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El vandalismo que arraiga en la calle

Los gorrillas esquivan la ordenanza en La Gavidia y Bami mientras el Centro sigue lleno de grafitis.

el 12 ago 2010 / 20:37 h.

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Un gorrilla, ayer, mientras ofrece una plaza de aparcamiento en el centro de la ciudad.

Reír por no llorar. Uno de los comerciantes de la Plaza de La Gavidia cuenta las batallitas de la zona riéndose de su propio hartazgo. Un grupo de gorrillas tiene tomada la plaza como su casa, con su campamento instalado bajo un árbol frente a la Consejería de Justicia. Por la mañana están tranquilos. A medida que avanza el día, la situación se complica, "están drogados y bebidos". La última vez que presenció un altercado fue hace un par de días, el miércoles por la tarde. "Se estaban peleando entre ellos y volvimos a llamar a la Policía. En verano hay menos coches, por eso discuten más".

Este comerciante dice que está cansado de llamar a la Policía por los destrozos y la basura que los gorrillas acumulan en su escaparate. "A veces viene Lipasam y lo limpia todo", explica. "Llevo tres años y medio trabajando aquí y los he visto entrar en la tienda y tirar el cenicero que está en la entrada, hacer sus necesidades en la puerta, romper los espejos de los coches...".

La semana pasada, los encontronazos habituales fueron a más. Una de las gorrillas entró en un bar de la plaza. El camarero le dijo que no iba a atenderla, pues en otras ocasiones había protagonizado algún altercado. Ella se puso violenta, sacó un cuchillo e increpó al camarero y a los clientes. La gorrilla esquivó a la Policía Nacional, que la encontró la mañana siguiente.

"Normalmente no hay problemas con ellos, pero desde hace un mes el número de indigentes se ha triplicado y están surgiendo problemas". Esta es la explicación de Fernando Rodríguez Galisteo, el abogado que lleva el caso y portavoz de los comerciantes. "Con la denuncia esperamos que la Policía Local actúe y cumpla la ley". La normativa a la que se refiere Rodríguez Galisteo es la ordenanza que, en teoría, entró en vigor en noviembre de 2008 y que prohíbe la actividad de los aparcacoches por considerar su actividad "una forma de mendicidad coactiva". También indica qué procedimiento debe seguir la Policía: primero, informarles de que su actividad es ilegal; si persisten, sancionarlos con una multa de 120 euros. Del papel a la realidad hay todavía camino que recorrer.

El primer problema de esta ordenanza se hunde en los bolsillos de los gorrillas. Muchos se declaran insolventes y no pagan la multa. Pero, como ocurre en La Gavidia, campan a sus anchas y causan problemas en el barrio sin que haya una solución eficaz para evitarlo. "Están siempre aquí, pero no podemos echarlos", dice un vecino de La Gavidia.
Situaciones parecidas se viven en zonas como la calle Adriano o en la barriada de Bami, una de las zona más afectadas por la afluencia de gorrillas. Hoy, tanto vovis como gorrillas comparten las calles del barrio y sus aparcamientos. Los vecinos denuncian que la convivencia no suele ser pacífica y que a menudo tienen peleas entre ellos. Francisco Javier, residente de la zona, confirma que "son los propios vovis los que llaman a la Policía".

Los vecinos de Bami, disconformes con la situación, solicitan una respuesta y más vigilancia. Toñi López, propietaria de una tienda de artículos de regalos, describe la actuación de la Policía: "Vienen, les piden los carnés de identidad y poco más". Según esta comerciante, hay determinadas zonas del barrio que son "más conflictivas", como la calle Castillo de Alcalá de Guadaira.

Aunque los vecinos están molestos por la presencia de gorrillas durante todo el día, no suelen tener problemas directos con ellos. Según cuentan los vecinos y comerciantes, "sólo se pelean entre ellos por las zonas y los coches, salvo casos puntuales". Juan Manuel Torres, dueño de una copistería del barrio, afirma que "lo peor es la mala imagen que se da del barrio a la gente que viene de fuera", ya que en Bami se ubican centros como el Hospital Virgen del Rocío o la Clínica Sagrado Corazón, donde acuden pacientes de diversa procedencia. Los gorrillas de la zona "amenazan a la gente que no quieren pagarles", pero "ellos alegan que están pidiendo y no robando". Juan Manuel cuenta que la Policía pasa "muy poco y no consiguen nada", ya que "es inútil multar a señores que se declaran insolventes".

Una paradoja que se produce en este barrio residencial es que la Policía se acerca "a menudo" a multar a los coches estacionados en doble fila, según María, una empleada de la zona. A pesar de esto, "a los gorrillas no les dicen nada", asegura la trabajadora. Esto ha provocado que muchos residentes y comerciantes se vayan del barrio, "hartos de soportar esta situación".

Otros problemas también multiplican el cansancio de los comerciantes. La misma normativa antivandálica de 2008 que regula la actividad de los gorrillas castiga también a los autores de grafitis en la vía pública. Aún así, hay calles en el Centro, como Cerrajería, entre Sierpes y Puente y Pellón, que se ha convertido en territorio de estos pintores urbanos. En Cerrajería, casi todos los comercios están cerrados por vacaciones y sus persianas se han transformado en una improvisada galería para los grafiteros. Los comerciantes de la zona ya están curados de espanto.
Eduardo Rodríguez trabaja en una óptica de la calle Sierpes. Periódicamente es testigo de cómo uno de sus compañeros "se viste para la ocasión" y se enfunda un mono blanco para limpiar las obras de arte de la fachada con un producto abrasivo y altamente tóxico. "Como cultura urbana, lo veo bien, forma parte del entorno. Pero no puedo entender que venga uno y nos estampe su firma en la puerta", explica Eduardo. "No dan buena imagen, ni para los turistas ni para la ciudad".

Las tiendas colindantes con la óptica no se libran de las pintadas. Una librería lleva casi tres años con la persiana decorada con un grafiti. Y no lo han borrado. "Lo damos por perdido", dice uno de los empleados. "Si lo borramos, van a volver a pintar".

La ordenanza antivandálica no sólo prohibe las pintadas sino que las multa con hasta 750 euros. Pero, para eso, hay que denunciarlo a la Policía. "¿Sabía que los grafitis están prohibidos y se puede multar a quienes los hacen?". La respuesta de la mayoría de los comerciantes es un rotundo no. Enrique dice que no tenía ninguna información de este tipo y que hace como la mayoría, solucionar el problema él mismo. Aunque hay veces que los remedios no surten efecto y se llega a situaciones indignantes.

En la calle Lagar destaca un negocio por su fachada, que luce un impecable rosa fucsia como si fuera una casa de muñecas. Está cerrado. En la persiana gris recién pintada pasa desapercibida una frase escrita en negro con letras mayúsculas: "Me gusta que pintes esta puerta", seguido de varios insultos hacia la propietaria. Harta de limpiar las pintadas, optó por dejar patente la fechoría de su grafitero.

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