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El tramo de la memoria

Decía mi recordado amigo Alberto Ribelot que la Semana Santa se sueña más que se vive. Y sin duda, tenía razón, pues es verdad que vivimos intensamente una semana para poder soñar el resto del año.

el 15 sep 2009 / 01:14 h.

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Decía mi recordado amigo Alberto Ribelot que la Semana Santa se sueña más que se vive. Y sin duda, tenía razón, pues es verdad que vivimos intensamente una semana para poder soñar el resto del año. Quiero dejar claro, para evitar equívocos, que cuando hago esta afirmación distingo la Semana Santa de la vida cotidiana de las hermandades, pues éstas son, sin duda, las protagonistas esenciales de la primera, pero ni mucho menos las únicas.

Cuando pienso en aquella sentencia de mi llorado amigo caigo de inmediato en la cuenta de que la misma, mas allá de encerrar un tópico, revela una hermosa realidad. La vivencia intensa de cada Semana Santa va dejando en nosotros un poso de situaciones, de emociones, de sensaciones únicas que, con el paso de los años, van modelando, sobre el tierno barro de los recuerdos, una idea genuina, propia de ese hermoso sueño llamado Semana Santa.

Los recuerdos de aquellas primeras salidas con esa túnica heredada de un pariente; la incipiente juventud, cuando, sin la tutela de nuestros padres, nos lanzábamos, programa en mano, a redescubrir la Semana Santa y, con ella, la ciudad; o aquellos otros momentos, fugaces por irrepetibles, que dejaron una huella indeleble en nosotros, como la primera Madrugá vivida, o aquella salida inverosímil de un paso de misterio que ya no existe ante una casa que también es ya un trozo de la historia, son los ingredientes de esa idea propia que cada sevillano tiene de la Semana Santa, común y a un mismo tiempo distinta. Una idea alimentada también con la literatura cofrade, clásicos releídos tantas veces, con la contemplación ensimismada de aquellas preciosas fotografías en blanco y negro, casi mágicas, de Arenas, Serrano o Sánchez del Pando, o de las viejas películas que mostraban una Semana Santa y una Sevilla ya en el recuerdo y que a muchos nos hubiese gustado conocer.

Quizás, por todo eso, nos cueste tanto asimilar algunos cambios que en los últimos años parecen amenazar con romper en pedazos ese sueño, frágil tramo de la memoria. Un sueño que, así que pasen once días, será nuevamente una hermosa realidad.

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