Deportes

Esa extraña manía de no disfrutar del éxito

Fue alcanzar la permanencia y entrarle el nerviosismo al Betis. Inexplicable y preocupante, porque la tensión irá a más...

el 30 abr 2013 / 01:39 h.

Riki fuerza la tarjeta de Vadillo / Marcamedia Riki fuerza la tarjeta de Vadillo / Marcamedia Más de dos décadas han transcurrido ya desde que el Deportivo, al que entonces se conocía como Coruña, condenó al Betis a malvivir en Segunda tras aquella promoción en el año de la Expo. Los gallegos ganaron en Riazor y empataron en el Villamarín, así que Manuel Ruiz de Lopera, que a las dos semanas adquirió el control del club, se encontró con que su mandato empezaba en la categoría de plata. En aquel equipo, por cierto, daba Pepe Mel sus penúltimas patadas al balón como verdiblanco. Veintiún años después, cada visita del Dépor a Heliópolis sigue siendo poco menos que una maldición. Catorce veces se ha repetido el duelo en Primera y sólo en dos de ellas venció el Betis, por siete de su adversario. Y el día en que el conjunto de Mel podía haber recorrido la mitad del camino que le queda para llegar a Europa, la maldición reapareció. Llegado este punto de la temporada, en mitad del fragor de la batalla por el único puesto europeo que van a dejar libres los imparables Málaga, Valencia y Real Sociedad, haría bien el Betis en reflexionar sobre la necesidad que tiene, o eso parece, de convertir sus encuentros en una especie de locura colectiva, próxima a la histeria, sobre la curiosa premisa de comenzarlos desde una tranquilidad cercana a la indiferencia. Recuérdese el principio de partido en el derbi y compárese con el principio de partido ante el Dépor. Ha sido alcanzar el objetivo primario y fundamental y transformarse el conjunto verdiblanco en un ejemplo de incapacidad para hallar el punto medio entre la calma que debería haberle proporcionado la permanencia, un rotundo éxito ya per se, y la ilusión que debería insuflarle la opción de regresar a Europa. Pero no. Este Betis de extremos (y no por Campbell ni Vadillo ni Juan Carlos, que también) ose pasa o no llega y es evidente que no disfruta de lo que ha logrado. Al revés: la perspectiva de lo que podría lograr lo estrangula en vez de motivarlo. Mel lo vio venir desde antes del derbi. Sus hombres parecen más nerviosos ahora que cuando peleaban por salvarse. Menos mal que sus enemigos les hacen el favor de tropezar un día sí y otro también, pero un día dejarán de hacerlo. Y si se suma que ahora visitan al Barça y que la tensión crecerá conforme más inminente sea el final...

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