Contemporánea de la UNED.

El testimonio de Ana Pérez también lo corrobora: "El alcalde decía que estaba todo controlado, pero la gente llevaba días subiendo las cosas a lo alto de los roperos", explica en su grabación.

El catedrático Díaz del Olmo, que comenzó a interesarse por el desbordamiento del Tamarguillo hace una década, cuenta que lo que ocurrió es que la lluvia había descargado más de 330 litros por metro cuadrado y la velocidad del caudal, que no desaguaba porque las canalizaciones se saturaron, llevó a la rotura de la presa. Fue en una curva del arroyo, a medio camino ente lo que hoy son el pabellón de deportes de San Pablo y Los Arcos.

"En La Corza y barrios cercanos el agua llegó a los dos metros de altura por el sitio más bajo en pocas horas, y luego siguió hacia la Macarena y Luis Montoto, entonces llamada calle Oriente, y San Bernardo". Ya cerca de la medianoche se anegaba el Casco Antiguo, explica Díaz del Olmo, que tiene un vívido recuerdo de que a él mismo, que vivía en la calle San Eloy y tenía cinco años, lo llevaron en barca a casa de sus abuelos, en la calle Marco Sancho, junto a la Alameda. "Al llegar al zaguán, para poder atravesar la cancela los hombres que iban en la barca tuvieron que agacharse, porque el agua llegaba casi al techo, tenía tres metros de altura". La plaza del Duque alcanzaba el medio metro de agua.

Con el paso de los días la situación en el casco antiguo se fue resolviendo, pero el área más cercana a la rotura de la presa tuvo a vecinos encerrados en sus casas hasta una semana. En el Archivo de la Experiencia, Rosa Arroyo, que vivía en San José Obrero, cuenta cómo no localizó a su bebé de siete meses hasta varias horas después de la inundación. Y explica cómo a su marido, al que le cogió fuera porque era maquinista de Renfe, lo llevaron a su casa en barca unos monjes capuchinos tres días después.

La riada no se cobró víctimas mortales directas, pero sí indirectas: fallecieron ahogados dos niños que se cayeron de una barca y una mujer al sufrir un infarto en Luis Montoto, al parecer de la impresión. "Se habla también de un electricista que se electrocutó porque estaba trabajando cuando llegó el agua", explica Díaz del Olmo. Lo peor estaba por llegar: un mes después, una veintena de personas moriría en las afueras de la ciudad al estrellarse la avioneta que acompañaba a una caravana de ayuda humanitaria llegada desde Madrid gracias a la Operación Clavel.

Mucha gente dejó su casa con lo puesto y miles no pudieron volver más. Las familias lo perdieron todo. "Recuerdo una casa de vecinos en la calle Santo Rey, en la Buhaira, que tenía tres escalones para bajar desde la calle. Cuando entró el agua se lo llevó todo por delante, porque además era fango que arrastraba todos los detritus", explica Domínguez León, que inició su investigación hace dos décadas y sumó a sus datos los recogidos en las tesis de sus alumnos Guillermo Velázquez Giménez de Cisneros y Manuel Floriano Domínguez.

La radio comenzó a pedir voluntarios para ayudar a los damnificados y en unos días comenzó a llegar ayuda de fuera de la ciudad. Díaz del Olmo destaca la procedente de las bases americanas de Morón y Rota, cuyos aviones sobrevolaron las casas lanzando alimentos; en fotos de la época puede verse que también lo hicieron helicópteros de la Marina. Y se sucedieron las anécdotas, como que las barcas de recreo de la Plaza de España y las embarcaciones del Club Náutico fueron usadas para trasladar a las personas. La gente apenas salía de las casas, porque sólo podían trasladarse en esas barcas, y los colegios suspendieron las clases.

El ministro Pedro Gual Villalbí llegó a los pocos días para supervisar los esfuerzos del Ejército a reconducir la situación, que fueron "titánicos", porque las compañías trabajaron "día y noche sin interrupción" durante tres días, hasta tapar la brecha de 50 metros con sacos de arena, y luego para desatascar el alcantarillado y que el agua bajara, cuenta Díaz del Olmo.

Ya entonces se dio la cifra de 552 hectáreas afectadas, pero el profesor, trasladando a planos la zona inundada que se ve en fotos de la época y la que describen las crónicas, ha calculado que fueron 3.400 hectáreas. "No creo que quisieran reducir la superficie de la riada por no alarmar; la trascendencia era evidente, eran barrios enteros. Sería más bien un problema de medición".

Gual Villalbí anunció la llegada de una "ayuda ilimitada" que luego no lo sería tanto, porque hay víctimas que recuerdan que, al margen de los alimentos, apenas les entregaron "un colchón muy malo y unas mantas", según el profesor de Historia que ha aunado estos testimonios.

La situación se solventó con un cambio urbanístico: el muro se reconstruyó y el Tamarguillo se recondujo por un nuevo cauce. En 1962 se repitieron las lluvias torrenciales y el arroyo llegó a 150 m3 por segundo [la riada de 1961 se produjo con 130 m3] y no ocurrió nada. Hoy la situación es muy distinta, según Díaz del Olmo: se deriva agua al regadío, hay tanques de tormentas y la cuenca se controla mucho. ¿El último susto? "En 1996, con 4.000 m3 por segundo, faltaron cinco minutos para una catástrofe tremenda", mantiene con humor el catedrático.

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