Cultura

«En ‘Cicatriz’ los papeles de víctima y verdugo no están claros»

Después de ganar el premio Málaga con ‘Un incendio invisible’, y de ser finalista del Herralde con ‘Cuatro por cuatro’, la sevillana Sara Mesa regresa con una compleja historia de sentimientos, pulsiones y obsesiones entre dos desubicados

el 02 mar 2015 / 16:00 h.

La escritora sevillana Sara Mesa, en Tomares. / El Correo La escritora sevillana Sara Mesa, en Tomares. / El Correo En la última novela de Sara Mesa, Cicatriz (Anagrama) dos personajes se comunican por mail, pero no va de ciberamistad. Ella padece el acoso de él, pero no es un relato de malos y buenas. Tiene mucho de la autora sevillana, pero es inútil buscarle trasfondo autobiográfico. ¿Qué es, entonces, este complejo artefacto llamado Cicatriz? Ella misma brinda a continuación algunas claves de su obra. —¿Cicatriz cierra algo parecido a una trilogía de Cárdenas, con Un incendio invisible y Cuatro por cuatro? —No lo creo. Sí hay un mundo común, los escenarios, pero Cicatriz se emparenta más con mis primeros libros, los que llamo los «inencontrables». Retomo temas que ya aparecieron antes: los centros comerciales, el robo y la filosofía del robo, las obsesiones… De todos modos para mí es difícil ver los nexos, los lectores los ven mejor. O yo, más adelante, cuando me distancie. —¿Por qué ese título? —Tiene varios sentidos: hay una cicatriz física, real, que funciona como símbolo. Por un lado la cicatriz es la tara, lo que destruye la perfección –no olvidemos que el personaje masculino es un perfeccionista–, pero la cicatriz es también la marca de una herida. El personaje femenino no se siente limpio… —¿Por desafiar las reglas? —En realidad quien desafía todas las reglas es él. Ella se siente seducida por eso. Seducida en el sentido de tener curiosidad, no en el amoroso. Los dos personajes en cuestión son jóvenes y tienen en común una absoluta desubicación en su mundo. Por lo demás, son totalmente diferentes: ella forma parte de una normalidad –que asume con cierto tedio vital, pero sin cuestionarla– y él es un excéntrico, una personalidad obsesiva y exhaustiva que encuentra en la debilidad, o más bien en la lasitud de ella, un terreno abonado. Ambos se complementan en muchísimas cuestiones, pero en el lado, digamos, más insano. —El amor en los tiempos del consumo… —La idea fundamental quizá sea la del amor como comercio, como intercambio. Obviamente, hablo de una perversión del amor: amar es otra cosa. Hay una cosa curiosa que me comentó Marta Sanz que veía en el libro, la cultura como forma de desclasamiento, como disfraz. Ambos personajes provienen de estratos económicos humildes, pero fantasean con el mundo del lujo. El dinero, lo que cuestan las cosas, es una presencia constante en toda la historia, y eso va más allá de los libros. —Internet, ¿es lo de siempre, vecindario y aldea, o plantea nuevas formas de relación? —Bueno, aquí tiene un papel secundario. Hoy una relación a distancia como la que cuento en Cicatriz se articula a través de internet, pero solo eso. Fíjate que, para desvincularlo, en un momento dado de la historia ellos se escriben por carta postal. Y todo es exactamente igual. El papel de la tecnología en mi historia es meramente instrumental. —Hay una sensación de manipulación por parte de él. Por momentos parece una historia de acoso, ¿verdad? —Sí, eso es central, pero se hubiera manifestado igualmente fuera del medio, porque el personaje masculino es un manipulador en todo ámbito. No es un tema tangencial, de hecho la historia podría entenderse como una especie de revisión del mito de Pigmalión, un Pigmalión que trata de construir a la mujer perfecta, irreal, hasta que todo se destruye. —¿Un manipulador con su cooperador necesario? —Hay un manipulador, sí, pero los papeles de víctima y verdugo no son tan claros. Por el lado de ella, la historia me recuerda a la de La embriaguez de la metamorfosis de Stefan Zweig, en el sentido de que la transformación que ella sufre en la mente del personaje masculino –aunque no en la realidad– termina atrapándola, le gusta fantasear. Si todo amor es una construcción mental a la medida de nuestros sueños, esta historia lleva el caso al extremo. Ambos necesitan soñar. El juego de sumisión y poder es oscilante, en efecto. —La próxima novela, ¿seguirá estando ambientada en Cárdenas, o se muda? —Estoy ahora intentando cerrar un volumen de cuentos, ¡y en alguno sale Cárdenas! Pero, ¿sabes?, en el fondo lo hago por pereza. Como no sé documentarme, no tengo paciencia. Me viene muy bien inventarme escenarios, usarlos como modelo de ciudad, y ya luego les cojo cariño.

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