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En La Cartuja hubo tres reyes

Nadal y Ferrer se lucen delante de Juan Carlos I y de 27.000 espectadores.

el 02 dic 2011 / 23:39 h.

El rey Juan Carlos I conversa con José Luis Escañuela, presidente de la RFET.
La Cartuja no es un reino pero por allí pasaron ayer tres reyes. La aclamación popular, cosas de la plebe, fue para aquellos en cuya cabeza no luce corona ni título alguno (bueno, quizá algunos Grand Slams y varias Copas Davis, pecata minuta) sino una cinta con los colores de moda: el rojo y el amarillo. Uno es el rey Rafa, Rafa Nadal. Otro es el rey David, David Ferrer. El tercer rey, el de verdad, es Juan Carlos I, el primero de los españoles, que presidió la segunda final de la Copa Davis que se celebra en la ciudad que ahora dirige Juan Ignacio Zoido. Hace siete años, en 2004, acudieron los Príncipes de Asturias y a su lado se sentó Alfredo Sánchez Monteseirín, ayer una más de los 27.000 personas, españolas la mayoría y argentinas un buen puñado, que vieron al gran Rafa empequeñecer a su amigo Pico y al gigante David derrotar una vez más a Goliat, léase Juan Martín del Potro, 199 centímetros de talento y cañonazos.

La final de 2011 tuvo poco que ver con la de 2004 hasta que llegó el señor Ferrer y aportó toda la épica que el señor Nadal no necesitó. Antes, poca animación entre la hinchada española y bastante más procedente de los 2.000 argentinos llegados desde Tandil (patria de Mónaco y Del Potro), Venado Tuerto, Mar del Tuyú, Pozo del Molle, La Rioja, Esperanza de Santa Fe, Paraná, Jujuy... Tres cuartos de hora faltaban para que Nadal y Mónaco inaugurasen el combate y la albiceleste tenística ya era un clamor, brazos en alto y palmas hacia dentro.

El Rey llegó a esa macrograda supletoria que hace las veces de tribuna a 25 minutos de que Nadal empezase a bailar a Mónaco. Poca seguridad, la verdad. Apenas unos policías nacionales que impedían la circulación de espectadores, algunos guardaespaldas y poco más. Al monarca lo esperaban la consejera de la Presidencia de la Junta, Mar Moreno, y por supuesto el alcalde, Juan Ignacio Zoido, y el presidente de la Federación Española de Tenis, José Luis Escañuela, sevillano él. El jefe de Estado apareció con gafas de sol y no se las quitó ni siquiera de noche. No es un capricho: hace poco se golpeó con el filo de una puerta y tiene el ojo izquierdo hecho un cristo.

Juan Carlos de Borbón ocupó el asiento central del palco de La Cartuja, ese estadio de tropecientos millones de euros que ya sólo alberga conciertos y finales de Copa Davis. A su lado, Escañuela y Zoido. Un bético y un sevillista. Ambos se arrancaron a bailar y palmear ese seudohimno compuesto por Álex Ortiz cuando el partido de Nadal estaba más claro que el agua. Dos filas más arriba se repetía el paralelismo: juntos, los presidentes del Sevilla, José María del Nido, y el Betis, Miguel Guillén, escoltados cada uno por José Castro y Rafael Gordillo. En el otro lado, en lugar preferencial también, lo típico en estos casos: la Duquesa de Alba y Curro Romero. No dio para más la crónica rosa. La nómina de personajes más o menos famosos o relevantes se completaba con la exregatista Theresa Zabell; los extenistas Conchita Martínez, Manuel Santana y Sergio Casal; el político Alfonso Guerra; la cantante Rosa y el esperado desembarco futbolístico, con Javi Varas, Negredo y Coke por el Sevilla y Jorge Molina, Jonathan Pereira, Juanma y Calahorro por el Betis.

Luego, lo dicho. El equipo argentino fue presentado al ritmo de Matador y la Armada, a los sones de Rocky. Después, cinco minutos de himno visitante y uno del español. Frialdad en las gradas, sinceramente, por mucho que el speaker, después de solicitar a los aficionados cortesía con el rival, pidiese sólo una "calurosa bienvenida" para Mónaco y un "superaplauso" para Nadal. Excepto dos o tres puntos, los espectaculares, poca euforia en el frío cemento. El calor llegó después, mientras Nadal hablaba para un montón de prensa (190 medios de comunicación acreditados, 473 periodistas en total). Salió Ferrer y todo cambió. O todo volvió a ser como en 2004: gritos y más gritos, celebración de los fallos del enemigo y banderas al viento. Como dice ese cántico que los argentinos quizá no conozcan, esto es Sevilla y aquí hay que...

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