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Espera en la Encarnación

El proyecto de los parasoles de la Encarnación, independientemente de la polémica generada por su impacto y vanguardia arquitectónica en pleno casco histórico de la ciudad, supone acabar con 30 años de abandono, desidia y dejadez municipal en el solar que ocupaba el antiguo mercado de abastos.

el 14 sep 2009 / 22:26 h.

El proyecto de los parasoles de la Encarnación, independientemente de la polémica generada por su impacto y vanguardia arquitectónica en pleno casco histórico de la ciudad, supone acabar con 30 años de abandono, desidia y dejadez municipal en el solar que ocupaba el antiguo mercado de abastos. El Ayuntamiento de Sevilla se ha puesto como objetivo recuperar una zona degradada, poniendo en valor el tesoro arqueológico que guardaba el subsuelo, dando a los placeros un mercado del siglo XXI y posibilitando un referente arquitectónico que supondrá un atractivo turístico para revitalizar el sector norte del Casco Histórico reforzado con la nueva Alameda. El loable objetivo debe, sin embargo, guardar equilibrio con el cumplimiento de los compromisos asumidos para su ejecución. El alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, reconoció ayer que la obra de los parasoles sufrirá un importante retraso que cifró en un año y medio y que demorará la inauguración de las obras hasta finales el año 2009 debido, fundamentalmente a la complejidad de la estructura de los parasoles y al reforzamiento de los sistemas de seguridad. Pero esas dos variables ya debieron estar previstas en el proyecto de obra presentado por la empresa Sacyr, toda una referencia internacional en su sector, por lo que no es justificable una demora de tal calibre. Tampoco es excusa para el retraso que la obra no afecte negativamente a la vida ciudadana al estar localizada en el interior de un solar sin apenas afecciones al tráfico. Las ciudades serias son aquellas que cumplen sus compromisos. Y el ayuntamiento de Sevilla ha demostrado esa seriedad en otras obras como las de peatonalización de la Avenida, culminadas en tiempo y forma. No se deben tomar como costumbre los retrasos, menos aún con proyectos que acumulan tres décadas de espera como la Encarnación.

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