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Cultura

Embriagado de dolor

Crítica de la obra 'Sonata de otoño' en el Teatro Central. * * *

el 02 nov 2014 / 21:03 h.

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  • Lugar: Teatro Central, 1 de noviembre
  • Obra: Sonata de otoño
  • Compañía: Daniel Veronese/Sebastián Blutrach Producciones
  • Versión y dirección: Daniel Veronese
  • Intérpretes: Cristina Banegas, María Onetto, Luis Ziembrowski, Natacha Cordova.
  Cuando en 1978 Ingmar Bergman estrenó Sonata de Otoño, su éxito universal  demostró que la representación de los conflictos maternos filiales y los diálogos psicológicos podían llegar a suscitar con facilidad los mecanismos de proyección e identificación en los espectadores. Tal vez por eso Veronese ha elegido este relato para su último montaje, a pesar de que a estas alturas no nos aporta nada nuevo. Si en los últimos años Veronese había puesto su creatividad al servicio de encargos de otras compañías, aquí vuelve a trabajar con una producción argentina para reproducir una forma teatral que se ciñe al texto y al trabajo actoral. No en vano él se precia de adentrarse en las entrañas del drama hasta explotar al máximo su potencial emotivo, apuntando a la catarsis. Sin embargo, en esta ocasión opta por un tratamiento bastante frío. La escenografía reproduce un ambiente neutro poco hogareño. Una neutralidad que es reforzada por una iluminación bastante simple que se centra en dotar al espacio escénico de un tono diáfano. Tampoco el espacio sonoro aporta demasiado. Salvo la pieza musical de piano que tocan madre e hija, la música y los efectos sonoros brillan por su ausencia. De esa manera, Veronese se queda a solas con el conflicto entre madre e hija. La primera se perfila como una mujer superficial y egocéntrica, incapaz de reconocer sus errores, mientras que la hija es débil y neurótica, a causa del abandono que tuvo que sufrir de niña por parte de su madre. Así, a diferencia de la película con la que Bergman se regodea sobre todo el odio y el rencor que reconcome a la hija, y por ende a la madre, aquí el director argentino da un paso más en la dimensión psicológica de la historia para adentrarse en la neurosis. Curiosamente el resultado es que minimiza la culpa de la madre y no hace evolucionar a los personajes, como ocurre en la película, hasta dejarles abierta la posibilidad del perdón. En ese sentido podría decirse que Veronese se aleja de su propósito inicial, que como él mismo ha reconocido era impregnarse de humanidad. Cabe destacar la fluidez que consigue imprimir al ritmo escénico, gracias a una genial composición escénica que se basa, fundamentalmente, en el movimiento actoral. Claro que para ello cuenta con un magnífico plantel de intérpretes, entre lo que resalta Cristina Benegas por imprimir a su papel toda una gama de matices dramáticos.  

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