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Encadenados al horror terrorista

Los testimonios de familiares de muertos en los atentados reflejan un dolor que resiste al paso del tiempo.

el 22 oct 2011 / 21:18 h.

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Francisca Millán fue testigo y resultó herida en el atentado de Carrero Blanco.

Magdalena se pasó años yendo al cementerio del Viso del Alcor todas las mañanas para estar con su hijo, Manuel Vergara Jiménez, muerto en Navarra en enero de 1976 al estallarle en las manos una bomba trampa que ETA había ocultado en una ikurriña. Manuel, que era guardia civil, acudió a retirarla. Los terroristas habían colocado una bomba falsa, que detectó; pero cuando tiró de la bandera salió disparado a 17 metros de distancia por la bomba real. Hijo y hermano de guardias civiles, le faltaban tres días para cumplir los 22 años. Su madre recuerda su sonrisa y los hoyuelos de sus mejillas.

"No me dejaron verlo", se queja Magdalena, que no recuerda casi nada del entierro de su hijo. Estaba hospitalizada cuando lo mataron y cree que "algo debieron darme los médicos, porque estaba atontada. Si eso me pasa hoy yo veo a mi hijo, estuviera como estuviera".

Magdalena tiene 79 años y su hijo mediano, que dejó la Guardia Civil, le ha pedido que vaya al cementerio sólo los dos días que él puede llevarla en coche, porque está lejos para ir andando. Pero eso no ha cambiado las rutinas de la mujer, que salvo los recados domésticos sólo sale de casa para visitar el cementerio.

Ella no tenía miedo. "Dios me tenía una venda en los ojos", dice, porque cuando destinaron a su hijo al País Vasco, donde estuvo dos años en Bilbao y San Sebastián, no temió nada. Sólo le sentó mal porque su marido y ella vivían con el dinero justo y casi no les llegaba la gasolina para ir a verlo en el 850 que habían comprado a plazos. "Mi madre sí pensó algo, porque dos semanas antes, cuando vino la última vez, le dijo: "Manuel, ten cuidado que aquello está muy mal". Él le contestó:"abuela, mi entierro tiene que ser más sonado que el de Franco".

Magdalena siempre sufrió por recibir una pensión por su muerte:"Cuando cojo el dinero pienso que lo tengo porque lo asesinaron y lo paso muy mal". Viuda desde hace una década, vive sola porque no quiere "que nadie vea que me paso el día suspirando y llorando". Admite que cada vez que ve una noticia sobre ETA "los pongo como mil trapos".

También ahora, cuando ETA ha anunciado el fin de la lucha armada. Al escucharlo, se enciende: "¡Que enseñen la cara, entreguen las armas y digan dónde están los zulos! ¡Y que no los vayan a echar de la cárcel, porque a los nuestros nadie los va a echar del cementerio!". No quiere que los terroristas pidan perdón: "!No, no, no! A mí que no me lo pidan ¡yo no los perdono! Lo que tendrían es que no haber matado", dice firme.

Sólo se calma cuando se le pregunta si espera llegar a ver el fin de la violencia: "Sí, claro, para que nadie sufra lo que he sufrido yo".

Francisca Millán Gallego, que formó parte de la primera directiva de la Asociación Andaluza de Víctimas del Terrorismo, en la que aún trabaja, asegura que más allá de casos sonados como el del doctor Muñoz Cariñanos -cuyo hijo es miembro- o el matrimonio Jiménez Becerril, Andalucía ha pagado un fortísimo tributo de dolor, con familias destrozadas al perder a sus hijos, destinados por las fuerzas de seguridad en el País Vasco en las décadas de los 70 y 80, los llamados años de plomo.

"A Magdalena le destrozaron la vida", dice Francisca, que vivió en persona uno de los mayores atentados de ETA:el asesinato de Carrero Blanco , en diciembre de 1973. Tenía 20 años y trabajaba en la calle Claudio Coello. Cruzó la calle justo antes de que la explosión lo lanzara por los aires. "No pensé que fuera una bomba, creí que se me había caído el edificio encima". Fue un milagro que al salir de los escombros sólo tuviera un corte en la cara y contusiones que le dejaron el cuerpo morado al día siguiente.

Supo que había sido ETA al llegar a casa, y sintió miedo al ver las imágenes en la tele. Estuvo un año sin pasar por allí, dando un rodeo para ir a trabajar. Pasó años sin hablar de ello. A su marido se lo contó cuando ya estaban casados. En 1986 se fue de Madrid porque no lo soportaba. Ahora se enorgullece de ayudar a quienes han pasado por algo semejante, porque "la sociedad es solidaria, pero a las víctimas no nos entienden".

El anuncio de ETA le produce sentimientos encontrados. "Soy un poco escéptica, hasta que no entreguen las armas...". Pero cree que están derrotados, gracias a la labor policial. "Lo que han hecho es reconocerlo. Pero esto no se acaba de un día para otro". Espera que ahora "no pidan nada: a los derrotados no hay nada que darles. Bastante ha costado derrotarlos".

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