lunes, 10 diciembre 2018
21:46
, última actualización
Local

El toreo hecho maravilla

Manzanares cortó cuatro orejas, abrió la Puerta del Píncipe y llenó la plaza hasta los topes en una nueva tarde para la historia.

el 20 abr 2012 / 18:00 h.

Jorge Molina maneja ofertas de Rusia.

Se vencía la tarde por los primeros alcores del Aljarafe y una multitud arropaba a un hombre vestido de luces camino de la gloria. Manzanares había vuelto a sumar una nueva Puerta del Príncipe alumbrando luz donde sólo había tinieblas. Cambiando la bravura por la razón. Mostrando que no puede haber arte sin la ciencia que le sirvió para cuajar una nueva tarde histórica que algún día contaremos a los nuestros, como una antigua batallita. Fue llegar él y llenarse la plaza, renacer la Fiesta plena.

Llegó, vio y venció. Y lo hizo apoyado sobre la razón como apoyo básico del toreo. De la entrega, se pasó al análisis y de ahí al arte excelso que ya se derramó en esas dos verónicas y el par de chicuelinas que dieron comienzo al sueño. Hubo una lenta y preciosista escenificación de la lidia de este toro, que también mostró su calidad en los delantales que le enjaretó Talavante en su turno.

En ese momento comenzó el recital paralelo de la cuadrilla de Manzanares. Curro Javier se lo jugó todo en un arriesgadísimo par por los adentros en el que dio todas las ventajas al toro.

La primera serie, casi de tanteo, surgió en unos naturales de leve tersura que querían medir y administrar las fuerzas y la bondad de un toro que estaba destinado a ser el mejor colaborador del arte de Manzanares, que no podría haber firmado su gran obra sin el apoyo técnico, un auténtico tratado del oficio de torear, con el que afrontó todas las fases de un trasteo de intensidad creciente que hiló unas series con otras con bellísimos cambios de mano, un trincherazo sutil o enormes pases de pecho que se convirtieron en nexos de las estrofas del soneto manzanarista

Manzanares tomó de nuevo la muleta con la mano izquierda mientras el personal se enardecía sabiendo que estaban viendo, de nuevo, algo histórico. Una nueva serie diestra plena de intensidad  -auténtica cumbre del trasteo- sirvió para poner a toda la parroquia de pie mientras Manzanares liberaba la tensión con un exquisito molinete. La estocada, en la suerte de recibir, ponía en sus manos dos orejas indiscutibles que le abrían la primera hoja de la Puerta del Príncipe.

El quinto, aunque recortado, fue un precioso toro marcado con el hierro de Toros de Cortés que no podía fallar. Trabó al caballo y derribó a Barroso  pero la calma llegó en la magistral lidia de ese torerazo que se llama Curro Javier. Trujillo y Blázquez lo cuajaron con los palos mientras sonaba la música de Tejera. Todo estaba preparado para una nueva lección, para otro faenón que Curro Javier anunció llevándose el toro a una mano hasta el burladero del cuatro preparándole el terreno a su matador.

Manzanares se reconcilió con Ramón Vila en un brindis en el que el cirujano pudo darle ese abrazo que le había prometido en su ausencia de la entrega de los trofeos de los médicos. De nuevo, tapando más de una boca, volvió a iniciar el trasteo con la mano izquierda imponiendo un electrizante clima de calma y silencio que sólo fue roto por los gritos de algún patoso. Pero el toro, que tenía calidad, tampoco estaba sobrado de fuerzas y apuntaba algunas gotitas de mansedumbre que había que corregir.

Manzanares volvió a administrarlo en todos los parámetros dictando una nueva lección de técnica que no se puede separar del sentido de la belleza de este grandioso artista que ayer anunció nuevos registros que volvieron a elevar su techo. Los cambios de mano, los remates plenos de imaginación y la tersura templada del toreo fundamental volvieron a enloquecer los abarrotados tendidos de la plaza de la Maestranza que a esas alturas ya no tenían ninguna duda: había que sacarlo por la Puerta del Príncipe, especialmente después de subirse a la Giralda con una sensacional serie al natural que conviertió en tótem.

El toro estaba agotado pero quiso forzar la estocada en la suerte de recibir que cayó a la primera. Caían dos nuevas orejas y se abría la puerta de la gloria que el alicantino, quiso compartir con esa ejemplar cuadrilla que saludó junto a su matador desde los medios. Otro trofeo se llevaría el diestro extremeño Alejandro Talavante gracias a una templada y entonada faena cuajada sobre la mano derecha en la que pesó como una losa la cumbre vivida en el toro anterior. Volvió a brillar con el sexto, otro toro de buenas intenciones al que no le sobraban las fuerzas con el que se empleó en un largo trasteo que podría haber puesto en sus manos otra oreja si la espada hubiera entrado al primer viaje.

Pero la tarde se había iniciado con la impresionante ovación que le dedicó el público sevillano al diestro Juan José Padilla en su vuelta a la plaza de la Maestranza después de su gravísimo percance del pasado mes de octubre en Zaragoza.

Padilla, que se mostró sobrio y clásico, destacó en el manejo del capote y, sobre todo, en dos grandes tercios de banderillas en los que supo lucir mucho a sus toros. Pudo templarse a media altura toreando al tercero aunque apenas tuvo enemigo con el sexto, que se aplomó por completo.

  • 1