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El último parapeto de Zapatero

el 16 jul 2011 / 21:40 h.

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Si algo tienen en común ciertas figuras políticas que han compartido Consejo de Ministros con el presidente del Gobierno Zapatero es dar la impresión de haberle sacado ellos las castañas del fuego. Ahí está todo lo que sigue dando de sí Rubalcaba, pero antes estuvieron María Teresa Fernández de la Vega y de nuevo cobra protagonismo el hombre que metió en cintura a los controladores aéreos al desactivar su huelga salvaje la última Navidad. Se trata de José Blanco, al que sus enemigos motejan como si siguiera en el colegio: Pepiño.

"Sólo Jiménez Losantos [el editorialista radiofónico más ácido contra los socialistas] me llama Pepiño, y ahora tú", contestó a una figura del PSOE andaluz que creyó que ese uso del hipocorístico gallego era una cuestión de familiaridad y no una excusa para iniciar ataques verbales con pocos argumentos.

Pero este lucense de origen humilde y aldeano, que aprendió a hablar castellano tras escolarizarse -su padre fue bedel del Ministerio de Obras Públicas y a Blanco le emocionó mucho su llegada a lo más alto de Fomento- fue poco conocido incluso para los kremlinólogos del PSOE hasta que elevó al perfecto segundón que fue una vez Zapatero a líder del partido sacando votos de una y otra facción enfrentada en favor de quien parecía el rival débil en el congreso de julio del 2000, cuando el PSOE quedó descalabrado tras la mayoría absoluta de José María Aznar.

De ahí, como secretario de Organización, fue el encargado de hacer subir el pan dos gordas cada vez que hablaba en el telediario, en un papel que recordaba, pero sin tanta gracia y brillantez expresiva, al que empleaba Alfonso Guerra como poli malo socialista. Y la comparación no acaba aquí: su actual cargo en el aparato, vicesecretario general, había desaparecido desde la caída en desgracia del vicepresidente sevillano. Blanco ha sido desde aquí el factótum de las grandes victorias electorales de Zapatero y también de la derrota del 22-M.

Ahora no ha dejado de ser ministro de Fomento -donde llegó en 2009- al asumir la portavocía y tal vez ahora le toque amargar el desayuno a los españoles de a pie del mismo modo que ha tenido que comunicar que no puede soltar ni un duro en cemento a los grandes constructores de la obra pública. Pero ha sabido capear incomprensiones y manejarse en ese inextricable ¿qué hay de lo mío? de cada presidente autonómico o alcalde pendiente de su particular obra faraónica con dinero del Gobierno para salir reelegido.

De hecho empezó logrando que la mala malísima de Esperanza Aguirre hiciera ¡las paces con el Gobierno por un día! y guarda como un tesoro la foto de su hijo gateando a los pies de la lideresa. Sus formas con las taifas de España nada tienen que ver con su polémica antecesora, Magdalena Álvarez, que se achicharró en la sartén de Fomento.

Con quien no tuvo piedad fue con los controladores: desbarató en un pispás su escaqueo reivindicativo, y por poco no convence semanas después a los españoles de que este colectivo tenía la culpa de la crisis porque cobraban demasiado.

Esa efectividad lo llegó a colocar fugazmente como posible sucesor de Zapatero... pero al final no participó en esa carrera de victoria improbable que ahora corre en solitario Rubalcaba. De hecho las malas lenguas pueden argumentar que no hizo todo lo bien que sabe la campaña de las últimas municipales porque pensaba más en otro encargo soterrado: la campaña del propio Rubalcaba para hacerse con la candidatura del PSOE. Hombre de Zapatero desde el minuto menos uno, y de Rubalcaba también, parapeta ahora al presidente que creó en un Gobierno que se tiñe de pedregoso adiós. ¿Se hundirá con él o sabrá sobrevivirlo como Rubalcaba hizo con Felipe González?

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