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Cultura

«En España tenemos una memoria sumergida: más de 500 pueblos bajo el agua»

Llamazares dice haber escrito «la novela de mi vida», la historia de su pueblo desaparecido bajo un pantano

el 18 feb 2015 / 16:00 h.

17/02/2015

JOSE LUIS MONTERO

Julio Llamazares, escritor. Hace más de 40 años, el embalse del Porma, en León, sepultó bajo el agua seis pueblos y destruyó otros dos. Uno de las aldeas sumergidas era Vegamián, villa natal donde vino al mundo el escritor Julio Llamazares en 1955. Sin embargo, aquella historia solo le había sugerido algunos poemas: estaba esperando hallar su justo cauce en algún momento. Y por fin ha visto la luz bajo el título Distintas formas de mirar el agua (Alfaguara), Una obra coral alrededor de la visita de una familia al pantano, donde arrojarán las cenizas de su abuelo fallecido. «El pantano sirve de espejo a las miradas de todos ellos», comenta Llamazares. «Incluso hay uno que pasa en coche por la carretera y aporta la mirada pasiva, indiferente, de la sociedad: han tenido suerte, piensa, el pantano está lleno y hace un día precioso. Su mirada está en la superficie, no profundiza», agrega. La relatividad de las miradas ante la tragedia es, en efecto, uno de los temas de un libro donde «el único que no habla es el muerto», dice el autor. El otro tema es el desarraigo, que cuando se hace definitivo adquiere el nombre de destierro. Como el que vivieron los cientos de vecinos desalojados, en algunos casos a la fuerza, de sus casas. Llamazares regresó a su pueblo ya siendo un joven escritor, aprovechando que el pantano fue desecado por motivos técnicos. «Era como tener un cadáver como primer recuerdo de tu padre o tu madre. Caminé por un pueblo en ruinas, lleno de lodo, con truchas muertas por todas partes. Un pueblo sin color y sin sonido», evoca. Pero el escritor también conversó con antiguos vecinos de la zona, y fueron algunos de los detalles que le facilitaron los que acabaron de prender la mecha que desembocaría en Distintas formas de mirar el agua. «Hubo dos historias que me marcaron. Una era que los primeros desplazados se instalaron en barracones de madera, y como cuando llovía mucho afloraba el agua, solían dormir con el brazo colgando de la cama, para salir corriendo si el nivel subía demasiado», recuerda. «La otra tiene que ver con aprender a mirar. Venían de la montaña, donde estaban acostumbrados a orientarse. En la llanura, sin embargo, carecían de referencias, se perdían con mucha facilidad. Es un aprendizaje que tiene algo de bíblico, de éxodo, y que obliga a las personas a reeducar por completo su propia mirada». «Muchos de los vecinos que se disponían a abandonar sus casas, y que sabían que no regresarían jamás, cerraban las puertas con llave y conservaban éstas, porque eran las llaves de la memoria. Es como la añoranza deSefarad para los judíos», prosigue el escritor. Llamazares insiste en que la historia del embalse, y de otros casos similares, sigue siendo muy desconocida para el común de los españoles. «La mayoría se quedó en la imagen de Franco inaugurando pantanos, pero no sabe que hay una memoria sumergida, la de más de 500 pueblos que siguen bajo el agua», asevera. «La gente solo sabe lo que cuesta el agua cuando llega la factura. Hay mucho dolor y sufrimiento detrás del simple gesto de abrir el grifo». Lo dice con rotundidad, pero sin demasiada confianza en que sus palabras puedan hacer demasiado por restituir la memoria de todas aquellas personas que padecieron el desplazamiento forzoso. «Aquí en España nadie reconoce nada, salvo que no les quede más remedio. El partido en el Gobierno ni siquiera ha condenado aún la dictadura ni la Guerra Civil. Yo solo escribo para hacer pensar y sentir. Y sí, puede que haya una reivindicación de fondo, la de la memoria de toda esa gente, y muestra prueba de respeto a quienes tan mal lo pasaron entonces. Hombres y mujeres que en algunos casos cambiaron su vida para bien, sobre todo en lo económico, pero también para mal. Sobre todo, muchos se preguntan cómo habría sido su vida si hubieran seguido allí. Esa es la base de la ficción, la especulación filosófica, unamuniana, con los otros yo posibles». Uno de los hechos más curiosos en torno a la cuestión del Porma es que otro afamado escritor, Juan Benet, fuera el ingeniero encargado de diseñar el embalse, y de hecho aquella zona le inspiró los escenarios de su novela más celebrada, Volverás a Región. «Había dos Benet: uno público, que cuando me lo encontré una vez con su séquito, formado por Javier Marías y otros, me preguntó si yo era ese que había empezado a escribir gracias a él. Me pareció un gilipollas. Pero luego en privado era otra cosa, mucho más cercano y menos pope. Y sí, sus libros me gustan mucho», afirma Julio Llamazares. ¿Es el punto final de esta novela el final de aquello que empezó en 1979, en el poemario La lentitud de los bueyes? «Aunque sea un tópico, todos los escritores estamos siempre con el mismo libro. Al menos los escritores que no escribimos por oficio, sino porque es nuestra manera de entender la vida, y que seguiríamos en esto aunque no nos publicaran. Esto es como el jazz, variaciones infinitas a partir de una frase principal. En mi caso, del primer verso del primer poema de mi primer libro: Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora...», apostilla el escritor.

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