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Espacio partido por Bolt

En la batalla contra el reloj no hay milagros y Usain Bolt tampoco lo es, aunque su marca (9.58 segundos en la final de 100 metros) lo ha convertido en el rey de la velocidad.

el 24 sep 2009 / 09:24 h.

Usain Bolt
Para salir disparado de los tacos 136 milésimas después del pistoletazo hay que tener una extraordinaria capacidad de concentración esculpida con una severa disciplina. Si además hay que poner en movimiento un cuerpo de 196 centímetros y 86 kilos, la transición sólo puede sobrevivir con éxito bajo la esclavitud del entrenamiento casi científico. En la batalla contra el reloj no hay milagros y Usain St. Leo Bolt (21 de agosto de 1986, Trelawny, Jamaica) tampoco lo es, aunque en apenas quince meses haya mandado a la papelera mil y un tratados sobre el hombre y su velocidad máxima de traslación. Jamaica es una contradicción que llama al error, como la escenografía anterior y posterior a la carrera del dictador de los 100 y 200 metros lisos.

El tiempo pasa despacio en la cuna de los mejores velocistas del planeta, donde se extiende, como en todo el Caribe, una forma de entender la vida sin prisas ni acelerones, una ensoñación a la que puso ritmo, letras (y humo) Bob Marley. No es, sin embargo, una cultura laxa en la conciencia del esfuerzo para superar la precariedad. Bolt bromea ante las cámaras, a veces sólo le falta la nariz roja, hace el gesto del arquero, rompe con la ortodoxia del manual y no falta quien lo interpreta como una ausencia de respeto. Y sin embargo, no puede ser más ajustado a las reglas, las de su entrenador, Glen Mills, un personaje tan orondo como sabio que provee a sus atletas de la necesidad de relajarse para dar lo mejor que tienen en esas fibras musculares que saltan como chispas tras el disparo del juez. Relajación, correr alto de caderas, suelto de mandíbula y de manos, así lo ejecuta Bolt, con disciplina y precisión.

Su madre, Jennifer, que le puso el mismo nombre al menor de sus tres hijos por un sobrino, asegura que el secreto del hombre de los tres récords y los seis oros es que "es un chico feliz, muy juguetón y travieso. Le gusta hacer el payaso porque así se relaja". Su padre, Wellesley, que se ganaba la vida trabajando en una tienda de abastos, tuvo que llevarlo siendo crío al doctor para asegurarse que la hiperactividad de Usain era normal. Siempre estaba saltando, corriendo de aquí para allá, jugando al cricket o al fútbol, sus primeros juegos antes de dedicarse al deporte de los héroes en Jamaica. Usain siempre tuvo para comer. Incluso la casa familiar era de cemento, en una aldea, eso sí, donde no había luz ni agua corriente. Las penurias las lleva en los genes porque sus antepasados fueron esclavos, como los de Ben Johnson o Donovan Bailey, otros reyes del hectómetro nacidos en el mismo condado, como Don Quarrie, el gran mito jamaicano con sus cuatro medallas olímpicas en los 70 y un récord mundial de los 100 que Usain Bolt ha sobrepasado como el relámpago que le gusta como sobrenombre. Quarrie, como Marlene Ottey y otras leyendas de la velocidad, tiene una estatua de bronce en los exteriores del Estadio Nacional, en Kingston, donde Bolt, destinado por Mills al 200 y al 400, puso una tarde de mayo de 2008 a su pupilo aventajado a correr 100 metros para ganar punta de velocidad. Hizo 9.76, la segunda mejor marca de la historia, sólo mejorada por su compatriota Asafa Powell.

Eclosionaba el mejor velocista que haya dado los tiempos después de seis años de duros entrenamientos en la pista de hierba de la Universidad Tecnológica, la llamada Casa de la Velocidad. Con 15 años, siendo ya el campeón mundial júnior de 200 más joven de la historia, lo castigaban entrenando hasta entrada la noche porque se había escapado de clase con alguna chica. Como cualquier jamaicano, ya había probado la marihuana, inseparable en el ambiente de las gradas de cualquier competición, y estaba doctorado, como todos, en el arte de liarla.

Su entrenador le apartó de emprender una carrera equivocada, ésa que sigue acechándole en la cara oscura de las 41 zancadas a más de 37 kilómetros hora que le dejan 150.000 dólares por actuación y media docena de millones más por temporada en sus bolsillos. Mucho peso para seguir corriendo contra sí mismo, en ese cuerpo jamaicano donde aún no hay límites para el ser humano.

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