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Era tan hermoso lo que veía que daban ganas de mudarse de escuela

Fue un viaje en el tiempo para ver cómo era el mundo de Amparo Álvarez ‘La Campanera’

el 16 sep 2012 / 21:32 h.

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El vestuario es magnífico, así como la recreación de la época a Escuela Bolera.
Una auténtica gozada. Se equivocan tanto quienes dicen que el baile flamenco viene de la Escuela Bolera, como quienes aseguran que no tiene nada que ver una cosa con la otra. Cuando Félix Moreno, los de la Barrera y La Campanera eran los que luchaban por la Escuela Bolera en Sevilla, antes de que reinara el primer Pericet en la ciudad de la Giralda y de que las sevillanas Petra Cámara y Manuela Perea conquistaran primero Madrid y luego Europa, en el arrabal de Triana ya se bailaba flamenco. De hecho, cuando a mediados del siglo XIX se organizaban fiestas en Sevilla para agasajar a los extranjeros, casi siempre invitaban a Amparo Álvarez La Campanera, la hija del campanero de la Giralda, pero también a gitanas de la Cava para que los guiris vieran la diferencia entre lo académico y el arte natural de los gitanos. La prensa de la época está llena de gacetillas donde puede comprobarse esto.

Es necesario rescatar del olvido a la Escuela Bolera como patrimonio dancístico y cultural andaluz, pero tampoco vayamos a engañar a la gente, que una cosa es la danza española, con sus influencias foráneas tanto en la danza como en la música, y otra muy distinta es el baile andaluz. Y no es que esté en contra de que este espectáculo haya formado parte del programa de un festival que es de flamenco y no de danza, sino todo lo contrario. Si hay algo que echo de menos en la Bienal es su función didáctica a la hora de programar los distintos espectáculos, sobre todo por lo poco que se sabe aún de nuestro arte y las ganas que el mundo tiene de saberlo todo sobre él después de que lo declararan Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Lo mismo que no tenían mucho que ver el baile de La Macarrona con el del Ángel Pericet, se parecen muy poco lo que vimos anoche con lo que hoy hacen Manuela Carrasco o La Farruca. Son escuelas incompatibles, por muy bien que se entendieran en otros tiempos, aunque tampoco se entendieron tanto, de ahí que una escuela arrinconara a la otra: con la llegada de los cafés cantantes, el baile flamenco acabó imponiéndose gracias a empresarios como Manuel Ojeda El Burrero y a cantaores como Silverio. Y al deseo del pueblo de disfrutar de verdad con el arte natural de la tierra.

Como iniciaba esta crítica, una auténtica gozada. Mudanzas boleras, es un espectáculo de una belleza extraordinaria, bien hecho, con rigor histórico y mucho trabajo. Y necesario, ahora que parece que la Escuela Bolera interesa, aunque nunca haya desaparecido del todo. Fue como viajar en el tiempo y ver cómo era el mundo de la desdichada Campanera, aquellos bailes de los ingleses en la calle Franco de Sevilla, los grabados de Doré y el ambiente de las academias. Cuántas veces había soñado despierto con poder llevar a cabo este viaje en el tiempo para ver bailar en vivo El Panadero de la Flamenca, Las Soleares de Arcas, El Jaleo de Jerez, El Ole de la Curra, Las Sevillanas Boleras, El Vito, La Maja y el Torero o Las Boleras de la Cachucha.

Anoche pude hacer ese viaje y tengo que reconocer que superó todas las expectativas del crítico. No pude ver a Amparo La Campanera, pero Penélope Sánchez se reencarnó en ella magníficamente y llegué a creerme que había descendido por la rampa de la torre mora para ver cumplido mi sueño: el de ver los brazos de la Giralda.

El crítico no está muy acostumbrado a ver este tipo de espectáculos, pero tampoco hace falta ser un experto para saber valorar la calidad de todos los bailarines y bailarinas, en especial la de Francisco Velasco -genial dándole vida a El Vito- y la de Penélope Sánchez. La puesta en escena es sencilla y muy correcta la parte teatral. Buen trabajo luminotécnico y muy buena la música inspirada en conocidas melodías del siglo XVIII. En ocasiones me vi en el Teatro San Fernando de Sevilla, con La Campanera bailando el Jaleo de Jerez y el torero El Tato tirándole a la bailarina sevillana al escenario unas castañuelas de marfil. No solo estoy totalmente de acuerdo con que Mudanzas boleras haya tenido un sitio en esta Bienal de Flamenco, sino que habría que haberle dado un mejor trato: el Lope de Vega y varios días de función. Olé.

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