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En mis largos paseos por el campo

En mis largas caminatas por el campo, sana costumbre que tenía perdida como consecuencia de haber malvivido décadas en la urbe, estoy descubriendo cosas aterradoras. Encontré el otro día una morera a la que no le faltaba ni una mora, a pesar de que ya habían madurado.

el 15 sep 2009 / 06:47 h.

En mis largas caminatas por el campo, sana costumbre que tenía perdida como consecuencia de haber malvivido décadas en la urbe, estoy descubriendo cosas aterradoras. Encontré el otro día una morera a la que no le faltaba ni una mora, a pesar de que ya habían madurado. ¡Con la de moras que me zampé cuando en mi casa teníamos racionado el pan con aceite! Ante semejante manjar no dudé en llevarme una a la boca, pero tuve que arrojarla porque noté que tenía un gustillo raro. "Habré perdido el paladar", dije en voz baja. Hice lo mismo con un espárrago triguero y una vinagreta, pero acabé con el cielo de la boca como si hubiera metido la lengua en el sobaco de un químico.

Me acompañaba mi perrita Luna y, como días atrás se había dado un atracón, se puso a purgarse comiendo una grama que, sin que nadie se lo haya enseñado, sabía que era para aliviar las dolencias intestinales. Al llegar a casa comenzó a vomitar todo lo engullido y observé que tenía más mala cara que Losantos en el juicio con Gallardón. Enseguida comprendí que los dos habíamos consumido unos productos naturales del campo que, por desgracia, de naturales tenían ya menos que las patillas de Chikilicuatre. Tan poco naturales que hace unos días descubrí turulato en una semillería cómo una perdiz cantaba fandangos de Caracol a cambio de trigo.

Todo esto ocurre por algunos productos químicos que se le echan al campo, como esa emulsión que sirve para que no nazca el herbaje en los olivares. Con este herbicida, algunos olivos parece que están en el Sáhara. Si esto no cambia, los conejos van a tener que asaltar en las carreteras los camiones de Frudesa.

Ante tan incierto horizonte, eso de pasear por el labrantío y llevarte a la boca una mora se ha terminado. Si un día vas caminando por un olivar y te encuentras una cabrilla con siete cuernos y los ojos azules, aguanta el apetito y sácialo con una zanahoria cuando llegues a casa. El caballo de Atila pasó por él y corres el riesgo de tener que recurrir a un micralax o lo contrario: a esas pastillas que cortan la diarrea.

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