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Embajadora y símbolo de la gran familia de Sevilla

Tribuna sobre la duquesa de Alba por Juan Espadas, portavoz del PSOE en el Ayuntamiento de Sevilla.

el 20 nov 2014 / 21:00 h.

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Verla bailar sevillanas era una de las imágenes más cotidianas y representativas de su amor por Sevilla. / Manolo Gallardo Verla bailar sevillanas era una de las imágenes más cotidianas y representativas de su amor por Sevilla. / Manolo Gallardo Sevilla es una gran familia. Por su historia, su cultura, su diversidad, su patrimonio. Y, sobre todo, por todas las personas que habiendo o no nacido en esta ciudad han contribuido a que crezca, a que avance y a que sea tan querida por quienes viven en ella y por quienes nos miran desde fuera. Sevilla es una gran familia. Y ha perdido a uno de sus miembros. A uno de sus símbolos. A una de sus embajadoras. A una persona, Cayetana Fitz-James Stuart, que, por encima de títulos nobiliarios, de propiedades o de su lugar de nacimiento, quería a esta ciudad, se preocupaba por todo lo que en ella ocurriera y promovía constantemente su nombre allá donde fuera. Es difícil, es casi imposible, separar el nombre de Sevilla del de Cayetana Fitz-James Stuart. Por eso, hay dos títulos que lucen con especial brillo cuando nuestra gran familia recuerda a la duquesa de Alba: el de Hija Adoptiva de la Ciudad de Sevilla en 1968 y la Medalla de la ciudad concedida el 30 de mayo de 2005. «Soy sevillana, está es la ciudad más maravillosa del mundo y la quiero mucho», exclamó hace sólo unos años en el Paseo del Cristina cuando la ciudad completó este reconocimiento a su labor como embajadora y a su cariño con una escultura que forma ya parte del patrimonio de todos los sevillanos. ¿Cómo pensar en la historia de la Plaza de toros de La Maestranza, de la Hermandad de los Gitanos o de la Feria de Abril sin recordar el cariño y el compromiso de Cayetana Fitz-James Stuart? Sus imágenes en las fiestas de primavera, bailando sevillanas o vestida de flamenca forman parte de esa relato compuesto por la vida de todos esos sevillanos que han hecho a esta ciudad tan grande. En el álbum de recuerdos de esta familia siempre tendrá un sitio preferente. Por muchos motivos. Por su amor por la cultura y el patrimonio que nos dejó en 2009 la irrepetible imagen de todos los bienes del Palacio de Dueñas expuestos en el Museo de Bellas Artes en una de las muestras más bellas que recordamos. Por su espíritu solidario que nos lleva a recordarla en el Rastrillo de Nuevo Futuro, tras una mesa de la Asociación Española contra el Cáncer o en cualquier cita que requiriera su presencia. Y, por supuesto, por su amor por la ciudad. En Sevilla vivió, en Sevilla se casó y en Sevilla quiso pasar sus últimos días. Porque por encima de todo, pertenecía, pertenece y pertenecerá a la gran familia de Sevilla.  

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