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El turismo se asoma a la Feria en sus últimos coletazos

Se notó un bajón de visitantes en el Real al comienzo del fin de semana, aunque se vivió un lleno en las casetas de distrito y en la Calle del Infierno.

el 24 abr 2010 / 18:57 h.

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Será la nube de ceniza del volcán, la crisis económica, el mal tiempo o vaya usted a saber, pero el fin de semana comenzó ayer en el Real echando de menos la entrañable imagen de un guiri en cada esquina intentando entender el plano de la Feria.

Que los hubo, pero había hasta que buscarlos. Para compensar, los que estaban no se saltaban ni un paso del protocolo de quien visita la Feria por primera vez: revisar el plano muchas veces desplegándolo por completo delante del rótulo de una calle, hacerse una foto bajo la portada, quedarse parado en medio de una calle hasta casi ser arrollado por un coche de caballos, hacerle fotos a los caballos, asombrarse de lo pequeños que son algunos jinetes, hacerle fotos a un grupo de flamencas, enternecerse con lo graciosas que son las bebés vestidas de flamenca... y por fin, buscar una caseta para tomar algo y encontrar, o no, una pública para guarecerse.

Entreverados entre los sevillanos que no se resisten a soltar la Feria, pocos grupos de turistas de diversas nacionalidades deambulaban por la Feria, fijándose en cada detalle. Con extrema atención observaba cómo un grupo de caballistas preparaba sus monturas una pareja alemana que había logrado llegar a España en avión el día 21 sin sufrir el más leve retraso. Ya asentados en Conil, donde van a pasar 12 días, supieron que era Feria en Sevilla y decidieron acercarse a pasar un único día.

Dagmar la definía como “fantástica”, aunque explicaba que no conocen a nadie y sólo estaban “mirándolo todo”. ¿Y no habéis bailado sevillanas? “¡No, no, no!”, se escandalizaba la alemana, mientras su pareja se mondaba sólo de imaginárselo.Más suerte tienen los que llegan a la ciudad con cicerones que les explican las costumbres y los introducen en el mundillo, y entre ellos, ninguno como el grupo de franceses de extrañas indumentarias que ayer tuvo la fortuna de toparse con el jefe de servicio de Fiestas Mayores, Rafael Carretero, y contarle que habían venido expresamente a la Feria de Abril. Carretero, encantado, decidió agasajarlos invitándolos a su caseta, conocida por ser una de las más hospitalarias de la Feria.

Y como la vida es injusta, más o menos a la misma hora en que ellos debían estar atacando platos de jamón o gambas y aprendiendo a moverse como si bailaran sevillanas, una pareja de japoneses escudriñaba un plano de la Calle del Infierno tratando de entender de qué se trataba, y qué eran todos esos dibujos que simular a los cacharritos. La Feria, que tiene esos contrastes.

En la caseta de información situada al lado de la portada coinciden en que hay menos gente que otros años, y también menos turistas, aunque ellos no paran de repartir planos del Real a puñados. “Es imposible saber cuántos damos, hay cajas y cajas y los vamos sacando cuando se van acabando”. Mientras explican que una gran parte de los guiris son americanos, Ángeles, vecina de la Macarena que pisa la Feria por primera vez este año, acompañada por su madre, se acerca y pide tres planos para llevarle un recuerdo a sus vecinas. “¿Pero cuántos quiere, tres?” “Claro, uno para mí y otro para mis dos vecinas, que no han venido”.

La petición es casi tan extraña como las preguntas que los extranjeros hacen en la caseta de información: “Nos preguntan sobre todo que a qué hora son las cosas, como el paseo de caballos, porque creen que hay una exhibición. No saben que aquí la gente viene a pasear con su caballo y ya está”. También se interesan por “dónde pueden comer”. Y ahí los envían a las casetas de distrito, que ayer competían en público con la Calle del Infierno, atestadas ambas.

Entretanto, aunque más cansados por el tute que llevan encima, los sevillanos tampoco tiran la toalla, sin que les afecte que ya haya casetas de capa caída que hayan dejado hasta de poner sevillanas. En Azahares, de Joselito El Gallo, uno de los socios aprovecha el sábado, “que es un día más tranquilito”, para invitar a los vecinos de su comunidad y a sus hijos. Después de visitar los cacharritos, una decena de pequeños vestidos de corto y de flamenca correteaban por la caseta, comiendo algodón de azúcar. Mientras, en la caseta de Pineda los payasos entretenían a mayores y pequeños.

Y en otra de Gitanillo de Triana, los camareros contaban las horas que les quedan para acabar. Pero los socios no: aunque exhaustos, seguían al pie del cañón y sin visos de abandonar. “¿Vienes luego, no?”, era la frase más repetida. Y aunque ya quedan pocos luegos, uno no puede negarse: “¡Claro, nos vemos en un rato!”.

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