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El viaje de los 1.500 días

Sevilla celebró el miércoles los 488 años de una aventura de la que fue punto de partida y de llegada: la primera vuelta al mundo.

el 11 sep 2010 / 21:47 h.

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La réplica de la nao Victoria navega con todas sus velas desplegadas.
Tempestades, peligros, traiciones, motines, hambrunas, batallas… La crónica de la primera vuelta al mundo da para una película cuanto menos entretenida, una odisea de tres años y 30 días de la que el miércoles se conmemoraron en Sevilla los 488 años de su culminación. Porque Sevilla fue el punto de llegada y también el de partida, y precisamente el inicio de aquella aventura va a poner la excusa para una especie de exposición internacional en miniatura en 2019. Entonces se cumplirán cinco siglos de una peripecia que iniciaron 241 hombres, de los que sólo regresaron 18 tras recorrer 78.000 kilómetros durante casi 1.500 días.

Esta historia arrancó el 10 de agosto de 1519, fecha en la que salieron de Sevilla la famosa Victoria (que fue la única embarcación que regresó) y las que serían sus compañeras de fatigas: Trinidad, Santiago, Concepción y San Antonio. La primera la comandaba Fernando de Magallanes, el ideólogo e impulsor de la expedición, y juntas formaban la que se bautizó como Armada de la Especiería porque la idea era esa: llegar a las Molucas, en lo que hoy es Indonesia, las por entonces famosas islas de las Especias de las que procedían el azafrán, la canela o el clavo. Junto a otros, estos productos eran la base de un boyante comercio que habían monopolizado los chinos y después los italianos y los árabes, pero del que en los últimos años se habían adueñado los portugueses. Y la Corona de Castilla quería sacar partido, claro. “Era lo más valorado en cualquier mercado, el precio era elevadísimo”, explica Guadalupe Fernández, historiadora de la Fundación Nao Victoria.

El caso es que Magallanes defendía que a este paraíso de las especias también llegaba en dirección Occidente, que la cuestión era encontrar el paso que conectase el Atlántico con el gran océano al que se referían como Mar de Sur y que daría en llamarse Pacífico. En Portugal aquello no interesaba por una sencilla razón: los marinos lusos ya habían abierto su propia ruta hacia Oriente bordeando África. Así, por ejemplo, Vasco de Gama plantó sus reales en lo que hoy es la India en 1498.

Total, que Magallanes decidió probar en Castilla, donde un joven Carlos I acabó comprándole el proyecto que tomó la forma de cinco barcos. La flotilla se puso en marcha el referido 10 de agosto de 1519, aunque después pasó 38 días en Sanlúcar de Barrameda aprovisionándose y otros siete en Tenerife, donde subieron a bordo cuatro tripulantes más.

A partir de ahí empezó la verdadera aventura. La falta de viento ralentizó la navegación, aunque la cosa no pasó a mayores porque tras más de 70 días de singladura se llegó a la Bahía de Guanabara, en Río de Janeiro. Era el 13 de diciembre de 1519. De allí tuvo que salir casi a rastras la tripulación para empezar a bordear el continente rumbo sur, una tarea lenta y penosa porque cada recodo de tierra era la promesa de que se había encontrado el paso entre los dos océanos, lo que obligaba a una inspección más meticulosa... que certificaba que había que seguir.

Tras más de tres meses de esta guisa, con la marinería refunfuñante, con frío y un mal tiempo que hacía peligrosa la navegación, llegaron a la bahía de San Julián, en lo que hoy es Argentina, que levantó los ánimos porque parecía el lugar definitivo, tanto que cuando se confirmó que no era así bautizaron el enclave como Desengaño. Allí dio orden Magallanes de invernar (eso hicieron entre abril y agosto de 1520), y allí hubo una revuelta de parte de la tripulación que al final fue atajada. Algunos levanticos fueron condenados a quedarse en tierra, pero peor suerte corrió Gaspar de Quesada, el capitán de la Concepción, al que se le cortó la cabeza. Para colmo de males, la flotilla perdió en un temporal a la Santiago al inspeccionar la costa, aunque sólo un marinero murió en el siniestro.

El 24 de agosto de 1520 la expedición se puso en marcha pero el avance duró poco, porque el mal tiempo aconsejó guarecerse de nuevo cuando se llevaban dos jornadas de navegación. El parón duró 53 días. El 18 de octubre se volvió a levar anclas y sólo dos días después se divisó el cabo Vírgenes, inicio del estrecho que buscaban, al que bautizaron como Victoria pero que acabó llevando el nombre de Magallanes. Nada menos que 38 jornadas invirtieron en atravesarlo, con un mal tiempo terrible, con fuertes corrientes marinas y con un amenazante paraje de acantilados que parecía estar deseando tragárselos. Al final avistaron el ansiado Mar del Sur, pero para entonces ya eran sólo tres naves: la San Antonio desertó y puso rumbo a Sevilla cuando Magallanes la mandó a reconocer el estrecho cuando iban a embocarlo. Por cierto, que la San Antonio llegó a Sevilla y sus oficiales fueron sometidos a juicio.

En el Pacífico no pudieron quejarse del tiempo, pero el hambre y las enfermedades (tifus, escorbuto, disentería…) se llevaron por delante a 20 hombres. Aunque avistaron el archipiélago de Tuamotu, las corrientes le impidieron acercarse y no volvieron a pisar tierra hasta alcanzar las Marianas para echar el ancla en una isla a la que llamaron Velas Latinas, pero a la que rebautizaron de los Ladrones al salir escaldados del encuentro con los nativos.

Ya en el entorno de las Filipinas fondearon en la isla de Cebú, donde las cosas fueron de mal en peor. Desde allí se organizó una expedición a la isla de Mactán, donde en un enfrentamiento con los indígenas murieron Magallanes y seis marineros. De regreso a Cebú, los que en principio les habían recibido con los brazos abiertos les tendieron también una emboscada en la que se dejaron la vida 20 hombres, lo que precipitó la huida de las tres naves que muy pronto fueron dos: la falta de tripulantes y el mal estado del barco aconsejaron sacrificar a la Concepción, a la que prendieron fuego.

Los renqueantes expedicionarios arribaron a Brunei y, en la isla de Balambangan, la tripulación eligió a sus nuevos capitanes: Juan Sebastián Elcano, que empezó como oficial de la Concepción, comandaría la Victoria y Gonzalo Gómez de Espinosa con la Trinidad. Así se llegó al puerto de Tidore, en las ansiadas Molucas, el 8 de noviembre de 1721. El 11 de febrero de 1722 la Victoria enfiló hacia España atiborrada de especias, mientras la Trinidad terminaba de repararse porque cargó tanta mercancía que se resquebrajó, pero aquello fue un desastre: equivocó el rumbo y acabó en manos de los portugueses.

Aquí llegó el golpe de genialidad de Elcano, que decidió tomar la ruta de Oriente en vez de desandar el camino. “Éste fue el momento más crítico”, apostilla Guadalupe Fernández, y es que se aventuraban en aguas de soberanía portuguesa: no pudieron pisar tierra hasta llegar a Sevilla siete meses después, el 8 de septiembre de 1522, con la tripulación reducida a 18 miembros por el hambre y las enfermedades. Habían conseguido su objetivo, pero a un precio altísimo. De hecho, el cronista del viaje, Antonio Pigafetta, no tenía claro que aquello mereciese la pena: “Pienso que nadie en el porvenir se aventurará a emprender un viaje parecido”. No pensó lo mismo el propio Elcano, que murió en 1526 a bordo de la Victoria... cuando intentaba repetir el mismo viaje.

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