Local

Éramos pocos y parió la iguana

el 11 ago 2012 / 19:11 h.

TAGS:

Beñat Etxeberria disputa un balón con Rosenthal.
-->-->-->

Como acababan de terminar los Juegos Olímpicos de Barcelona, la realeza recordó que Sevilla tenía un color especial (el amarillo requemao) y organizó una visita de tres días para el Príncipe, que se paseó por el real de la Expo con su polito salmón, su pantalón caqui, sus llorados rizos rubios y una legión de señoras alrededor que no se comieron a besos al heredero porque la ingesta de Borbones está terminantemente prohibida por la Constitución. Que si no... Entre el fragor de frases insensatas que este género de visitas produce espontáneamente en el gentío, destacaron las siguientes tres:_primera, "el condenao es guapo hasta sentao", como si la belleza estuviese reñida con el descanso. Segunda, "es tan alto que todo lo que se ponga le sienta bien", otra que tal baila. Y tercera y definitiva (redoble de tambores): "Es más joven que el padre, ¿verdad?"

Estos disparates fueron debidamente oídos y anotados por la prensa en la jornada del 11 de agosto, apenas dos días después de que el canadiense Scott Killon, allí mismo, en la Cartuja, batiese el récord universal de apretones de mano con una marca de 25.289 en ocho horas, proeza gracias a la cual mantuvo su nombre en el Libro Guinness de los Récords hasta la campaña electoral de Juan Ignacio Zoido en las pasadas elecciones municipales, según las malas lenguas. Total, que un día llegaba el Príncipe, otro día venía un canadiense y batía el récord de estrechar manos... Era la Expo, qué cabía esperar. Hasta a un belga le abrieron el Renault 5 y le volaron las maletas los artificieros, allí dentro, en la mismísima Expo, creyendo que tenía una bomba. Qué miedo pasaron las autoridades.

La cosa, tal y como la contaba El Correo el día 7 de agosto, fue más o menos así: Al tipo lo acababan de soltar tras una noche entera interrogándolo. Por lo visto, todo había sido un malentendido. Pero el asunto se había puesto feo de narices, probablemente por culpa de un error de incomprensión o de traducción (el típico lost in traslation): el fulano extranjero quería pasar con el coche y sin acreditación por la entrada de la Expo, alegando como justificación para semejante privilegio el hecho de haber quedado "con una señorita" en el Pabellón de Andalucía, extremo del que los vigilantes no tenían la menor noticia ni les importaba un pepino. Cuando lo dejaron pasar para que pudiera dar la vuelta y salir por donde había venido, el belga tiró para adelante con el R5. Pero atento a la narración de los hechos, que tiene un puntito confuso: "El temor a que portara en el coche algún explosivo provocó la intervención de los artificieros, que, usando un robot y perros adiestrados, explosionaron las dos maletas [¿Qué eran? ¿Perros bomba?] que se encontraban en su interior. Con anterioridad, las fuerzas de seguridad acordonaron la zona y desalojaron los edificios cercanos" en pleno estado de máxima alerta.

¿Fin de los sucesos calamitosos, por esa semana?_Para nada. Mire qué título: Con él, cualquiera hace de Chopin. En efecto, estas selectas palabras escritas en letras gordas coronaban el 9 de agosto una crónica sobre la presentación de un piano de cola en el Pabellón de Austria. Pero no de un piano cualquiera, uno más entre tantos; ni siquiera de una ordinariez de piano hecho de esmeraldas y esas cosas. No: un piano "que toca solo, con melodías grabadas", decía la plana aquella. Lo que ahora traen hasta las pianolas esas de los chinos, hace veinte años era el último chillido de la tecnología musical. Pusieron a un nene a tocar, y ahora el nene se bajó y el instrumento siguió tocando, y aquello era un no parar de mandíbulas descolgadas de admiración. Se remata la crónica en cuestión con la siguiente apreciación, para que el lector acierte a entrever la calidad del aparato y su velocidad de ejecución: "Curiosamente, es el único del mundo capaz de tocar en 60 segundos el Vals del Minuto."

Quien apueste ahora a que los prodigios y las maravillas se acabaron aquí, hará mal negocio, porque lo que viene ahora es para escupir el puro: el día 10 publicó este periódico un reportajito muy curiosón y agosteño: los animales que se pueden ver en la Expo. Entonces se puso a contar que si había un caballo en el Pabellón de México; que si estaban los acuarios de Mónaco, Australia, Canarias y Arabia Saudí; que si había tucanes, pavas e iguanas en el de la Naturaleza y pirañas en el de Brasil... Hasta que toca citar un aspecto pintoresco y anecdótico de este fenómeno de la diversidad biológica, y entonces se explica en el texto que las iguanas son un regalo del Gobierno de Colombia y que proceden del pueblo de García Márquez, y que eran diez, para agregar esto que se reproduce a continuación: "Curiosamente, una de las mismas venía preñada, con lo que (...) dio a luz a veinte iguanitas más." El milagroso suceso de una hembra ovípara y a la vez preñada queda aquí registrado, por si el no sé qué para la Doctrina de la Fe, o como se llame la instancia vaticana que estudia los episodios milagrosos y los portentos, quisiera emprender alguna investigación. Lo mismo acaba la historia con la beatificación del autor de El amor en los tiempos del cólera, que es el único premio que le falta, junto con el Telva de belleza.

Pero una pesquisa así sería toda una novedad, porque, por aquel entonces, hace ahora veinte años, nadie se preocupó un comino del asunto, ocupados como estaban todos en beber cerveza hasta reventar. He aquí el dato, publicado por El Correo el día 6: "El pasado domingo, el Pabellón de Cruzcampo volvió a batir su propia marca de cervezas vendidas, las 10.000 del 27 de junio. El nuevo récord está ahora en 13.690 jarras, unos 6.000 litros de cerveza." En menos palabras: ese edificio coronado por Gambrinus era, en aquella fecha, el lugar de España donde más cerveza se consumía. Si fue por eso por lo que se vieron príncipes con politos salmón y más jóvenes que sus padres, belgas potencialmente peligrosos en busca de señoritas con las que han quedado, pianos que tocan solos y hasta iguanas pariendo, no hay que descartar que tales manifestaciones sensibles se debieran en todo o en parte a esa efervescencia, a ese cerveceo demoledor, respuesta natural del paisano a un calor que tiraba de espaldas. Para desgracia de las personas que sean más feas así.

  • 1