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Cultura

En el principio fue la escuela

Tercera edición del libro del hombre que fundó la primera biblioteca del pueblo.

el 04 mar 2011 / 18:46 h.

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No es casualidad que un libro de relatos de un autor de Los Palacios y Villafranca consiga una tercera edición en sólo 15 años: es buena literatura adobada con el realismo de un pueblo ya sólo reconocido por los más viejos y por eso algunos institutos, principalmente del propio municipio, lo rescatan como lectura recomendada para sus alumnos. Pero también lo demandan lectores de muchos puntos del país, nostálgicos de su patria chica y que encuentran en sus páginas el retrato objetivo y amargo de lo que era Los Palacios y Villafranca en tiempos de la dictadura, un periodo en el que solo la caridad enseñaba a leer a los pobres.

Relatos palaciegos (publicado por Ediciones Esotérico) es un libro de 22 cuentos, todos ellos verdaderos. Porque Miguel Roldán, su autor, no es un cuentista, sino un cronista de un tiempo que la inmensa mayoría de los habitantes de este rincón del Bajo Guadalquivir olvidó para siempre o no llegó a vivir, tratándose de un municipio con una edad media muy joven: el franquismo en el que el pueblo era un puñado de casas encaladas y arracimadas a la torre de la iglesia, con un vastísimo extrarradio de caminos poblados por chumberas, bestias y desamparados que malvivían la siesta interminable de aquella dictadura.

Los relatos de esta publicación, que acaba de sacar a la calle su tercera edición, se agrupan en tres temáticas: los juegos, la escuela y los retratos, pero todas comparten el común denominador de unos años crueles en los que la única esperanza de los niños, entre quienes se encuentra el narrador, era aventurarse por los postigos haciendo rabona, con pelotas de trapo que buscaban entre las amapolas de la marisma la rendija improbable de una felicidad más allá del catecismo y el palmetazo.

Cada capítulo de este libro, con descripciones de calles y rincones del pueblo muy reconocibles pero profundamente cambiados por las constantes y demandadas reurbanizaciones, focaliza un personaje o una circunstancia que sirven de fiel reflejo de aquellos años que nada tuvieron de maravillosos si no fuera por el prisma literario.

Entre otros, figuran protagonistas a su pesar como los niños en una primera comunión cuya ilusión era el chocolate rancio más que las hostias; el jornalero de raigambre republicana que sobrevive a las humillaciones del régimen por el futuro de su hijo; la enferma vagabunda que da voces como una loca; la guapa que regresa al pueblo tras la guerra y debe abandonarlo de inmediato espantada por el aceite de ricino que la obligan a tomar; o la novia embarazada que tiene que casarse de madrugada para defenderse del qué dirán, entre otros personajes tratados con ternura como el maestro que enseña palotes y regala imaginación o el barbero que fabrica colonias falsas con azafrán y otros tintes de la escasez apabullante.

De todas las historias es testigo el narrador, un niño que juega en la Huerta de Bustillo y que habrá de regalar su minuciosa memoria de olores, vestimentas y matojos ya extinguidos en forma de relatos. Un niño que pudo ser el propio autor, que luego decidió compartir con todos estos recuerdos.

Mucho antes de su faceta de escritor, en 1958, participó activamente en la construcción de una escuela en el marginal barrio del Cerro de la Horca, donde los niños que vivían en chozas iniciaron por vez primera su contacto con los libros. El nombre de Nuestra Señora de la Ascensión que le puso el nacionalcatolicismo imperante tenía, en el fondo, más relación con el ascenso que se le brindaba a los niños que con la virgen. El autor, que había contactado para aquellas empresas con el mismísimo Utrera Molina (gobernador civil en Sevilla) participó, desde aquella realidad todavía no impresa, en la erradicación del chabolismo y en aventuras como representaciones teatrales o en la fundación de la primera biblioteca del pueblo, con 600 ejemplares, sobre la plaza de abastos, que él mismo dirigió. Ya octogenario, sonríe con esta tercera edición de sus relatos que los adolescentes leen hoy. Tal vez porque sus páginas dicen mucho más de lo que cuentan sus renglones.

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