Cultura

Espartaco, Ponce y Morante...

el 22 oct 2011 / 20:51 h.

Morante de la Puebla dio la gran sorpresa de la tarde al banderillear a su toro al quiebro, con banderillas cortas y sentado en una silla.
-->--> -->

El personal se divirtió a tope. Se sacó dinerillo para los fines a los que estaba destinado el evento y los toreros, cada uno en lo suyo, también pusieron toda la carne en el asador y se hartaron de torear en una tarde en la que todo el mundo salió contento. Mucha culpa de ello tendría el buen juego global del mosaico ganadero escogido para la ocasión.

Y aunque el mal manejo de los aceros impidió a Ventura redondear su actuación en el patio de su casa sí consiguió calentar los tendidos gracias a su irrebatible entrega en una trepidante actuación que brilló especialmente en los quiebros. Pero lo mejor iba a venir después: Espartaco sacó lo mejor de sí mismo acoplándose a la excelente toreabilidad del torete de Luis Algarra que le permitió reencontrarse con su mejor ser. Templado, con excelente pulso, acabó toreando para sí mismo en una labor de largos muletazos que encontró su trazo más personal en el toreo al natural. El novillo era ideal y el de Espartinas sacó a su padre, que mató el gusanillo con un puñado de pases que le supieron a glorias añejas. Aquello se lanzaba de verdad y al toro de Algarra le pidieron la vuelta al ruedo hasta los toreros.

Pero llegaba el turno de Ponce, que se mostró sencilla y templadamente magistral en una labor larga en el metraje y sabrosa en el contenido. El novillo también tenía buen fondo y el valenciano no se cansó de torearlo con elegante apostura hasta hacer romper el trasteo en esas poncinas que arrebatan a los públicos. Los naturales que llegaron después son de los mejores de su vida aunque la espada, vaya por Dios, funcionó fatal.

Pero aún quedaba un buen catálogo de sorpresas en la chistera del inspirador del festejo. Morante de la Puebla perfumó el ruedo con dos o tres lances pero venía dispuesto a dibujar aguafuertes de otro tiempo y, después de decidirse a banderillear, no dudó en pedir una silla para colocar un par al quiebro con palitroques cortos en el que formó un auténtico revuelo y acabó con el cuadro. Lástima que en el intento se le pegaran centenares de mantazos al manejable ejemplar de Cuvillo. Habría dado mucho más en una faena de muleta que no estuvo exenta de magníficos detalles. Los naturales fueron raras delicias aunque el encanto se rompió cuando, sorpresivamente, Morante fue alcanzado en una tremenda voltereta que culminó con un fortísimo palotazo en el mentón. El de la Puebla quedó en el ruedo sin sentido. Parecía serio pero, sin que nadie pudiera aventurarlo, salió a matar al animal. El mal trago había pasado y lo celebró paseando a hombros a su niño, feliz y contento. No era para menos.

El quinto de la tarde fue otro nobilísimo ejemplar de Juan Pedro Domecq con el que Cayetano se mostró tal y como es: mayestático, con empaque y absolutamente frío y despegado. Pero como la cosa estaba lanzada, a ver quién se ponía a poner pegas. La fiesta la cerró el becerrista local El Nene, que puso sus dosis de entrega e ilusión con el pepón que le echaron.

  • 1