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«Es imposible que Sevilla avance con arcaicos y cosmopaletos en el poder»

El catedrático de Antropología de la Universidad de Sevilla acaba de ser distinguido por la Diputación Provincial por haber trabajado durante 40 años en desentrañar el ADN de los pueblos y pobladores de Sevilla. Los galardones no le restan un ápice de afilada lucidez. Hay cosas, sostiene, que es obligado gritar

el 16 sep 2009 / 03:13 h.

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-Usted es poco dado a codearse con los políticos y congraciarse con ellos, pero viene de recoger la Medalla de la Provincia. ¿Cómo encaja el premio?

-Creo que el jurado distingue los estudios que he hecho sobre la sociedad andaluza, porque he intentado revelar el ADN de la comunidad y de Sevilla. Mi empeño ha sido intentar quitar los velos de una realidad a la que pertenezco. Es una labor en la que llevo 40 años, no desde una posición neutral pero sí objetiva, un trabajo que se ha visto acompañado de una postura pública permanentemente crítica desde los tiempos en que colaboraba con El Correo, allá por los años 70.

-¿Eso le hace ser ahora menos maldito?

-Bueno, ser crítico con los poderes no está bien visto. Eso lo entiendo si la crítica es vana pero si es rigurosa, leal y no sectaria, es sana y necesaria para una sociedad. Es obligado decir lo que se piensa.

-¿Es usted una especie de conciencia de la sociedad?

-No me veo así, sino como alguien que quiere entender la complejidad. El problema es que vivimos en una sociedad de una gran miseria moral, que responde a que quienes más obligación tienen de ejercer esa función de clarificación han dimitido de esa obligación, son o coríferos del poder o meros charlatanes, por eso entiendo que hay que seguir batallando.

-¿Quiénes están haciendo dejación de funciones?

-Parte de los medios de comunicación, que dicen verdades parciales, y los pseudointelectuales, quienes jamás cuestionan el poder, aunque se les dé ese papel y ellos crean hacerlo. Es lo que decía Blas Infante: la traición de los pseudointelectuales es un obstáculo fundamental para el progreso de Andalucía.

-¿Y el ciudadano? ¿No puede hacer más que lo que hace?

-No creo que sea verdad que todos tenemos la misma culpa de las cosas. Eso de que sufrimos la sociedad o la política que merecemos es una falsedad. Es una asociación perversa. Hay mucha gente a la que no se le puede exigir más que subsistir y sacar adelante a su familia. Por eso creo que hay grados de culpa.

-Pero es que nadie se mueve...

-Es que estamos ante una sociedad cloroformizada. Sin embargo, culpar de todo a los que están casi dormidos por el cloroformo es no centrar la atención en quienes fabrican e inyectan el cloroformo. Hay grados de responsabilidad radicalmente diferentes. Hay quien quiere decir que el grado es igual, pero no es así. La responsabilidad compartida se diluye, eso quiere quien elude su parte, su cuota.

-¿La política es hoy más un problema o una solución a los problemas de este mundo?

-Los políticos tienen gran parte de la culpa de este letargo, porque han hecho de la política una profesión. Se confunden los intereses personales, los del partido y los de la sociedad. Distinto es tener un cargo y dedicarse a ello, pero siempre teniendo su carrera. Eso pasa también con los intelectuales, ojo, que no sólo han de ser buenos especialistas en algo sino asumir la función de explicar a la sociedad y tener posiciones públicas. Si sólo se ponen el traje de intelectuales para las tertulias todo queda en manos de los políticos. Leamos a Churchill: "La guerra es tan importante para la sociedad que no podemos dejarla sólo en manos de los militares", decía. Eso ha de pasar con la política y la gente debe verlo claro.

-Lleva 40 años estudiando la sociedad andaluza. ¿Cuál ha sido el cambio más radical que ha detectado en ese tiempo?

-La media del bienestar, aunque sigue habiendo enormes bolsas de pobreza, ha subido, incluso en zonas rurales. Es verdad. Pero la mejora en ciertos aspectos materiales ha ido acompañada de una dinámica de pérdida de valores de la cultura andaluza entendida como forma de vivir, sentir y pensar. El avance de la globalización mercantilista está atacando gravemente una serie de valores igualitaristas y comunitaristas muy arraigados.

-¿Qué valores estamos perdiendo por el camino?

-Por ejemplo, la sacralización de la competitividad del dios mercado impulsa la insolidaridad y lleva a romper los lazos comunitarios, un valor andaluz muy profundo. Este mal general afecta especialmente a Andalucía porque había situaciones bastante graves que, secularmente, se solucionaban con la fortaleza de los vínculos sociales, con parientes, vecinos, paisanos, grupos sociales... El otro valor sagrado que nos anula es la productividad en términos de utilitarismo contable. Somos muy dados a charlar, al patio de vecinos, pero sin el objetivo de llegar a una conclusión ni resolver el mundo. Como esta sociedad no valora lo que no tiene valor monetario, cada vez dedica menos tiempo para estar y hablar con otros; todo lo que no tiene productividad está desvalorizado.

-Hay quien usa esos comportamientos y valores para atacar a los andaluces...

-Claro, los necios. No hago una alabanza de la pereza. Los andaluces no son perezosos, han tenido que trabajar mucho, sobre todo el ingenio, para progresar. Pero es que ahora todo tiene que ser en función del cálculo de utilidad, de beneficios tangibles e inmediatos, y eso deteriora una cultura como la nuestra. Esas sacralidades perversas que llaman modernización nos están desdibujando.

-¿Nos defendemos poco y mal por el sur?

-Sí, por descontado. Andalucía ha estado durante siglo y medio por detrás de otros pueblos de España y Europa y necesita una reafirmación. Si no sólo le queda responder al estereotipo de otros han dibujado, el que fabrican los que están arriba. Soy totalmente contrario a los chovinismos, pero no somos menos que cualquier otro pueblo en cuanto a identidad histórica y política. Todavía alguna gente, hasta los intelectuales, tienen complejo de manifestarse como andaluz. Eso hay que quitárselo de encima, pero las predicaciones de los teólogos del neoliberalismo por un lado y de los del nacionalismo de estado por otro hacen mella, hacen que mucha gente no reivindique su lugar.

-¿No lo habíamos reivindicado en el nuevo Estatuto?

-No, no se debatió mucho pese a la polémica de realidad nacional. Es un buen ejemplo de cómo se hacen las cosas sin contar con la gente. El problema viene de la Transición: Andalucía, que era un problema social para España, se convirtió en un problema político. Hubo que echarle agua para apagar la hoguera que cocinaba el guiso de lo andaluz, en el sentido no sólo de sentimientos, sino de conciencia política. Ha sido una desactivación planificada.

-¿Cómo cambiamos el paso?

-Aunque entrañe muchas dificultades, el movimiento debe venir de la base, de lo local. Se está dilapidando la fuerza que Andalucía tiene en lo municipal cuando es tremenda. Gracias a ellos logramos ir por la vía del 151.

-¿Y Sevilla? ¿La ve acorde con los nuevos tiempos?

-Sevilla es un ejemplo de la tendencia de la sociedad a una fuerte dualidad, dicotómica, dentro de una cultura como la andaluza, tremendamente tornasolada. Una de las dos posiciones es excesivamente repetitiva, apegada a lo que en cada momento se define como tradición. Hay una trampa grande, casi constante, cuando se recurre a la tradición para justificar lo no justificable. Por lo general es un sector conservador. Como contraste hay otro, pseudo-modernizador, que justifica su mediocridad con el paraguas de atacar al otro sector cuando se ve impotente. No es posible el avance con estos arcaicos y cosmopaletos en el poder, en el puesto de mando del barco no puede estar un sector ni el otro. Estamos hundidos por los inaceptablemente antiguos y los paletos que intentan vender moderneces. Sería una broma si no sufriéramos las consecuencias.

(Lea la entrevista completa en la versión en papel de El Correo de Andalucía).

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